sábado. 20.07.2024
dinero

Esta serie la comencé a escribir en enero del 2016

Sé que si me aventuro a sugerir que compartamos lo que a continuación voy a exponer, en vez de tener con otros algo en común, me estaré introduciendo en un avispero. Que si en el derroche de imaginación que me he atrevido a utilizar, proclamara que el Estado es un pésimo gestor de las riquezas presentes y futuras, estaré generando una confrontación que obligatoriamente habrá de generar unos desagradables comentarios; que si en sintonía con lo que manifestó Adam Smith en “La Riqueza de las Naciones”, me inclino a creer que, “con la defensa del interés de lo individual se está defendiendo el de la pluralidad” seré uno más de los insignes defensores de la Escuela Austriaca. Y sin embargo, de la misma manera que sostengo lo dicho, tengo que discrepar con las inferencias con las que Adam Smith fundamentó la formulación de dicho aserto. A mi entender lo común debe de ser una proyección de lo individual. Lo que ocurre es que si en lo individual se producen subjetividades que trascienden a la objetividad de lo que ha de ser lo común, lo común se convierte en una comunidad de los desencuentros. Y en el siglo XVIII era imposible concebir un modelo que no fuera el que a él le tocó vivir.

El Estado fue y es el dueño del "caballo." Pero lo más que se puede esperar de esta posesión es que el primero alcance con sus ojos contemplarlo como un animal al que puede uncir al carro; y en el peor de los casos, un espécimen que al considerarse como irracional con toda seguridad ha de cocearle. El Estado es en realidad un simple empleado, que al haber sido contratado a través de las argucias de los más poderosos, no podemos exigirle, por poner un ejemplo, que lo que se haya recaudado, en lugar de emplearse en salvar a los bancos, sea utilizado para cubrir las necesidades de la sociedad. Y no podemos exigírselo porque en nombre de la fiebre que habría de ocasionarle a su patrón la extirpación de un tumor maligno, mientras que siga la fiesta y la fiebre se controle con los medicamentos que le suministre un veterinario, al igual que se controla al pueblo, en tanto en cuanto el cuerpo lo resista, lo más importante es que siga tocando la música. Lo cual me lleva a que, aun siendo consciente que la propiedad privada (como representación de aquel caballo), es más eficiente que la pública, y que por tanto debe ser defendida, los resultados que se derivan de su forma de materializar la producción y la distribución, son las causas que han ocasionado ese tumor. De ahí que las estructuras del Estado tengan que ser reformadas.

Existen productos, y sobre todo, servicios, que por no ser económicamente rentables, tienen que ser facilitados por lo Público, y en consecuencia estar subvencionados. Y es por ello por lo que no podemos prescindir de una recaudación impositiva que haga posible su materialización. Lo que no sólo hemos de imaginar, sino además procurar que se cumpla, es que la existencia de estas empresas de lo Público, en cierta forma tienen que estar determinadas por la anuencia con la que la ciudadanía contemple su mantenimiento; un asenso que habrá de conseguirse como una resulta de su rentabilidad social. Por otra parte y en este contexto, no podemos olvidar que si las subvencionáramos sin ninguna cortapisa, su rentabilidad jamás podría llegar a conseguirse. Sus miembros se acostumbrarían a aceptar unos rendimientos, que aunque fueran un tanto menores que los obtenidos en la empresa privada, les eximieran de tener que aplicar a sus actividades un mayor grado de eficiencia y sacrificio. Las empresas públicas se convertirían en unos centros de ineficacia y de apatía.

Es cierto que para llevar a cabo la transformación de este modelo se necesita una estructura extremadamente compleja. Lo que ocurre es que si con la imaginación es dable concebir un mundo mejor, plasmarlo no podemos conseguirlo haciendo nada. Parafraseando lo que dijo Eduardo Galeano:   

"La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar".

A veces, como dijo Erasmo de Rotterdam, lo más lógico es no anatemizar a la locura.

Como me comprometí en el primer artículo de esta serie analizar los problemas que tenemos que enfrentarnos como consecuencia del paro, de las pensiones y la deuda pública que nos está ahogando, tengo que preguntaros, ¿sois conscientes de lo que representa que la Deuda Pública Española pueda llegar a ser tan descomunal, que al no poderse satisfacer sus intereses, se producirá una bancarrota que podría llevar a la subasta en el sector privado de una gran parte de nuestro sector público? Y si lo sois, ¿no avizoráis que mucho antes de que se produjera este desenlace, como consecuencia de la imposibilidad de subvenir las necesidades de la población, se producirían unos amotinamientos que conllevando un golpe de Estado, al no poder éste satisfacer las demandas del pueblo, la sociedad se convertiría en un verdadero caos? Y es que, como se menciona en el artículo, ¿Para cuándo la rebelión de las masas?, refiriéndose a la película "12 años de esclavitud", cuando los riesgos de revelarse contra “sus amos”, obligó a  los esclavos a tener que luchar para emanciparse, los resultados de la rebelión, a pesar de conllevar enormes sacrificios, fue la única opción que adoptó Rosa Parks para abolir la xenófoba ley que en Montgomery (Alabama, Estados Unidos), decretaba que los afroamericanos tenían que ceder su asiento en el autobús a las personas blancas.

Sin que nos hayamos dado por enterados, nos han endeudado a cada españolito en más de 41.000 euros. Y somos tan lelos que seguimos sin percatarnos que la Deuda Pública es un compromiso en el que nosotros no hemos participado. Mientras sigamos colgados de un guindo, y no logremos de una u otra forma, que los endeudados son los que tienen que dar el visto bueno a la aprobación de la Deuda Pública, estos impresentables que dicen estar representándonos seguirán haciendo lo que hasta ahora han venido perpetrando. ¿Quién de vosotros cree que vamos a poder pagarla? ¿Vamos a permanecer sentados a la espera que estos miserables que están gobernándonos resuelvan los problemas que ellos mismos crearon? ¿Nos ponemos a analizar las tropelías que han hecho, o admitiendo este calificativo, por conocidas y por toleradas, no es necesario relatarlas? ¿Hemos de consentir que en función de la progresión geométrica con la que desde que comenzó la crisis del 2008, la Deuda Pública se ha incrementado, en aras a mantener la estabilidad de un modelo económico puesto al servicio de los más poderosos, que se haya proveído a la banca con miles de millones que han sido sustraídos de los sectores más desvalidos e indefensos de nuestra sociedad? ¿Hemos de hacerlo, porque si no lo hiciéramos, se desmoronarían las instituciones que hacen posible el desarrollo de nuestra economía? ¿Pero es que con ello hemos logrado estabilizarla? Y si a pesar de los abusos que se están cometiendo con los más débiles no lo han conseguido, ¿no sería más correcto decir que lo único que se ha alcanzado ha sido prolongar sine die la agonía de un modelo económico que ha convertido la democracia de nuestra sociedad en una antonimia de lo que con este término recoge el diccionario? Lo que está acaeciendo es un auténtico latrocinio. Una depredación que sólo le es dable soportarla a un pueblo memo. De seguir en el limbo, estos usuarios de las puertas giratorias, con las mentiras que tanto ellos como sus canes nos llevan al aprisco, seguirán haciéndonos creer que tras el limbo se encuentra la gloria. Mientras tanto, seguirán incrementándose las diferencias entre pobres y ricos. Y mientras tanto, seguiremos dormitando.

Si como axioma tenemos que asumir que la economía debe de estar al servicio de los ciudadanos, hemos de buscar las formas con las que establecer qué medidas tenemos que tomar. Lo que no es dable hacer es permanecer adormecidos, viendo cómo cientos de miles de establecimientos están echando el cierre, y cómo el declarado 26% de criaturas en edad de trabajar, se tiene que poner en fila en las colas del paro, o recurrir a la “movilidad exterior”, que en colmo de la desfachatez nos anunció como solución la ínclita exministra Fátima Báñez. Mientras tanto, más de seis millones de ciudadanos tendrán que seguir soportando que lo que está ocurriendo es debido, según estos miserables, a que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades.

Cuando sin consulta previa nos metieron en una Europa en la que priman las nacionalidades, fueron tan insensatos, que en su analfabetismo (o sería más justo decir, en su megalomanía), ignoraron que la estructura de nuestra industria no podía estar mediatizada por la existencia de un medio de cambio común, que como patrón con el que valorar las diferentes productividades y la logística utilizada en su distribución, no pueden estar supeditadas a un euro, que en cada una de estas nacionalidades tiene una capacidad adquisitiva diferente.

El Estado, entre lo público y lo privado