viernes. 01.03.2024
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Uno de los más famosos héroes del comic, Supermán, es prácticamente invulnerable y sólo tiene un Talón de Aquiles que algunos villanos saben utilizar en su contra: esa igualmente célebre kryptonita verde cuya radiación resulta nociva para los nativos del imaginario planeta Krypton. Esto ha dado lugar a una definición de la RAE, con arreglo a la cual criptonita es cualquier “persona o cosa que neutraliza o merma las cualidades principales de algo o de alguien”. Entre todas hay una criptonita que descuella por encima de las otras y que supone una verdadera pandemia. Me refiero al inconmensurable sufrimiento psíquico que solemos denominar vulgarmente “depresión”.

A poco que lo pensemos, diríase que rehuimos a quienes padecen una depresión como si fueran apestados y su dolencia fuera contagiosa. Lo peor de todo es que puede llegar a serlo y derrumbar a quien intente prestar apoyo, siempre que no se tomen las cautelas más elementales, recordando que no se puede cuidar sin cuidarse a uno mismo en primer lugar. Una personalidad socavada por la depresión supone un espectáculo desolador y al mismo tiempo frustrante, al no resultar nada sencillo saber cómo echar una mano con cierta eficacia.

Quizá por eso nos negamos a reconocer el problema, trivializándolo como algo que las personas afectadas podrían solucionar fácilmente con tal de proponérselo. Es lo que sucede por ejemplo con la hipocondría. Quien la padece sufre horrores con sus cuitas ficticias, al margen de que se vean o no confirmadas por la medicina. Se intenta buscar una certidumbre que nunca puede alcanzarse, siendo una bendición que así sea, porque lo contrario sería harto indeseable y eliminaría ese factor sorpresa consustancial a la vida.

Un trauma emocional no se puede mensurar, como una herida o la extensión de un tumor

Un trauma emocional no se puede mensurar, como una herida o la extensión de un tumor. Sin embargo, por livianas que parezcan sus causas, las consecuencias pueden ser enormemente funestas, porque atenúan o nos arrebatan con una u otra intensidad las ganas de vivir, haciéndonos inmunes a los placeres de cualquier tipo. La tormenta que asola nuestro animo lo ensombrece absolutamente todo y ningún rayo de luz puede penetrar esa coraza que nos tiene apresados en una insondable tristeza.

El sistema sanitario debería establecer un continuo entre la medicina de familia y los equipos de atención psicológica. Esto no solo aligeraría las urgencias hospitalarias, también serviría para prevenir toda la panoplia de patologías con origen psicosomático. Las dolencias anímicas generan improntas corporales que pueden ser graves e incluso irreversibles. La mejor manera de tratarlas es anegando sus manantiales patológicos. Como dijo Hipócrates, la mejor medicina es aquella que nos hace prescindir de recurrir a ella y en esa profilaxis juega un papel fundamental el prevenir o atajar el sufrimiento emocional. Un cuerpo saludable requiere contar con una mente igualmente sana.

Es obvio que somos nuestros peores enemigos y que nos corresponde velar por nosotros mismos en primera instancia. Somos nuestra peor criptonita. Nadie puede neutralizarnos tanto como nuestro propio yo y solo a él corresponde mitigar la intensidad que puedan tener unas u otras adversidades. Pero una vez que nos hemos hundido, muchas veces necesitamos ayuda para salir del agujero, porque resulta difícil emular las hazañas del Barón de Münchhausen e izarse tirando de la propia coleta.

En esos trances no precisamos manuales de autoayuda ni reconvenciones o consejos. Nuestro único bálsamo es la compresión a raudales y el cariño de nuestro entorno afectivo. A veces hay que añadir la psicoterapia e incluso alguna temporadita de fármacos, porque más vale recurrir a esa ingesta que arruinarnos la vida. No se trata de rendir culto a las pastillas, porque nuestro reto es no necesitarlas, pero tampoco ganamos nada con demonizarlas y convertir ese tipo de medicación en un repudiable sambenito.

La criptonita de nuestro ánimo