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sábado. 13.08.2022

Lo mejor de las decisiones adoptadas con motivo de la Cumbre de la UE de principios de diciembre tiene que ver con el momento: ha evitado un fracaso que habría provocado el hundimiento de la confianza en Europa y facilitado el asalto masivo que, sin duda, los especuladores financieros tenían preparado contra la deuda y las bolsas de los países miembros (lo que no implica que abandonen su guerrilla cotidiana).

Pero no nos engañemos: tales decisiones no nos han alejado totalmente de las turbulencias, que seguirán estando muy cerca de nosotros mientras se aplica lo decidido, para lo que pasarán meses entre su adopción formal antes de marzo y su ratificación posterior por parte de los países firmantes del nuevo acuerdo internacional.

Las turbulencias persistirán y se recrudecerán mientras no se tomen dos decisiones absolutamente imprescindibles: que el Banco Central Europeo cumpla su función constitucional –que no es solo el mantenimiento de los precios, como algunos interpretan de forma reduccionista- comprando deuda pública en cantidades macro y que se emitan eurobonos, tanto para la protección mutua frente a los asaltos de los especuladores como para la apertura de fuentes de financiación de políticas comunitarias activas de crecimiento sostenible y empleo.

Para esas dos últimas actuaciones no hace falta cambiar los Tratados en vigor, sino tener voluntad política. Una voluntad que debe exigírsele a Alemania en justo intercambio con la aceptación de los acuerdos sobre disciplina presupuestaria de Bruselas: Berlín no puede seguir financiándose a costa de los demás cuando estos han dado su sí a la senda abierta en torno a la Cumbre.

Junto a las dos actuaciones señaladas, hacen falta otra de carácter urgentísimo: prohibir en todos los casos y de forma indefinida las operaciones bajistas y en descubierto en los mercados de deuda y las bolsas. Y esto también puede hacerse sin modificar ningún Tratado.

Que nadie se engañe: la Europa a 26 que ha salido de Bruselas no tendrá solo con lo acordado un auténtico gobierno económico, sino una parte del mismo, la referida al control colegiado de los desequilibrios presupuestarios. Pero faltará la otra mitad, la más importante: un Tesoro común, armonización fiscal, Europa social. Los gobiernos de los países más afectados por la crisis de la deuda deberían ser los primeros en exigir la apertura de este segundo capítulo para no caminar a la pata coja y, finalmente, caernos y rompernos la crisma.

Sin crecimiento y empleo no habrá recursos suficientes para afrontar la crisis. Por eso hacen falta planes europeos que complementen los nacionales en ese sentido. A tal fin, los citados eurobonos y la Tasa Tobin son, sencillamente, imprescindibles.

Dos cosas más.

Una, lo acordado en Bruselas no implica que para llegar al equilibrio presupuestario haya un único camino. Podrá hacerse recortando el gasto o aumentando el ingreso.

Otra, las izquierdas, empezando por los socialistas, deben defender que esa segunda vía sea la utilizada, mejorando y aumentando la imposición progresiva sobre las rentas y los capitales para conseguir los recursos suficientes sin tocar ni un ápice más el estado del bienestar, alejarnos de la deuda como fuente de recaudación y, no menos importante, hacer justicia redistributiva, la clave de bóveda de la economía social de mercado que nos hemos dado.

Que Londres se haya quedado fuera del acuerdo es una mala noticia, sobre todo para el Reino Unido. Pero lo cierto es que con los británicos euroescépticos la espada de Damocles sobre cualquier paso adelante estaba siempre pendiendo. Ahora, no.

Sea como sea, la UE ha demostrado que puede seguir avanzando. Lo que hay que evitar es que se quede solo ahí, sin más gobierno económico en lo referido a la inversión, el ingreso, el crecimiento, el empleo y lo social, porque, si así fuera, estaríamos hablando de pan para hoy y hambre para mañana o, sin darle más vueltas, de la catástrofe, no solo nuestra, sino global. Bien lo sabe Obama a un año de sus presidenciales.

Acuerdos de Bruselas: falta la otra mitad
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