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UN CANDIDATO FICTICIO

Ucrania: el ‘virus’ Trump en las puertas de Rusia

Volidimyr Zelensky
Volidimyr Zelensky

La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Ucrania confirma el auge del populismo sin fronteras. Un cómico carente de experiencia política alguna, sin proyecto político definido ni estructura partidaria cuajada se ha situado en cabeza.

Volidimyr Zelensky, un actor de comedia televisiva, ha obtenido el 30% de los sufragios, doce puntos más que el actual presidente, Petro Poroshenko. Ambos se disputarán el principal cargo del país en la segunda vuelta. Queda eliminada la polémica e incombustible Yulia Timoshenko, insider y agitadora a la vez de la política ucraniana.

LA CORRUPCIÓN COMO REVULSIVO

Los economistas calculan que Ucrania necesitará medio siglo para alcanzar el desarrollo de su otra gran vecina, Polonia

Las razones del triunfo de un completo outsider parecen bastante claras. La gran mayoría de los ciudadanos se siente profundamente decepcionada por la marcha del país y responsabiliza a la clase política del fracaso del proyecto nacional, después de dos revoluciones, una guerra inacabada (y tal vez inacabable) y muchas promesas incumplidas o frustradas.

Ucrania es el país más pobre de Europa. Su renta per cápita está por debajo de los 3.000 $, inferior a la de la minúscula Moldavia, otra de las repúblicas del suroeste exsoviético, y un tercio de la de Rusia. Dos millones de personas han abandonado el país en los últimos años. Los economistas calculan que Ucrania necesitará medio siglo para alcanzar el desarrollo de su otra gran vecina, Polonia (1).

Pero con ser fundamental este paisaje depresivo, la principal lacra que atenaza el desarrollo del país es la corrupción. Aunque dicen los analistas de la evolución ucraniana que se han hecho mejoras en los últimos años, lo cierto es que la percepción ciudadana sigue siendo negativa. Los llamados oligarcas, es decir una casta de hombres económicos muy poderosos con capacidad para manipular y condicionar las decisiones de los dirigentes políticos, son los verdaderos amos. Están enfrentados entre sí, al menos algunos de ellos, pero también comparten el designio de marcar el destino nacional a su antojo y conveniencia.

El propio Poroshenko es uno de esos oligarcas, al frente de un imperio comercial que gira en torno al chocolate. Desde su triunfo electoral en 2014, con el respaldo explicito de Occidente (traducido en dólares, créditos y compromisos de ayuda militar), el actual jefe del Estado presenta un balance muy desigual de su gestión. Prometió acabar con la guerra, eliminar la corrupción e impulsar el desarrollo económico y social. No ha conseguido ninguno de los tres objetivos, al menos de forma convincente: la guerra está congelada pero no terminada, la corrupción sigue presentando niveles escandalosos y el país parece firmemente anclado en el vagón de cola continental.

Sobre este panorama de pobreza, malestar e incertidumbre se erige la figura, no del todo inesperada, del populismo. Las encuestas predecían desde primeros de año un debilitamiento de la veterana Timoshenko (2), un estancamiento del incumbent y el crecimiento irresistible de Zelensky. Esta vez, los sondeos no se han equivocado.

UN POPULISMO FICTICIO     

Zelensky ha convertido a su candidato ficticio en aspirante real y a su personaje en líder político

Como Trump, Zelensky se coloca en cabeza impulsado por la televisión. Pero, contrariamente al show de dudoso gusto y baja catadura del magnate neoyorquino, el actor ucraniano ha cimentado su candidatura en una narrativa pretendidamente basada en la realidad, aunque con rigor discutible. En su serie, titulada El servidor del pueblo, el autor y protagonista representa a un joven que vive aún en casa de sus padres. Agobiado por las dificultades de encontrar trabajo y labrarse un porvenir, se enfrenta con el sistema y se propone conquistar el poder para cambiar la dinámica de las cosas. Zelensky ha convertido a su candidato ficticio en aspirante real y a su personaje en líder político.

Uno de los principales especialistas norteamericanos en Ucrania, Alexander Motyl, crítico de la Rusia putiniana y del sistema soviético, ha diseccionado la serie El sirviente del pueblo. Resalta que, en la representación de la realidad del país, el cómico ha omitido aspectos tan fundamentales como la ocupación de Crimea por unidades militares rusas (2014) o la guerra en las regionales orientales del bajo Don. Motyl cree que Zelenski es, en realidad, un populista pro-ruso y coincide con Poroshenko, su favorito explícito, en que este crítico de la corrupción y el patronazgo es, en realidad, una marioneta de otro de los oligarcas, Igor Kolomoiskyi, el dueño, entre otras empresas, de la cadena que emite su producción televisiva (3).

Volidimyr Zelensky

LAS BAZAS DE POROSHENKO

No gusta en los despachos de Bruselas los experimentos populistas. Desde luego, no los trágicos, pero tampoco los cómicos

No está claro que este impulso de protesta le alcance a Zelensky para confirmar su triunfo definitivo. Los analistas predicen que Poroshenko obtendrá los apoyos necesarios para imponerse en la segunda vuelta. La falta de proyecto político del candidato de protesta podría ser determinante. Un poco como Marine Le Pen, que agita y revuelve el escenario político, pero carece de apoyos para ocupar el lugar principal. Para algunos, el voto inicial ha sido una llamada de atención o un desahogo, pero a la hora de la verdad se retomará, bien que con desgana, el camino conocido (4).

Poroshenko se ha presentado a la reelección con un proyecto inequívocamente nacionalista, que se condensa en su lema: “Ejército, fe y lengua”. Estos últimos años se han destinado fondos cuantiosos para construir unas fuerzas armadas capaces de recuperar la integridad del territorio nacional y asegurar su defensa, con un resultado fallido a medias. Se han promovido la lengua y la cultura ucranianas, muy similares a las rusas, pero artificialmente presentadas como distintas y promovidas con ánimo reivindicativo (5). Y, last but no least, se ha propiciado la ruptura con la Iglesia ortodoxa rusa para establecer una línea nacional-religiosa autónoma (6).

Los símbolos que maneja el presidente ucraniano son los arquetípicos del nacionalismo combatiente. Pero contrariamente a Zelensky, Poroshenko mira hacia el Oeste en busca de respaldos, de dinero y de garantías. Lo ha obtenido a regañadientes o con condiciones no siempre a su alcance. Occidente lo mira con recelo o como la opción menos mala, más como dique frente al Kremlin que como socio fiable. No gusta en los despachos de Bruselas los experimentos populistas. Desde luego, no los trágicos, pero tampoco los cómicos.

Otra cosa es es el capricho de la Casa Blanca, cuyo actual inquilino se siente vanidosamente complacido por el crecimiento de la cohorte de admiradores que proliferan, tanto en la Europa poscomunista como en la occidental. Sólo el sesgo correcto y severamente antirruso de sus asesores exteriores podría disuadir de Trump de un extemporáneo pronunciamiento que pudiera investir a este candidato ficticio.           


NOTAS

(1) “Will a comic actor become Ukraine’s next President? Why Volodimyr Zelenskiy won the first round of elections”. MELINDA HARING. FOREIGN AFFAIRS, 2 de abril.
(2) “Yulia Timoshneko attemps comeback in Ukrainian election. CHRISTINA ESCH. DER SPIEGEL, 28 de febrero.
(3) “Ukraine’s TV President is dangerously pro-russian”. ALEXANDER J. MOTYL. FOREIGN POLICY, 1 de abril.
(4) “No joke: Ukraine TV comedian wins election’s first round”. THE NEW YORK TIMES, 31 de marzo.
(5) “Is the risk of ethnic conflict growing in Ukraine?”. ELISE GIULIANO. FOREIGN AFFAIRS, 18 de marzo
(6) “In Ukraine, après le schisme les convulsions religieuses”. LE MONDE, 13 de febrero.