miércoles. 17.04.2024
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discriminación justifica la activación feminista y la exigencia de reformas profundas, estructurales, relacionales y culturales, así como hacer frente al riesgo de la involución respecto de los derechos de las mujeres y colectivos LGTBI promovida por las derechas. Frente a su infravaloración o su negacionismo se hace imprescindible el fortalecimiento del cambio feminista, junto con una dinámica transformadora de conjunto, tal como explico en el reciente libro Feminismos. Retos y teorías. Me centro aquí en algunas polémicas teóricas.

Desde el punto de vista sociopolítico, dentro del feminismo, he distinguido dos grandes corrientes: una moderada, basada en cierto formalismo y retórica pero adaptativa a las inercias desiguales y con mejoras muy limitadas y simbólicas, dominante entre las anteriores élites institucionales de influencia socialista; y otra transformadora, mayoritaria en el movimiento feminista de base, con fuertes exigencias reformadoras de carácter igualitario. Desde la influencia cultural e ideológica, dentro de cierto eclecticismo y pragmatismo, persisten las grandes corrientes filosóficas y de las ciencias sociales: socioliberalismo, estructuralismo y pensamiento postmoderno, cuyas aportaciones y deficiencias analizo en el libro.

El movimiento feminista, en sus dos niveles, más restringido y más amplio de las personas partícipes en la acción por la igualdad y la libertad de las mujeres, tiene un carácter social y cultural. No es un movimiento identitario, en el sentido de excluyente o insensible ante otros procesos discriminatorios, sino que desde sus inicios hace más de dos siglos tiene, mayoritariamente, un componente universalista y solidario por un cambio de progreso. Y todavía más con esta cuarta ola feminista, inserta en un proceso de cambio global con dinámicas democratizadoras, interseccionales y populares. Así, apunta a la eliminación de los privilegios patriarcales de estatus y poder, amparados en el orden social e institucional establecido, y beneficia al conjunto de la sociedad, a su convivencia con unas relaciones justas.

Frente a su infravaloración o su negacionismo se hace imprescindible el fortalecimiento del cambio feminista

El feminismo como corriente participativa en la acción igualitaria y emancipadora, es un actor social y cultural fundamental para las mujeres y colectivos LGTBI, en situación de mayor discriminación y subordinación en razón a su sexo/género u opción sexual. Pero también es un estímulo para el cambio de mentalidades, actitudes y posiciones del resto de la humanidad, basadas en el respeto mutuo, la igualdad y la reciprocidad. 

Los procesos de identificación feminista se generan a través de una experiencia duradera, individual y colectiva, en esa acción igualitaria y emancipadora. La identidad feminista deriva de la participación y la colaboración prolongadas en ese proceso relacional, solidario y cooperativo. Tiene un sentido sociopolítico y cultural colectivo, de pertenencia a un grupo social definido, sobre todo, por su práctica social emancipadora y de apoyo mutuo, asociada a una realidad discriminatoria, unos objetivos transformadores y unos valores de igualdad, libertad y solidaridad. 

Por tanto, la identidad feminista, como expresión del reconocimiento y pertenencia a un grupo social, depende de ese comportamiento duradero -aunque puede ser reversible, con altibajos y actitudes mixtas-, junto con la interconexión con otras identidades parciales (de clase, étnico-nacional…) que conforman la identificación múltiple de la persona o grupo social, cuyo equilibrio e intersección se expresa con diferente intensidad según los contextos, y vinculados con otras características neutras o superpuestas, como la propia ciudadanía universal y las características comunes como seres humanos, transversales o compartidas, y que no encajan en la diferenciación ideológica o de sexo/género.

En consecuencia, no deriva solo de la condición de ser -biológicamente- mujer o sufrir discriminación por la imposición de su papel social subalterno, aunque son factores de vivencia de la realidad que condicionan. Así, es distinta de la identidad de género, y se aleja de las versiones biologicistas o deterministas, para poner en primer plano la propia actividad relacional en la conformación de su identidad sociopolítica feminista. 

La identidad colectiva, lo que somos, no la conforman prioritariamente las ideas o discursos, sino los hábitos y costumbres

En ese sentido, en nuestra identificación, en la definición de quiénes somos, influye más lo que hacemos, nuestras relaciones sociales y la posición o estatus público y privado. Cobra mayor dimensión la realidad del presente, el devenir personal y relacional, aunque condicionado por el pasado y su impacto y por el futuro y sus expectativas y aspiraciones que, a través de la propia voluntad, pueden ir marcando su trayectoria individual y colectiva. Pero la identidad colectiva, lo que somos, no la conforman prioritariamente las ideas o discursos -aun admitiendo su influencia performativa- sino, al decir convencional, los hábitos y costumbres, o en la versión postmoderna, la repetición de las normas relacionales, que configuran el comportamiento y el estatus real y reconocido, personal y socialmente. 

Así, llegamos a los fundamentos de la sociología y la historiografía críticas, con la relevancia de los hechos sociales, el estatus y la experiencia relacional, condicionados por los contextos económico-estructurales, político-institucionales y socioculturales, así como convenientemente sentidos, interiorizados e interpretados desde los derechos humanos o los valores democráticos.

Estamos hablando de unas identidades sociopolíticas y socioculturales conformadas socialmente con sus trayectorias vitales; es decir, no están determinadas por una condición biológico-étnica o económico-estructural, ni forman parte de una naturaleza esencial. Tampoco son unas identidades definitivas y estáticas. Pueden ser variables y con distinta intensidad de su expresión, según momentos y circunstancias. Pero están configuradas por esa trayectoria y estatus vital, por esa experiencia relacional prolongada, en la que interviene la voluntad y decisión personal y grupal. 

Por tanto, es unilateral el irrealismo de sobrevalorar las ideas y la subjetividad en la construcción identitaria, al igual que la confusión de la identidad con una simple decisión sobre la representación externa de un papel social. E, igualmente, es errónea la interpretación de que de su condición material, biológica o económica, se deriva automáticamente su conciencia y actitud política. El sentido de la realidad social y las mediaciones institucionales y socioculturales son fundamentales.

En resumen, la identidad feminista es positiva, ética y políticamente, y hay que fortalecerla, precisamente frente a la identificación machista, que es su oponente conservador, opresivo y reaccionario y, por tanto, negativa y a superar. La posición de ir más allá de la identidad feminista, a veces entremezclada con la identidad de género, puede conllevar la neutralidad o contemporización con el machismo y las desventajas femeninas. O bien, desplazar el foco de la tarea fundamental que conlleva la liberación de las mujeres y distanciarse de la actividad mayoritaria del feminismo y su representación pública. 

Es errónea la interpretación de que de su condición material, biológica o económica, se deriva automáticamente su conciencia y actitud política

La identificación feminista supone un sentido de pertenencia grupal, una cooperación solidaria, que no cohíbe la libertad individual; o sea, no es contradictoria con la autoafirmación individual sino todo lo contrario, integra el doble componente del ser humano, el individual y el social. Su carácter solidario, comunitario y de reciprocidad es garantía de reconocimiento personal y apoyo del vínculo social de las personas y de la acción igualitaria-liberadora.

Infravalorar la necesidad de fortalecer la conciencia e identificación feministas lleva a desvalorizar el reconocimiento y la formación del propio sujeto feminista como agente transformador de las relaciones de desigualdad por sexo/género; o bien, a alejarse de la dinámica real de la acción igualitaria-emancipadoradel movimiento feminista actual, en pro de otros objetivos particulares o el simple individualismo, impotente para las personas en desventaja. 

La masiva experiencia práctica del conflicto relacional ha desbordado la rigidez doctrinal y los intereses corporativos de la anterior élite feminista con posiciones de poder institucional, académico y mediático. Ante el resquebrajamiento de su credibilidad e influencia algunos sectores han reaccionado de forma fanática y sectaria, intentando apropiarse de la representación del llamado sujeto mujer, de forma abstracta para tapar su desarraigo en el sujeto sociopolítico feminista real y de gran influencia social, cultural y política. 

Pero, también, esta ola participativa ha manifestado la dificultad interpretativa y estratégica de algunas de las nuevas activistas e intelectuales feministas, así como la inercia doctrinal de muchas veteranas muy dependientes de los esquemas de las distintas corrientes socioliberales, estructuralistas o postmodernas y la comodidad de su estatus. Se puede decir que el movimiento, la práctica social masiva junto con las activistas de base que han impulsado esta reactivación participativa, ha ido por delante de ciertas élites feministas -o aspirantes a serlo- y, en particular, de la teoría feminista y la orientación estratégica. 

Dicho de otra forma, la mayoría de los millones de personas que han participado en las grandes movilizaciones feministas y los miles de mujeres activistas de base, más organizadas y estables, han demostrado un carácter realista y firme, un gran consenso de fondo en torno a esos grandes ejes reivindicativos -aparte de algunos temas controvertidos como la prostitución- dentro de una diversidad de sensibilidades y problemáticas, así como un tono unitario y democrático, en contraste con actitudes minoritarias intransigentes o prepotentes. En ese sentido, es una tendencia que enlaza con un feminismo realista, relacional, crítico y transformador como el aquí defendido.


Antonio Antón | Miembro del Comité de Investigación de Sociología del Género de la Federación Española de Sociología (FES)

Controversias feministas