jueves 28/10/21
DANIEL MOLINA

China: Claves de una potencia en continua transformación

China cuenta actualmente con 1.350 millones de habitantes, todos ellos, descendiente de la tribu de los Hang, que ocupan un vasto país-continente que ha sufrido escasas alteraciones políticas y demográficas, pero que desde el final de la guerra civil (1927-1951), y el auge del Partido Comunista en el poder, ha conocido una serie de transformaciones que podemos calificar sin lugar a dudas como revolucionarias y que le van a convertir, muy probablemente, en la principal potencia económica desbancando a EE.UU.

Potencial demográfico y urbano:

Demográficamente China contaba a principios de siglo XX con aproximadamente 400 millones de habitantes, pero esas cifras poco a poco fueron superadas hasta alcanzar los 600 millones cuando Mao alcanzó el poder. El líder comunista tenía como programa político estabilizar esa población y para ello implementó una serie de políticas demográficas: viviendas para jóvenes, asistencia médica durante la juventud, fomento del trabajo femenino… En todo caso China sufre el fenómeno de la disfunción natalicia que ha tratado de corregir con la política de hijo único varón. El resultado ha provocado que por cada 100 mujeres, nazcan 115 varones, por lo que la República tiene una amplia población de jóvenes solteros.

La población está desigualmente distribuída en el territorio. Muchos geógrafos han denominado el modelo urbano chino como de “desarrollo ganglionar”, en la medida que existen una serie de núcleos superpoblados (Pekín o Shangai), y ello ha derivado de la necesidad descentralizadora para descongestionar demográficamente las conurbaciones. Con todo, como rasgo distintivo, China tiene una población urbana agrupada en las zonas de costa y un interior (especialmente el oeste), relativamente despoblado puesto que, además, las condiciones del medio son adversas por la aridez. La población de la ciudad se organiza en los conocidos danwei, que son unidades de abastecimiento y consumo y la principal conexión entre el pueblo y el partido. No obstante, las transformaciones productivas, el auge de las migraciones han desarticulado en buena medida estas unidades generando los danwei flotantes.

Hasta la Guerra Civil, China era conocida como un régimen hidráulico que trataba de aprovechar el curso de los ríos (destacamos el Yang-tse y el río Amarillo) para la obtención de recursos económicos especialmente en el campo. También los cursos fluviales se aprovecharon para crear una vasta red de producción hidroeléctrica a través de la construcción de numerosos embalses.

Las transformaciones agrarias:

Con respecto a su economía, podemos distinguir claramente dos sectores de actividad que han experimentado enormes transformaciones.

La transformación más destacada se ha producido en la agricultura, en la que, podemos indicar que, China ha solventado el desafío que suponía abastecer a toda la población utilizando solo una pequeña parte del territorio productivo (una gran parte de China es árida). El principal problema histórico de China es que, los años de buenas cosechas y de progreso en la producción agraria, generaban aumentos de la población que, con el tiempo desembocaban en crisis de subsistencia, de manera que, el país no había encontrado una armonización entre producción y crecimiento. Como propiedad, China ha destacado especialmente en el aprovechamiento de terrazas y aluviales y con Mao, comenzó un proceso de colectivización del campo que, al principio contó con la ayuda soviética pero que luego hubo de sufrir una serie de transformación debido a la escasa productividad de las cosechas obtenidas. El proceso se inició con la formación de brigadas y equipos, que recibían una parte de la producción que entregaban al Estado. Más tarde, con la política del Gran Salto adelante de Mao, se trató de hacer compatible la producción y el principio comunista de la colectivización, obteniendo un salario a partir de las horas trabajadas y la producción. Sin embargo, esta política no dio los resultados esperados. En pocos años Deng Xiaoping, realizó de nuevo una transformación profunda del campo a través de su Política de Responsabilidad. Ello supuso el fin de la colectividad y el inicio de las políticas de arrendamiento. El Estado arrendaba al agricultor un lote de tierra y éste descontando los gastos de la producción y el arrendamiento, obtenía un beneficio. Esta medida hizo incrementar la productividad y ante el éxito, el gobierno chino decidió que los arrendamientos se extendieran en el tiempo, se pasó de 5 a 10 años e incluso 20 o 30, creando así todo un sector agrario. Sin embargo, esta política de Responsabilidad también tuvo algunos inconvenientes como la excesiva parcelación de los lotes (para que se beneficiara a la máxima población posible) imposibilitando la mecanización del campo puesto que muchas parcelas fueron excesivamente pequeñas. También se generaron disputas entre agricultores por los recursos como el agua. En cualquier caso, esta política agraria iniciada por Deng Xiaoping posibilitó el auge de la producción agraria y que la población China pudiera vivir acompasadamente a partir de los recursos que generaba.

En cuanto al tipo de producción podemos distinguir un rasgo general: la dieta china está basada en el arroz y éste cultivo está extendido por todo el país. En cualquier caso, también podemos destacar: un norte y este esencialmente ganadero, donde abunda la producción porcina y bovina. Y un sureste donde es destacable la producción de trigo y sus variantes (mijo y sorgo).

La industria y los cambios empresariales:

La otra gran transformación China se ha producido en la industria. Como punto de partida en este sentido, podemos decir que China es un país con grandes recursos naturales entre los que destaca la producción de minerales como el hierro, el zing o el cobre, así como una fuerte producción de carbón que es utilizado como combustible fósil. La industria China ha conocido un auge reciente, pero en principio Mao trató de aprovechar con éxito dos potencialidades que indudablemente tenía el país: la fuerte mano de obra y la capitalización industrial a través de la ayuda soviética. Así, siguiendo ese modelo China destacó en la industria pesada de base, especialmente la siderúrgica. Sin embargo, la ayuda China duró pocos años tras el conflicto entre Krushev y Mao y también por el cambio de estrategia de Mao en la política del gran Salto adelante que supuso un fracaso puesto que trató de seguir el modelo de capitalización sin contar con el apoyo soviético. Otra industria tradicional destacada en China de gran implantación en el sudeste asiático es la textil. Entre las industrias pesadas de China destacan los astilleros de construcción naval y las destinadas a la fabricación de locomotoras, material rodante, tractores, maquinaria minera, equipos para generar energía y maquinaria para prospecciones y refinado de petróleo.

La industria petroquímica también tiene plantas en la mayor parte de las provincias y regiones autónomas; las mayores se encuentran en Pekín, Shanghai, Lanzhou, Shengli, y Cantón. Sus productos engloban fibras sintéticas, plásticos y productos farmacéuticos. Una característica peculiar de la industria petroquímica china es la presencia muy extendida de pequeñas fábricas de abonos nitrogenados que utilizan una técnica de producción desarrollada en China.

Otras importantes industrias (con su producción a comienzos de la década de 1990) eran cemento (405 millones de t), papel y cartón (20 millones de t), bicicletas (40,9 millones de unidades), máquinas de coser (9,9 millones de unidades), vehículos a motor (1.402.000 unidades) y televisores en color (17 millones de unidades).

Sin embargo, paradójicamente la principal transformación que experimentó China con el comunismo post-maoísta fue la creciente introducción de fórmulas empresariales en las empresas. Así, se obligó a que una parte de los beneficios de las mismas fueran orientadas al aumento efectivo de la producción. Otra medida destacada fue la compra de acciones por parte de los trabajadores en las empresas lo que supuso la erosión del principio comunista. Además, las empresas tenían que destinar una parte de los beneficios al Estado y esto generó que muchas de ellas empezaran a tener problemas de financiación, cosa que se evitó con la Ley de las bancarrotas. Otras medidas recientes, han sido la liberalización de precios, esto es, la creación de un sistema doble de precios públicos y privados y la introducción del despido libre por parte del empresario. Unas medidas que sin duda han dinamizado enormemente la producción industrial China. Recientemente se ha garantizado la autonomía a las empresas de propiedad estatal para determinar —después de alcanzar las metas estatales— cómo manejar la producción, las ventas y los beneficios. China también ha enviado al extranjero numerosos técnicos cualificados y administradores de fábricas para que adquieran experiencia administrativa y se familiaricen con las técnicas modernas. La entrada de tecnología extranjera ha facilitado la aparición de nuevas zonas industriales.

El sistema político fundado por Mao se basó en la aplicación de un comunismo abierto. Mao percibía la ideología como algo flexible y en continua transformación. Por eso hablaba de Revolución permanente. Para él, las diferencias sociales no se basaban en las relaciones de producción, sino en la fuerza política, por ello, había que acabar con la burocracia (especialmente funcionarios) que constituían los sectores acomodados. En realidad esta era una política de eliminación de opositores que intensificó durante la Revolución cultural, en donde miles de personas murieron por motivos políticos. El sistema de Mao consiguió en todo caso establecer un sistema político hegemónico, el comunismo chino, y consolidó un Estado multinacional (actualmente compuesto por 5 regiones autónomas). Con la muerte de Mao, los radicales y moderaron pugnaron por el poder. La Banda de los cuatro (radicales descendientes de Mao) trataron de hacerse con el poder sin éxito, mientras los moderados que, en pocos años encabezará Deng Xiaoping, trataban de proyectar un programa de reformas que propugnaba una serie de transformaciones.

La Segunda Revolución de Xiaoping

El principal protagonista tras Mao de esas transformaciones fue Deng Xiaoping que comprendió pronto que China necesitaba una dinamización de su economía, impulsando su política denominada como Segunda Revolución, cuya política estuvo basada en las cuatro modernizaciones (agraria, industrial, tecnológica y militar), acorde a los deseos de los líderes políticos de convertir a China en una potencia mundial. Así, se produjo claramente una política de apertura llegando a China grandes inversiones de capital de países extranjeros orientada a la industrialización, al desarrollo de los transportes, a cambio, China aportaba una gran masa de potencialidades consumidores, que de hecho, toman cada vez más relevancia para los países europeos y para EE.UU. En este sentido, resultan muy destacables los beneficios que en estos países reporta el turismo Chino. Además, China se ha convertido también en el banquero de muchos países, financiando una gran parte de la deuda que estos países tienen. De manera que la clave del éxito Chino de los últimos años ha residido en la transformación de su sistema económico, la política de inversiones que trajo la apertura y el auge del comercio y la industria. En este sentido, una última medida implementada por Deng Xiaoping ha sido la creación de lo que se denominan Zonas Económicas Especiales, que suponen la instalación de capital extranjero en poblaciones creadas a tal efecto y que tienen la finalidad de industrializar y dinamizar el comercio de zonas costeras y atraer el consumo de muchos chinos que viven fuera del país. La más destacada ZEE es Shenzen, donde se ha pasado de una ciudad arrocera a una moderna metrópoli industrial conectada con el comercio, la inversión y la investigación y el desarrollo.

Balance:

Pese a las pronunciadas sombras en su desarrollo, como inestabilidad del sector bancario, fuerte desigualdad económica, contaminación o incumplimiento de derechos humanos, el milagro económico y social chino no tiene precedentes. A principios de los 90 China comenzó su carrera para convertirse en la llamada “fábrica del mundo”, una potencia manufacturera de bajo coste y escaso valor añadido. Y lo consiguió. Sin embargo, ese modelo de crecimiento ha puesto las bases de una nueva transformación: casi dos décadas después, China está atravesando otra revolución similar a la de los 60 y 70: la transición de gigante industrial a tecnológico e intensivo en conocimiento. Una transición lenta e incierta que ya empieza a dar sus frutos y a la que empresas y directivos tecnológicos en Occidente no pueden permanecer indiferentes. En mercados plenamente globales, el futuro éxito de sus compañías dependerá de cómo aprovechen las oportunidades procedentes de China y otros focos de crecimiento.

Aunque China esté bastante atrasada en el Índice de Desarrollo Mundial, no sea un régimen democrático que asegure los derechos humanos y carezca de los modernos sistemas de bienestar desarrollados en Europa, el país, por su desarrollo tecnológico, industrial y financiero, es una potencia mundial de primer orden y, además, una potencia que cuenta con un gran capital demográfico que constituirá en los próximos años un cambio en la hegemonía política mundial.

China: Claves de una potencia en continua transformación
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