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viernes. 07.10.2022

La historia de Artur Baptista da Silva, el expresidiario que a finales de 2012 engañó a medio Portugal haciéndose pasar por economista de la ONU y debatiendo por televisión la política económica impuesta por la troika (Comisión Europea, FMI, BCE) da para mucho, y no sólo para discutir sobre el mito de la “austeridad expansiva” y sus consecuencias. También nos habla de los cambios en nuestra vida pública y el papel que en ella ha tomado la lógica del espectáculo. A este tema ha dedicado el sociólogo Fernando Escalante numerosos artículos, además de un libro interesantísimo: “A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública” (El Colegio de México, 2007). Lo que sigue son algunos apuntes al hilo de sus reflexiones.

La fama de Baptista fue producto -descontadas su labia y desvergüenza- de un ejercicio de ventriloquia: decir lo que la gente piensa, que es lo que quiere oír sobre la crisis económica. J. M. Keynes escribía en 1936 en su “Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero” que el éxito de algunas doctrinas económicas ha dependido precisamente de que llegaran a conclusiones muy distintas a las que esperaría una persona corriente, pues ello favorecía su prestigio intelectual. Lo ocurrido en Portugal fue una especie de contraejemplo: frente al saber convencional de “los expertos”, surgió un charlatán que sintonizó con el sentido común del público y se le encumbró de inmediato.

No es algo excepcional: si se piensa un poco, ocurre también para temas menos trágicos. Sea la crisis o el libro de moda, se paga gustosamente para oír lugares comunes, siempre y cuando quien los diga sea famoso, reconocible por la “familiaridad fantasmal” que da la televisión. Poco importa si se tienen credenciales o no para opinar del asunto en concreto: si es futbolista, médico o exconvicto. La autoridad la dicta la celebridad, que expide título de “todólogo”. Una celebridad, las más de las veces, efímera y necesariamente superficial. Es un indicio más de cómo la cultura del espectáculo se ha instalado en el centro de nuestra vida pública, y eso, aunque parezca una obviedad, es grave.

Escalante muestra cómo ha cambiado nuestro sistema de opinión pública en México, en buena medida porque la cultura del libro y sus prácticas e instituciones han sido desplazadas por las del espectáculo. Los lectores habituales (de quienes depende en buena medida la calidad de la vida pública de una sociedad) siempre han sido minoritarios. La novedad, hoy, es que tanto ellos como sus formas de comunicación y reflexión se han vuelto marginales.

El resultado es una conversación pública severamente empobrecida: del tipo que puede condensarse en un slogan publicitario, en un spot de televisión. Que aun en los espacios que podríamos llamar “intelectuales” se parece más a la ronda de preguntas de Miss Universo que a los desplegados del Affaire Dreyfus. Una conversación que tiene como referente esencialmente a la “literatura industrial”, a los anaqueles de un Vips: un puñado de autores de fama prefabricada o celebridades devenidas autores.

A ello ayuda la creciente desconexión entre la academia y la vida pública, y una industria editorial boyante que, pese a los alarmistas, vende cada año más volúmenes… y se concentra cada vez más en menos empresas: multinacionales dueñas también de cadenas de radio, periódicos o canales de televisión. Es decir, un oligopolio integrado en la industria del espectáculo, y centrado en la venta de probables “best sellers”: autoayuda, novelas cursis o pornográficas, periodismo improvisado y sensacionalista.

Me detengo un poco aquí. El caso de Baptista habla también de un periodismo perezoso, convertido en “dijonomía” (término que acuñó Gideon Lichfield, corresponsal de The Economist, para la prensa mexicana): un oficio cuyo reto es encontrar sinónimos de la palabra “decir” (abundar, señalar, estimar, explicar) más que investigar. Pasó tiempo antes de que alguien en la prensa portuguesa cayera en la cuenta de que Baptista, el intelectual de moda, decía ser profesor de una universidad que no existe desde hace 30 años, el Milton College. No se contrastan hechos, o no importa si lo que se publica es cierto o no.

No es, al parecer, materia de escándalo. Y ese es otro dilema: por esa impunidad que se le otorga a la prensa, para mentir, calumniar, o dar rumores por ciertos, todo se vuelve sospechoso y opinable: no hay un mínimo de acuerdo ni para discutir las cosas que importan.

El verdadero problema, como plantea el profesor Escalante, no son los oportunistas como Baptista o los periodistas chapuceros (que han existido siempre, y son tan responsables como su audiencia), sino la forma en que hoy está estructurado el espacio público, calcado del modelo hollywoodense del “star system”, que no permite distinguir entre una opinión informada, que merece ser escuchada, y el ruido de semianalfabetas telegénicos o de impostores. Y que a casi nadie le importe distinguirlo, dicho sea de paso.

El caso del entrañable pícaro portugués dice muchas cosas de la vida pública en tierras lusas, pero igual de elocuentes son, en México, el que se dé a Alfredo Bryce Echenique el premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el que Esteban Arce tenga un noticiario, o que alguien como Ivonne Álvarez sea senadora.

Piénsese ahora, en España, en el lugar que se le da a una Belén Esteban, o en los bufidos de la mayoría de “tertulianos”.

Son parte de la sinfonía del nuevo mundo. Y no, no dicen nada bueno.

Sinfonía del nuevo mundo