Lunes 17.06.2019

China: ¿Hacia una nueva fase de la revolución?

Por Juan Antonio Sacaluga | A mitad de la década de los sesenta, el entonces Presidente Mao Zedong vistió de "revolución cultural" una gigantesca operación política, que acarreó una feroz represión.

Frente a lo que percibía como peligros de una tímida apertura, Mao generó una dinámica de afirmación de su poder personal y una purga sin miramientos de posibles rivales, con la excusa de un giro a la izquierda y una purificación de las amenazas "revisionistas".

A finales de los setenta, muerto el patriarca y tras unos años de posicionamientos e indecisiones en la jerarquía del aparato comunista, una de las "víctimas" de la "Revolución Cultural", Deng Xiao Ping, se afianzó como el líder de una tendencia "modernizadora" que se marcaba como objetivo superar los excesos del pasado, mejorar el sistema productivo del país y sustituir la ideología por la eficacia. Contrariamente al "padre fundador", Deng escenificó el rechazo del poder personalizado con su renuncia a cargos formales (excepto la aparentemente discreta presidencia de la Comisión militar de la Asamblea Nacional). Un poder en la sombra, aunque reconocido, respetado y hasta temido por todos.

En esa línea trazada por Deng estamos aún, aunque el proceso haya pasado por fases de agitación, crisis, rectificaciones y bloqueos, con la matanza de Tiananmen como momento más dramático. Treinta y cinco años después de la corrección estratégica impulsada por Deng, ese "intelectual orgánico" de la Revolución china que es el Partido Comunista ha vivido una sucesión de dirigentes grises, llamados a interpretar un libreto estricto, constreñidos por la exigencia del consenso sistémico y con estrechos márgenes para el sello propio.

UN NUEVO MANDARÍN

El último de estos 'mandarines rojos', el actual Secretario del Partido (todavía el cargo político  prevalente) y Presidente de la República (la púrpura institucional), es Xi Jinping. Desde su acceso a la cúspide del poder en Pekín, se le ha escrutado con paciente dedicación en Occidente, por considerar que su perfil personal y el momento en que le ha tocado ejercer la función de 'primus interpares' generaba notables expectativas de que podía ser el líder llamado a concluir, por fin, el proyecto estratégico de Deng.

Xi Jinping, efectivamente, presenta una hoja personal de servicios y una tradición familiar muy atractivos. Una triada de elementos le situaba en posición de envidiable oportunidad para convertirse en el hombre del momento histórico: hijo de un general héroe de la Larga Marcha (legitimidad revolucionaria); carrera continuada y firme a través de todos los escalones y áreas burocráticas (experiencia de gestión) y una estancia de formación en Estados Unidos (conocimiento del mundo exterior).

Entre los "sinólogos" no existe un consenso sobre el verdadero alcance de la figura de Xi. Sin duda, sería prematuro establecerlo, puesto que apenas lleva un año al frente del gigantesco aparato. Los más audaces consideran, en todo caso, que ya hay elementos suficientes para pensar que su liderazgo va a ser el más asertivo desde el comienzo de las reformas.  Su actuación en la recientemente concluida Conferencia del Partido avalaría esta estimación. Xi anunció unas sesenta medidas que deben profundizar el cambio económico, social y político de China en los próximos años.

LOS  DESIGNIOS DE XI JINPING

El proyecto político del nuevo líder comunista se basa en tres pilares: la consolidación del nuevo modelo económico híbrido (el llamado "capitalismo comunista", un auténtico oxímoron) que confirme a China como segunda potencia mundial con capacidad para condicionar el liderazgo planetario de la superpotencia norteamericana; la reestructuración del sistema político, mediante una combinación de una apertura significativa pero contralada, que neutralice las fisuras regionales y los desafíos de las aspiraciones democráticas; y la hegemonía estratégica y militar en su amplia zona de influencia (el Extremo Oriente).

En el primero de estos pilares es donde parece registrarse los avances más visibles. La Conferencia Política mencionada ha confirmado la adopción de medidas que aparentemente profundizan en la liberalización económica, al otorgar un "rol decisivo" al mercado en la definición y orientación de la política económica.  Xi Jinping, en tándem con su primer ministro Li Keqiang, ha conseguido aprobar políticas que en tres décadas de proceso reformista no habían avanzado lo suficiente. Son, entre otras, la capacidad de los campesinos para vender o enajenar sus tierras de labranza, la autonomía de los bancos para establecer los tipos de interés, el permiso a inversores privados para crear bancos nuevos, la imposición de multas y sanciones mucho más severas a las viejas industrias altamente contaminantes y otras medidas de protección medioambiental, y el control más eficiente del gasto público.

En el segundo pilar, la reestructuración del sistema político, la Conferencia del Partido ha adoptado quizás las decisiones más llamativas, puesto que se ha decidido la creación de dos órganos de poder hasta ahora inexistente en la arquitectura institucional, como son el Consejo de Seguridad (según el modelo del existente en Estados Unidos) y una especie de Consejo de notables que estará encargado de impulsar las reformas económicas, para reforzar el combate contra las trabas burocráticas, el veneno de la corrupción y otras inercias del sistema.

Pero, además, en esta esfera política, han llamado mucho la atención en Occidente la abrogación o significativa suavización de ciertas políticas restrictivas o directamente represivas que habían conseguido mantenerse a lo largo de estos treinta años. Las más destacadas son la eliminación de los campos laborales de reeducación (auténticos campos de concentración), la limitación de la aplicación de la pena de muerte y la relajación del control de la natalidad (la famosa política de "un solo hijo"). A propósito de esta última medida, algunos especialistas, como Daniel Altman, señalan que es demasiado tímida o llega demasiado tarde, porque China se encuentra ya indefectiblemente en una dinámica demográfica equiparable a la de Japón en términos de envejecimientos con las amplias consecuencias que ello comporta.

Este segundo pilar se completa con otros reajustes en las dinámicas políticas internas, que parecen confirmar un mayor control de Xi Jinping y su primer ministro Li Kequiang. Algunos hablan ya de una mayor concentración del poder de la cúspide, con respecto a los equipos dirigentes anteriores. O de una menor dependencia de los órganos tradicionales, que viene a ser lo mismo. Ésa sería una de las razones de los Consejos (Seguridad y Económico) anteriormente mencionados. En el caso del primero, se perfila el modo de gestión del tercer pilar del proyecto de Xi: un control más personal, o más 'presidencial' de la política exterior y militar (totalmente interconectadas), favorecido por las excelentes conexiones que se le atribuyen con las fuerzas armadas.

Los analistas más escépticos advierten, no obstante, que, de momento, estas medidas sólo están enunciadas, pero se desconocen calendario y procedimientos concretos de aplicación, por lo que conviene ser prudentes a la hora de valorar las intenciones reformistas del actual equipo dirigente.