sábado. 13.07.2024
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@ebarcala | Lo mismo están pensando en pasarse a la moto, la bici o el transporte público para huir de las restricciones de tráfico que se anuncian en las megaciudades de todo el mundo y, de paso, darle un respiro al medio ambiente. Lo mismo que otros millones de ciudadanos preocupados por su entorno, pese a que ello les obligue a adelantar el despertador unos minutos o compartir con eventuales compañeros de trayecto música electrónica y alertas en los móviles.

El loable empeño no alcanza, sin embargo, a todos. Mientras los mortales de a pie cuidamos más o menos a regañadientes del planeta, hay quien opta otras soluciones de movilidad más exclusivas. Con un par de cables, un USB y una placa base Raspberry, la web de noticias Quartz ha seguido a los líderes políticos y económicos durante su encuentro en la ciudad suiza de Davos y monitorizado sus muchos desplazamientos… en helicóptero.

Ir en helicóptero es lo más. Eso de bajarse de un salto con el pelo alborotado por la potencia de las aspas sólo puede superarse con un aterrizaje en paracaídas en la escalinata de entrada a la conferencia, no me digan. Bueno, pues hasta una docena de estos aparatos han sido utilizados para que los ilustres invitados lleguen sin molestias y a tiempo a las sesiones de una cita que, irónicamente y entre otros temas en su agenda, debía plantear soluciones para la reducción de las emisiones de gases a la atmósfera.

Sobrevolar las nubes, poniendo distancia entre uno mismo y la vulgar cotidianidad de los simples humanos es un sueño recurrente. Ícaro abrió el camino intentando escapar de la prisión, y hoy los viejos y nuevos ricos siguen su plan de vuelo aunque con motivaciones de menor fuste, como ahorrase el control de pasajeros o reírse de la política de equipajes de RyanAir.

Donald Trump, Bill Gates, Roman Abramovich o el jeque saudí Bin Talal, a quien se atribuye la ocurrencia de querer chapar en oro un Airbus, son algunos de los exclusivos miembros del club de poseedores de transporte aéreo propio. En España, más de un centenar de aviones privados llevaron volando a los más pudientes de entre nuestros compatriotas durante los años de bonanza inmobiliaria, emulando las costumbres de los Botín, Amancio Ortega o Julio Iglesias. Muchos terminaron vendidos en Rusia y otros remotos mercados de segunda ala al llegar la crisis, entre ellos algunos de los que comprara Francisco Hernando, más conocido como El Pocero.

El volar privada y cómodamente es privilegio reservado a unos pocos. De ahí, quizás, la inquina contra esos working class a quienes Maduro fleta un charter para ir de congreso. Se pierde la gracia y el glamour si cualquiera es llamado a sobrevolar idílicos pueblecitos alpinos, viendo desde la ventanilla esas abstractas y diminutas figuras de atrezzo que se mueven en mundanales e incompresibles afanes. No debería asombrarnos que, con esa perspectiva de las cosas, lo humildemente humano deje de ser una prioridad para los señores del aire.

Los señores del aire