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domingo 22/5/22

Banderas negras sobre Bagdad

Por Eugenio Hernández | Las banderas de ISIS ondean a pocos kilómetros de Bagdad. Como las negras velas que Teseo olvidara arriar a su vuelta de Creta, son augurio de malas nuevas.

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Foto: Europapress

@ebarcala | Las banderas de ISIS (los yihadistas de Estado Islámico de Irak y Siria o Levante) ondean a pocos kilómetros de Bagdad. Como las negras velas que Teseo olvidara arriar a su vuelta de Creta, son augurio de malas nuevas. Anuncian la misma destrucción que han causado ya a su paso por Faluya o Mosul. Ejecuciones sumarias e implantación de la ley islámica en unas tierras que pretenden convertir en califato y que hace poco más de una década eran parte de un estado oficialmente laico.

Claro que eso fue antes de que Bush padre desatara la “Tormenta del desierto”, para llenar los cielos de aquellas estelas de fuego verde que las cámaras de visión nocturna retransmitieron desde las azoteas de los hoteles; antes de que Saddam Hussein, el cachorro entrenado para guardarnos del emergente Irán de los ayatolás se convirtiera en el enemigo público número uno. Antes, en fin, de que el oro negro de Kuwait regresara a los bolsillos de los mismos países que trazaron a cartabón, tinta sobre la arena, divisiones administrativas como lindes de enormes fincas privadas.

Como en las sagas de Hollywood, el “Trío de las Azores” estrenó en las mejores salas un remake de aquella “madre de todas las batallas”. Sus protagonistas que, como ocurre con los mosqueteros, eran en realidad cuatro (Bush, Blair, Aznar y Barroso), usaron todos los efectos especiales al alcance en esta superproducción, haciendo pasar por reales sus espejismos de destrucción masiva. “Mission accomplished”, anunció Bush. “Global war on terror is over”, apostilló Obama años después. “No comment”, como decía J.B. Toshack en sus tiempos en el Real Madrid.

Estados fallidos

Desde entonces, Irak escala puestos sin descanso en el ranking de candidatos a Estado fallido. No ofrece servicios básicos, no demuestra poder en la periferia ni cuenta con capacidad de imponer la ley, como casi a diario recuerda el estruendo de los coches bomba en su capital, sumando daños colaterales a una cifra de víctimas que ronda las 188.000 desde 2003 según Iraq Body Count.

ISIS ha encontrado allí el ecosistema perfecto para medrar y reproducirse. La rebelión contra Bashar Al-Asad en Siria les ha permitido asentarse en la zona, suplantando y desbordando incluso a la propia Al Qaeda, y nutriendo sus filas de voluntarios venidos del exterior. De los quizá 5.000 combatientes con los que cuenta, un significativo porcentaje exhibe pasaportes británicos, franceses o alemanes. Con ellos podrán desplazarse libremente por el mundo cuando su entrenamiento bélico termine, para espanto de los servicios de inteligencia europeos.

Una nueva amenaza

No hace muchos días, recorrían pistas y aldeas sin valor estratégico, montados en pick-ups y pertrechados de coranes y armas ligeras. Tras los recientes éxitos militares, cuentan ahora con vehículos blindados adaptados al desierto, armas pesadas y hasta helicópteros capturados en la desbandada de unas pretendidas fuerzas armadas iraquíes que no llegan a policía de tráfico y que han precisado de la ayuda iraní para recuperar Trikit. En los bolsillos tienen el dinero de los bancos asaltados en su avance (se calcula que más de 420 millones de dólares). Y, por si fuera poco, controlan el petróleo y las refinerías de los campos del centro y el norte del país.

ISIS suma a sus filas a la minoría suní, a los expulsados del gobierno tras las guerras del Golfo y a los restos del baazismo, hambrientos todos ellos de venganza, y opera en un territorio rodeado de potencias regionales ávidas de repartirse los despojos. Al norte, Turquía, que no renuncia a un papel destacado en los acontecimientos. En el este, la franja que los kurdos intentan transformar en nación, un cordón sanitario con Irán a sus espaldas. En el sur, la mayoría chií de Irak más Arabia Saudí, muñidora de buena parte de los conflictos desatados. Y al Oeste, Damasco y los bastiones del régimen sirio, las también presentes células de ISIS en Líbano, un Israel en alerta y Jordania, cuya frontera oriental en forma de embudo se ha convertido en sumidero de refugiados. Una riada de víctimas (seis millones y medio de desplazados desde que comenzó la guerra en Siria, según OXFAM) de un cambiante y cruel juego de tronos con responsabilidades compartidas y al que nos somos ajenos.

Porque la política de caos dudosamente controlado no es nueva: Afganistán, Somalia, Egipto, Libia… Y levantar tormentas de arena, pertrechar a talibanes, títeres autoritarios, señores de la guerra o fanáticos religiosos apoyando y abandonando a unas facciones u otras en función de cómo sople el viento ha sido práctica habitual de las potencias occidentales. Puede que hasta secretamente interesadas en la triste pero rentable perspectiva de agitar las enseñas de ISIS como evidencia de una nueva amenaza global. Negras banderas para justificar “doctrinas del shock”, abrir telediarios y polarizar campaña electorales.

Banderas negras sobre Bagdad
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