jueves. 25.04.2024

Me declaro culpable. Indudablemente lo soy. Me acuso de iracundo, maldecidor y blasfemo. Espero de sus Excelentísimas Señorías, Señores Magistrados de la Excelentísima Sala Segunda del Tribunal Supremo, se apiaden de este pobre viejo que desvaría, aunque racionalmente y solo con relación a esos moldes sociales que Uds. tienen a bien guardar y defender. Tengan en cuenta que, a mi edad, ya no resulta rentable encerrarme en una prisión por los costes farmacéutico-sanitarios y alimenticios. Consideren que condenarme al pago de subidas indemnizaciones tampoco es rentable. Desde luego para mí, que veré reducida con embargos, mi ya reducida pensión, y también para el acreedor, porque tardará décadas en cobrar tan subida indemnización a costa de mi reducida pensión, a base de proporcionados embargos y retenciones. Piensen que, así como “si a los cuarenta no eres rico, arre borrico”, a mis setenta mi tronco no es dúctil para una reeducación o rehabilitación social. Es más, ese propósito de reeducarme se lo pueden guardar dónde mejor les quepa. Hagan cuentas, Señores. Y valoren también el alto coste de un juicio. ¡Pa na de na!

Respondo con ira, maldecires y blasfemias a que esa Excelentísima Sala haya confirmado la condena a Jesús Candel alias Spiriman a abonar una multa de 6.480 euros y una indemnización de 5.000 euros a Susana Díaz y al ex viceconsejero de Salud de Andalucía del Gobierno de aquella, por sendos delitos continuados de injurias con publicidad. La misma que sentía con la condena en la instancia, pero ahora incrementada. Según los hechos, el Dr. Spiriman, se refirió a sus víctimas con expresiones tales como “hija de puta, sinvergüenza, cabrona, lameculos” y frases como “vas a echar sangre por el culo, cabrona” o “me dan ganas de cagarme en vuestra cara”. Independientemente de que en nuestra cultura todo lo que tiene que ver con la caca, el culo, los pedos, el pis y los mocos se considere de pésimo gusto, y no seré yo quien diga otra cosa, lo cierto es que los insultos en cualquier lengua tienen un fuerte contenido poético. Son una metáfora y, como tal, una figura poética. Más todavía, los insultos son una forma artística. Tanto más, cuanto se rehúye el insulto directo, siempre vulgar, y se aumentan las porciones de humor e ironía. Cuando se insulta sin insultar. Pero también es verdad que tampoco se puede exigir a cualesquiera niveles relevantes de artisteo, que están reservados para unos pocos escogidos. Entre los que me encuentro, naturalmente. 

No creo que Spiriman quisiera decir que la madre de Doña Susana, a la que seguramente ni conoce, fuera una prostituta. Y hasta es posible que el mismo sea una persona respetuosa “incluso con” las prostitutas. No creo que empleara la expresión de cabrona (hembra del cabrón o macho cabrío) en sentido literal. Nunca he alcanzado a comprender el porqué de esa identificación de la maldad con ciertos animales, normalmente mucho más bondadosos que los propios humanos. ¡Ya quisieran muchos humanos estar adornados de las virtudes de los perros, los burros, o los cabrones! La expresión sinvergüenza es una expresión neutra. Tan negativo y tan positivo es ser vergonzoso como sinvergüenza. Es más, es una de las condiciones que integran los requerimientos para dedicarse profesionalmente a la política: hablar en público, mentir como un bellaco y que te importe todo una verdadera figa. Finalmente, en lo de lameculos, concurre una segunda figura poética junto a la metáfora: la hipérbole. Dícese lameculos de los que todos conocemos como pelotas, serviles, mandilones… Está claro que se puede estar o no de acuerdo con Spiriman en cuanto a lo de lameculos. La Sra. Díaz en el momento de los hechos, y en la cumbre del poder político andaluz, más que en posición de lameculos estaría en la de ser lamida (metafóricamente, claro). El “pelota” siempre está en posición de debilidad, es esencialmente jerárquico. Pero también es verdad que sus políticas de gestión de la sanidad pública en Andalucía y el estado a que la condujeron, que eran el objeto real de las críticas de Spiriman, sí se caracterizaban por su servilismo a los intereses del lobby de la sanidad privada, en una posición de favorecimiento de sus intereses en contra de los intereses públicos. En este sentido, ¡líbreme Dios!, la Sra. Díaz era un poco mentirosilla. Pero muy poquito. Casi nada… Porque decía defender la Sanidad Pública, pero defendía en realidad a la privada. Y claro está, el “lameculismo” siempre es recíproco. Si uno está arriba, está rodeado de bufones y lameculos, pero a la vez si uno se debe a esos poderes superiores, debe actuar, a su vez, como bufón y lameculos de los que están más arriba. Todo ello metafóricamente. O sea, en pura poesía.

Ya lo decía el docto y viejo abogado: la diferencia entre el delito y el incumplimiento de contrato es puramente formal. El delincuente nunca está de Alta en el Censo Fiscal y el empresario sí

Y es así como Dios para castigarla mandó al Arcángel San Miguel. Alto, guapo, moreno, con buen inglés y tableta de jugador de baloncesto… reencarnado, vamos, en Pedro Sánchez, y la echó del Paraíso terrenal. O sea, de la Secretaría General del PSOE-A y de la candidatura a la Presidencia de la Junta de Andalucía. Alguna razón tendría en sus críticas ese doctor/activista/delincuente convicto cuando en el 15 M la abstención del electorado andaluz más pobre se llevó por delante a la candidatura de Espadas. Entre otras razones porque tenía la misma música de Doña Susana. Y que esa música era de la del “Na, ná. Na, ná. Nanarananá” La mismita del PP.

Lo que en realidad nos dice el Supremo es que podemos pensar lo que queramos, pero lo que no podemos hacer es decirlo. ¡Chitón! Aunque se trate de una opinión mayoritaria o incluso unánime. O sea, purísima hipocresía. “Ninguno de esos epítetos, en el contexto en el que fueron pronunciados puede considerarse amparados por el texto constitucional” y también “nuestro sistema de libertades no otorga protección a expresiones como las empleadas por el acusado en el contexto en el que fueron utilizadas”. La verdad es que “nuestro sistema constitucional” tampoco obliga a sancionarlas penalmente. Y son leyes de segundo grado, como el Código penal, las que prevén el tipo de las injurias con publicidad con una generosa generalidad que permite a los jueces decir aquí sí, aquí no…este es un artista, este otro un perroflauta… Lo del contexto tiene cierta gracia, porque el Dr. Candel tenía y tiene poderosas razones para defender con rabia la sanidad pública como beneficiario, como servidor público y, también, como paciente de un cáncer de pulmón con metástasis. Lástima que la legítima defensa solo se pueda oponer cuando uno sufre el ataque de un navajero. La Ley debería autorizarnos a matar en defensa de la Enseñanza y de la Sanidad Públicas. En definitiva, que el Estado publifica tipificado como delito lo que debiera ser objeto de una mera sanción civil.

Algo hemos mejorado, gracias a esta buenísima democracia formal, cuya vida guarde Dios muchos años, de que gozamos gracias a Suárez, el Rey Emérito, Felipe y Carrillo. Cuando mandaba del todo la Iglesia los pecados, y por tanto en buena medida los delitos, no solo se cometían por acción y omisión sino también por pensamiento y/o deseo. Yo no pienso decir ni mu, que es delito. Ni con publicidad, ni sin publicidad. Ni por las redes sociales, ni desde estas líneas…

Pero en cuanto termine este artículo voy a dedicar media horeja a “acordarme” de los Directivos del Cártel de las Constructoras. Ya saben, las empresas sancionadas por la CNMV. Acciona (multada con 29,4 millones), Dragados (57,1), FCC (40,4), Ferrovial (38,5), Obrascón Huarte Lain (21,5) y Sacyr (16,7). La que más tiene que pagar, Dragados, la constructora del grupo ACS de Florentino Pérez, deberá abonar el equivalente al 1,74% de su beneficio neto anual del pasado año. Por timar generosamente al Estado y los contribuyentes fijando precios y actuando como un monopolio. Doscientos seis millones de euros entre seis Empresas por una conducta que se extendió durante al menos veinticinco años. Tocan a 1,37 millones de media anual y con ello quedan lavados sus mil millonarios beneficios y pueden seguir contratando con las Administraciones públicas. Y que, naturalmente, y a diferencia de Spiriman, acabarán por no pagar.

Ya lo decía el docto y viejo abogado: la diferencia entre el delito y el incumplimiento de contrato es puramente formal. El delincuente nunca está de Alta en el Censo Fiscal y el empresario sí.

Durante esa media horeja, voy a dedicarme a llamarles cosas nada bonitas e imaginarles en situaciones francamente feas, a ellos y a los que han configurado este sistema legal que permite bromas como esta. Y me dará mucho gusto y regusto. Todo ello, en íntima conversación conmigo mismo. Pero yo no diré nada. Y espero que ustedes tampoco. 

El derecho al desahogo