sábado 4/12/21

Durante más de cuarenta años, España sufrió una de las más largas y terroríficas dictaduras de Europa. El triunfo de los cavernícolas sólo fue posible gracias al apoyo que obtuvieron de la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y la Gran Bretaña de Chamberlain y Churchill. Después, si se mantuvo durante tanto tiempo, si se dejó en el poder a uno de los gobernantes más sanguinarios de la historia, sólo fue por decisión tajante de Gran Bretaña y Estados Unidos. No sé si cuando Europa comenzó a caminar un poco más deprisa hacia cierta unidad, hubo algún sentimiento de culpa en determinados dirigentes europeos como Helmut Kohl o François Mitterand, por supuesto, estoy seguro que eso no pasó jamás por la cabeza de los dirigentes del Reino Unido ni de Estados Unidos, pues ellos siempre han estado marcados por la célebre frase de Henry John Temple, más conocido por Lord Palmerston, tercer vizconde de Palmerston: “Inglaterra no tiene ni amigos ni enemigos permanentes, sólo tiene intereses permanentes”, frase tan cínica como real y que tendría que haber bastado para excluir a ese país de la comunidad de naciones civilizadas.

Fuera como fuese, el caso es que tras la entrada de España en la Comunidad Europea en 1986, Alemania y Francia mostraron una magnífica disposición para que España se integrase dentro de un proyecto que por aquellos años quería superar el mero mercantilismo en el que hasta entonces se había fundado. Mitterand, Kohl y González –en absoluto santos de mi devoción, con todos los defectos que se les quiera achacar- pusieron en marcha otro modo de hacer Europa que consistía en invertir en los países menos desarrollados para que en el medio plazo pudiesen ser clientes potenciales. Se trataba, de extender un cierto modelo de “bienestar” a toda la Comunidad europea para evitar que hubiese países extremadamente ricos y otros muy pobres. Y en cierto modo se consiguió, el cambio a que asistió España entre 1986 y 1996 no tiene precedentes en nuestra historia: En 10 años pasamos de circular por caminos de bestias a tener una magnífica red de autovías, se construyeron más universidades que en todo nuestro pasado, se restauraron la totalidad de los teatros del país, se declaró universal la Sanidad y las pensiones y, por no seguir, se rebajo la jornada laboral a cuarenta horas semanales, siguiendo la pauta que en Francia marcaba Mitterand. No hubo tacañería ni cicatería, aquellos hombres pensaban que había una forma de hacer Europa que nada tenía que ver con el modo de vida americano, y presumían de ella. Se hablaba, por entonces, de extender los valores de la vieja Europa. Pero todo quebró.

En 1996 España llevó al poder a uno de los tipos más paletos que hayan gobernado país alguno en centurias, un verdadero iletrado orgulloso de serlo, un hijo de la dictadura, un patán como la copa de un pino. Como todo patán, hablaba de la patria y del patriotismo ese que es el último refugio de los canallas, y con sus colegas montó una feria de rufianes dispuestos a hacerse ricos en tres cuartos de hora aunque fuese a costa de destruir todo el tejido productivo del país. No estaba sólo, en Europa, la vieja Europa comenzaron a surgir otros rufianes como Berlusconi, Jörg Haider, Geert Wilders o los hermanos Kaczyński, pero sobre todo aparecieron dos furibundos antieuropeístas, Nicolas Sarkozy y Ángela Merkel. Es difícil explicar cómo se llegó a esa transformación palurda de Europa, como un continente, que ha matado mucho, que ha destrozado continentes enteros, pero que también creó la democracia y las ideas más hermosas de la Humanidad, pudo caer en manos de semejantes personajes. Algunos dicen que fue por el aburguesamiento de los trabajadores, otros por el individualismo inoculado en la ciudadanía a martillazos desde los medios de comunicación convencionales, otros porque el populismo y sus banderas nacionalistas, xenófobas y racistas se fueron colando en las entrañas de una población descreída, decepcionada y cada vez más inculta. El hecho es que ocurrió, y que hoy Europa es una sombra del proyecto que alguna vez soñaron Aristide Briand, Clemenceau, Pacciardi, Natoli o Esplá.

Pero hay, según mi torpe entender, otra pieza fundamental en la suicida marcha hacia atrás que ha emprendido Europa de la mano de Ángela Merkel, le petit Sarkozy –un tipo que no sirve absolutamente para nada-, y los movimientos populistas de extrema derecha que invaden y amenazan gravemente nuestro futuro: La globalización y la deslocalización industrial ha hecho que buena parte de la producción mundial de todo tipo de cosas se haya trasladado a Oriente, dónde no existen derechos laborales, económicos ni políticos, pero sí un inmenso ejército de mano de obra tan barata como resignada. Por su parte, Estados Unidos hace mucho tiempo que eliminó también casi todos esos derechos, y está en el camino de cercenar también los políticos, si es que se pueden llamar derechos políticos a esos comicios que celebran cada 4 años entre dos primos hermanos. En ese contexto, Alemania, tras superar con el apoyo del resto de Europa, su proceso de unificación decidió que ella iba a ser la única potencia económica de Europa –dejando un cachito a Francia si se portaba bien- para lo cual era imprescindible empobrecer al resto de la Unión, es más tirar el proyecto de la Unión Política por la ventana y quemarlo en la plaza pública. Una Europa empobrecida, le daría mano de obra barata y cualificada, con lo cual podría competir por unos años con China, la India y Estados Unidos que, aunque en crisis sigue teniendo la máquina de hacer billetes. ¿Perdería clientes en la vieja Europa? Por supuesto, pero en la cabeza estúpida de Ángela Merkel y asesores –con la mayor parte de su banca intervenida porque también se dedicaron a especular- apareció el sueño chino: Europa ya no será nuestro mercado preferencial, ahora será ese diez por ciento de chinos e hindús que tienen o tendrán algún poder adquisitivo en breve.

Al permitir la libre circulación de capitales sin control de ningún organismo oficial, al traspasar a las agencias privadas la calificación de la salud de las economías, al enfrentar a unos países de Europa con otros, al negarse a convertir al Banco Central Europeo en algo parecido a la Reserva Federal yanqui, al oponerse tajantemente a crear los eurobonos cuando ella y sus asesores saben que la deuda de España, Italia, Francia o la misma Alemania es deuda de todos, Ángela Merkel está destruyendo Europa, está condenando a la miseria durante décadas a millones de europeos premeditadamente, siguiendo un plan perfectamente urdido tras los primeros días de la crisis. Nos engañan una y otra vez diciendo que Alemania, que tiene una deuda mucho mayor que la española, no paga nada por financiarse, pero hay mentiras que no hay quien se las crea, nadie deja su dinero a nadie por el cero por ciento, eso es de imbéciles. Alemania se financia actualmente a base de jugar con la deuda de otros países, entre otros el nuestro. Es una política suicida, y lo saben, pero piensan –como lo hicieron dos veces durante el siglo pasado- que de esta crisis saldrá la indiscutible primacía germánica sobre Europa, desde luego de una Europa absolutamente arruinada y en caída libre y sin frenos hacia el feudalismo, una Europa pobre, deprimida, xenófoba dividida en cientos de “condados” en los que sólo las clases dirigentes, con sus respectivas guardias pretorianas bien pertrechadas y sus cuartos a buen recaudo, tendrán derechos.

El error no puede ser más grave. Pueden seguir contando cuantas mentiras quieran, pueden seguir jugando con las deudas de los países, pueden seguir enviando a millones de personas al paro sin hacer ningún plan riguroso por el empleo, pueden seguir matándonos poco a poco, pero también pueden estar seguros –Señora Merkel- de que la caída de España, traerá después la de Italia, más tarde la de Francia y, después, inevitablemente, la de ustedes. Así que sí, ustedes serán los dueños de Europa, de una Europa en ruinas como la que dejaron en 1945. Empero, se lo vamos a impedir de nuevo, cueste lo que cueste porque ahora mismo, parafraseando la célebre frase de Miguel de Unamuno, tienen la razón de la fuerza, pero no la fuerza de la razón: Van contra ella.


Angela Merkel o la destrucción de Europa
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