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Hace unos años, en los primeros compases de la década de 2010, al terminar una reunión especialmente tensa de la Federación Sindical Europea del sector químico en Liverpool, los anfitriones —el sindicato inglés— nos propusieron visitar su centro de formación sindical.
Eran años de crisis profunda en la industria petroquímica europea, con cierres de plantas, deslocalizaciones y una presión creciente para reducir costes que, no pocas veces, se trasladaba a la seguridad y a las condiciones de trabajo. Veníamos de horas de debate duro sobre accidentes en las petroquímicas, responsabilidades empresariales y el papel —a menudo insuficiente— de los reguladores públicos. Estábamos cansados, pero aceptamos.
Una economía en la que la mayoría vive solo de las cabezas del pescado no es una economía sostenible, ni siquiera desde un punto de vista estrictamente productivo
Éramos once sindicalistas europeos, responsables de federaciones industriales de distintos países. Yo acudía en representación de la federación sindical de la industria química de CCOO. En el centro de formación nos recibió un veterano sindicalista británico, recién jubilado. Su responsabilidad ahora era formar a afiliados en paro de larga duración: nuevas competencias, técnicas de búsqueda de empleo, refuerzo de la autoestima. Hablaba con orgullo contenido, con esa mezcla de serenidad y compromiso que solo dan los años de militancia y de conflictos vividos.
Con especial satisfacción nos explicó que aquel día habían realizado un taller de cocina. “Cocina económica”, precisó. Pero enseguida aclaró que lo realmente interesante no había sido la receta, sino lo que había ocurrido alrededor de los fogones. Aquella clase, nos dijo, había terminado convirtiéndose en un auténtico taller de discusión y debate político.
La receta era sencilla: una sopa hecha con cabezas de pescado. Barata, nutritiva, aprovechable. A mitad de la explicación, uno de los asistentes interrumpió al cocinero. No para preguntar por el tiempo de cocción ni por las especias. Preguntó algo mucho más incómodo:
Lo que queremos saber —dijo— es quién se ha comido el resto del pescado. ¿Quien nos ha dejado solo las cabezas?
La sopa dejó de ser una receta y se convirtió en una contundente metáfora sobre el reparto de la riqueza. Sobre quién decide. Sobre quién gana y quién pierde
Esa pregunta lo cambió todo.
La sopa dejó de ser una receta y se convirtió en una contundente metáfora sobre el reparto de la riqueza. Sobre quién decide. Sobre quién gana y quién pierde. Sobre porqué a unos se les enseña a sobrevivir con las sobras mientras otros se reparten el plato principal. Aquella modesta clase de cocina se transformó, sin pretenderlo, en una subversiva lección de economía política.
Pensé entonces —y lo sigo pensando ahora— que esa misma pregunta deberíamos hacérnosla como sociedad: ¿quién se está comiendo el pescado? ¿Y por qué a tantos se les pide resignación, creatividad o austeridad mientras otros concentran cada vez más riqueza?
No es necesario reiterar cada día los índices de desigualdad que se publican de forma casi rutinaria. Basta con atender a lo que nos dicen. En España, pese a algunas mejoras recientes, la desigualdad sigue reflejando profundas brechas. El coeficiente de Gini de renta disponible —el estándar internacional para medir desigualdad— se situó en torno a 31,5 en 2023, una mejora respecto a los años más duros de la pandemia, pero que nos mantiene entre los países más desiguales de la Unión Europea en términos de renta disponible.
Y si nos referimos a quién se “come el pescado”, la concentración de la riqueza es todavía más extrema: el 1 % de los hogares posee más del 25 % de la riqueza total, mientras que el 50 % más pobre apenas concentra en torno al 7 %. No es casual que, según Eurostat, el 25,8 % de la población española esté en riesgo de pobreza o exclusión social en 2024, como ha vuelto a recordar el último informe de la Fundación Foessa, vinculada a Cáritas.
Los ricos son cada vez más ricos y la desigualdad sigue ampliándose. Una deriva que representa un riesgo serio para la estabilidad política, social y económica, como viene advirtiendo incluso el Fondo Monetario Internacional, entidad poco sospechosa de radicalismo social. Una economía en la que la mayoría vive solo de las cabezas del pescado no es una economía sostenible, ni siquiera desde un punto de vista estrictamente productivo.
Por eso, la pregunta formulada en aquel taller de cocina sigue siendo hoy una de las más pertinentes para entender nuestro tiempo. Una pregunta que necesita ser colocada en el centro del debate público si queremos construir alternativas reales a la desigualdad actual. Porque la pobreza y la riqueza deben ser radicalmente repolitizadas.
Tal vez ahí esté la respuesta correcta a la pregunta sobre aquella sopa de pescado hecha solo con cabezas.




