viernes. 24.05.2024
Rajoy y Benkirane en una foto de archivo.

Hoy podemos decir que las dos orillas comparten algo más que unas relaciones propias de dos países vecinos con unas mismas raíces culturales e históricas. Hoy ambos gobiernos comparten las principales portadas de los medios de comunicación. No, no es por la visita del rey español a Marruecos. Tampoco tiene que ver Ceuta o Melilla. Ni Perejil. Y no, no es precisamente algo de lo que deberíamos estar orgullosos. Ambos países hoy están atravesando una grave crisis política: una por la incapacidad del gobierno de gestionar su propia coalición en el poder, y otra por los escándalos de corrupción en los que se ve envuelto el presidente del gobierno así como el incumplimiento de su programa electoral… todo ello con la pérdida de legitimidad que ello conlleva.

Empecemos con Marruecos. Benkirane, actual jefe del ejecutivo y líder del partido islamista, ganó las elecciones (por primera vez en la historia) el 25 de noviembre del 2011. Costaba ver que un partido islamista pudiese gobernar Marruecos. El contexto de la “primavera árabe” invitaba a ser comprensivos. No obstante, el PJD a diferencia del partido islamista tunecino o de los hermanos musulmanes, no disponía de mayoría suficiente para formar un nuevo gobierno. Así pues, con el 27% de escaños, Benkirane tuvo que echar mano del amplio espectro político marroquí y solicitar a la Koutla y a otros partidos un gobierno de coalición. Tres partidos respondieron a su llamamiento: El partido Istiqlal, el Movimiento Popular, el partido del Progreso y Socialismo. Una coalición “interesada” y “oportunista” más que ideológica. Y es que en un país democrático donde impere la coherencia ideológica jamás podríamos ver en el gobierno a un partido de corte nacionalista y de derecha con uno socialista y de izquierda. En Marruecos se ha convertido en una especie de “elemento modernizador” el hecho de salirse del tradicional clivaje ideológico. Muchos se han convertido en expertos politológicos asumiendo las ventajas de tener una coalición nacional cuyo fin es atender a las necesidades de la sociedad, poco importando si eres de izquierdas o de derechas. Pura demagogia. 

Volviendo a las elecciones de 2011, después de 5 semanas de negociaciones, el 3 de enero del 2012, Benkirane fue nombrado oficialmente como jefe del gobierno. Asimismo fueron nombrados 24 ministros con cartera y 7 ministros delegados. Entre ellos 6 del Partido Istiqlal (partido nacionalista y conservador). Quedémonos aquí. Si el balance general del primer año de Benkirane es nefasto en términos de actividad parlamentaria y de iniciativas concretas, el Istiqlal en los últimos 6 meses ha ido jugando un juego “sucio”: hacerle la oposición a su propio aliado en el gobierno, esto es el PJD. Si ya de por sí la escena política marroquí era de risa, con esto, el juego satírico fue más allá. En otra época hubiese sido fuente de inspiración del esperpento valleinclanesco. Y es que desde la nominación de Hamid Chabat como secretario del Istiqlal, el núcleo duro no ha parado de criticar a los islamistas tachándoles de populistas y de no haber sido capaces de llevar a cabo los planes fijados en su programa electoral. Esto es como aquel que se tira piedras a su propio tejado. La bola se hizo grande conforme entraba 2013, y hechó la primera chispa en mayo del 2013, cuando en el Congreso Extraordinario del Istiqlal se votó su retirada del gobierno. 

El clima comenzaba a crisparse. Pero llegó una llamada telefónica de su Majestad el Rey que hizo a Chabat cambiar de opinión (momentáneamente) . Y digo momentáneamente porque el fuego estaba encendido, y tarde o temprano las llamas acabarían por quemarlo todo. El 10 de julio,  5 de los 6 ministros del Istiqlal presentaron oficialmente su dimisión. La crisis estaba servida. El ministro de educación no quiso hacerlo (otro de los puntos débiles del sistema de partidos marroquí es la quasi inexistente disciplina de partido, si bien con la nueva constitución aprobada en 2011, las reglas se endurecen) y tras un ultimátum de 24 horas por parte de su partido, fue expulsado.

Y en esta situación nos encontramos actualmente. El PJD no se ha pronunciado al respecto, y la dimisión se tiene que hacer efectiva, tras el “visto bueno” del Rey. ¿Habrá elecciones anticipadas? ¿Conseguirá Benkirane formar una nueva coalición? Se baraja la posibilidad de que el RNI entre a formar parte del gobierno. Un RNI cuyo secretario general, criticó duramente la gestión del PJD en estos últimos años, y que está envuelto en un caso de corrupción. Pero en Marruecos como hemos visto la coherencia es lo de menos.

¿Y los marroquíes que opinan? Como si de un circo romano se tratase, los marroquíes frustrados ante la incapacidad de tomar partido de esta situación (regateando por sobrevivir día a día), mientras los leones “políticos” luchan por el poder. El desapego político sigue siendo uno de los causantes del débil sistema político marroquí que impide la verdadera consolidación de la democracia. La alta tasa de abstención lo testifica. A ello se añade que estamos en Ramadán, un mes sagrado y de descanso espiritual en el que muchos marroquíes no están para pensar en asuntos políticos.

En mi opinión, la solución pasa por la convocación inminente de nuevas elecciones generales, en las que el ciudadano decida a quien otorgarle su confianza, más allá del embrollador juego político que nos tienen acostumbrados los políticos de este país. Marruecos debe estar en manos de personas capaces de gestionar los asuntos públicos, capaces de gobernar, de llevar a cabo un programa electoral y cumplirlo, capaces de mantener y garantizar la estabilidad del sistema político. ¿Cómo quieren que confiemos en la política y la tomemos en serio si los que nos representan no están a la altura de las circunstancias? En un país en el que votan menos de un 40% de los inscritos (eso según datos oficiales, los datos no oficiales hablan de un 30%), donde la tasa de analfabetismo ronda el 40%, donde hay problemas con la sanidad y con la educación, donde la pobreza y la exclusión social están a la orden del día, nada nos debería extrañar. Ni siquiera el circo al que nos tienen acostumbrados.

Continuará…

Marruecos y España: dos gobiernos que se tambalean (I)