jueves 09.04.2020
duplas dispares en política internacional

Trump-Macron, una dupla no tan dispar

La pareja Macron-Trump era, a priori, un ejemplo de disparidad, de disparate. Algo imposible, condenado al fracaso.

Trump-Macron, una dupla no tan dispar

Macron sabe que Trump cambia de humor con la facilidad con la que pone un tweet. Por eso va paso a paso, árbol a árbol, desfile a desfile

Hay duplas dispares en política internacional. Desde la archi-filmada Francisco I de Francia-Enrique VIII de Inglaterra se pueden citar no pocos ejemplos. En tiempos recientes, y por centrarnos en Europa, pocos pudieron prever que dos personalidades tan diferentes, con trayectorias tan alejadas como François Mitterrand y Helmut Kohl fueran capaces de disputarle el protagonismo histórico europeo a la creada por Charles De Gaulle y Konrad Adenauer.

El legado conjunto de los dos primeros no parece que pueda ser emulado por la actual combinación Macron-Merkel. A pesar del discurso europeísta del presidente francés y de la voluntad indiscutible de la canciller alemana de tener en París un socio de baile sin tacha de duda, la pareja no termina de mezclar y los resultados se dilatan.

Por supuesto, todo es amabilidad y entendimiento. Pero los ambiciosos planes del joven Macron se han estrellado una y otra vez con la tibieza pragmática de una dirigente en el ocaso de su carrera. Nunca fue Merkel una visionaria de la política. Alemania desconfianza de ese tipo de líderes. Ya tuvieron a uno en los años treinta y tardaran seguramente decenas de años en sentir la amargura de su herencia.

A partir de Willy Brandt, el último romántico de los cancilleres alemanes de posguerra, todos y cada uno de sus sucesores han sido gestores sin pretensiones de ocupar un sitio en la historia. Y si uno de ellos, Helmut Kohl, alcanzó ese honor, fue a su pesar o independientemente de su voluntad. Los acontecimientos lo encumbraron, pero él nunca los domeñó.  Con su pareja histórica, Mitterrand, ocurrió todo lo contrario. Siempre quiso alinearse con De Gaulle, con Napoleón o, ¿por qué no?, con Luis XIV. ¿No fue acaso el adalid de la denominada república coronada?

A Macron, el flamante presidente surgido de la nada política, se le reprochó tener esa misma tentación en una reciente entrevista abrasadora por televisión. El presidente aceptó el pulso, pero mantuvo su imagen de político distinto.

La agitada performance de Macron coincidió con la publicación del libro de memorias de François Hollande, su mentor y expatrón, y quizás el presidente más francés triste desde el último que se recuerda. No porque le disgustara la buena vida, sino por una decepcionante cuenta de resultados. Hollande, tal vez movido por un resentimiento versallesco, esboza un retrato incómodo de su expupilo, inclemente y pegajoso. Macron ha ignorado ese ajuste de cuentas.

LA TRAVESÍA ATLÁNTICA

El presidente francés, frustrado por las hipotecas que pesan sobre una canciller alemana, escasa de tiempo y espacio para maniobrar, ha optado, una vez más, por la fórmula que estima ganadora: adelantarse a las jugadas. Desafiando la tradicional desconfianza entre el Eliseo y la Casa Blanca, se ha dejado querer como el dirigente europeo más hábil para tratar con el inclasificable presidente-hotelero, como señala en un riguroso trabajo la especialista de la Brookings Institution Celia Belin (1).

La pareja Macron-Trump era, a priori, un ejemplo de disparidad, de disparate. Algo imposible, condenado al fracaso. Pero al joven líder francés le apasiona marquer le scandale. Sorprender. Provocar. Desconcertar. Por otro lado, no hay nada que divierta más al magnate neoyorquino que un ambiente de espectáculo para conjurar el aburrimiento que le supone gobernar (o, más bien, dejar que gobiernen otros). Después de todo, como escribí hace un par de meses, los dos presidentes tienen mucho en común (2).

Por eso, como parte de su propósito de liderar Europa (3), Macron se ha propuesto cortejar a Trump, tanto por necesidad o conveniencia, cuanto por ejercicio de su imaginario del poder: superar límites, afrontar desafíos, conseguir metas. Detrás del guiño amable de plantar un árbol (para compensar el estruendo militar del encuentro parisino del 14 de julio), reposa el pragmatismo de los dos líderes. La agenda de desacuerdos era y es complicada: acuerdo nuclear iraní, la disputa comercial derivada del America First o el empeño empinado de la lucha contra el cambio climático. En este encuentro, el primer asunto era el más acuciante (4).

CUATRO PILARES PARA UN RENOVADO ACUERDO CON IRÁN

Macron se ha propuesto una tarea hercúlea: convencer al irreflexivo Trump de que, en vez de arrojar a la basura el acuerdo con los ayatollahs, puede apuntarse el tanto histórico de hacerlo aceptable a todos sus intransigentes amigos de la ensalada medio-oriental (israelíes, jeques, lobby judío, burocracia pro-estrella de David).

Estas semanas pasadas, negociadores expertos europeos y americanos han pergeñado una alternativa a la ruptura, conocida como los “cuatro pilares”. Consiste en añadir al actual acuerdo (primer pilar), otros tres capítulos más: el riesgo nuclear a largo plazo (segundo pilar), la preocupación por el programa iraní de misiles (tercer pilar) o la estrategia de desestabilización regional atribuida al régimen islámico (cuarto pilar). Con este planteamiento, muy ajustado a su discurso reformista, Macron pretende conjurar la abolición del acuerdo el próximo 12 de mayo, alejar el fantasma de las sanciones y esperar que Teherán acepte lo malo como preferible a lo peor.

Para lograr esta cabriola, Macron ha tocado la tecla justa. Si Trump se carga el acuerdo con Irán, el líder norcoreano podría asustarse y estimar que su presentido pacto con el mercurial presidente norteamericano no merecería la pena. Se malograría entonces la cumbre que debe reunir a dos sistemas opuestos, representados por dos líderes no tan dispares. Ya se sabe que a Trump le importa más la espuma que la sustancia, y lo último que desea es que el show con little rocket-man se vaya al traste.

Macron sabe que Trump cambia de humor con la facilidad con la que pone un tweet. Por eso va paso a paso, árbol a árbol, desfile a desfile. Ante el Congreso de EE.UU. opone el globalismo blando de hacer grande el planeta al nacionalismo agrio del America First. Con amabilidad. Incluso con mucha calidez. Pero sin ingenuidad. Después de todo, Macron y Trump no serán nunca una pareja de vals, sino de tango. Lejos, una vuelta, cerca, muy cerca, un requiebro. Una ilusión.


NOTAS

(1) “Can France be America’s new bridge to Europe”. CELIA BELIN. FOREIGN AFFAIRS, 19 de abril. (2) Nuevatribuna
(3) “Macron’s charm offensive on Trump is part of his bid to lead Europe”. NATALIE NOUGAYRÈDE. THE GUARDIAN, 24 de abril.
(4) “Macron takes a risk in courting Trump, but has little room to show for it”. THE NEW YORK TIMES, 22 de abril. 

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