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NUEVATRIBUNA.ES / 11.01.2010

Son senegaleses, mauritanos, guineanos, procedentes de Togo. Hace más de quince años que los subsaharianos vagan por Italia a la espera del cultivo que ofrece cada una de las estaciones. Después de Navidad toca la naranja, la mandarina, la clementina. Rosarno les espera cada año. Alrededor de 3.000 inmigrantes llegan a la localidad calabresa en la que habitan 15.000 italianos.

Los ‘sin papeles’ se agrupan en el centro de la ciudad con la esperanza de poder trabajar en la recolección. Los más fuertes y corpulentos serán los elegidos. Siempre son hombres. Solteros. No mayores de 26 años. Por doce o catorce horas de trabajo consiguen 25 euros, que se quedarán en 15, ya que el resto se lo deben dar a los campesinos que les eligieron y que les trasladaron al lugar de trabajo.

Viven en fábricas abandonadas. Duermen en el suelo. Apenas les dan comida para reponer fuerzas y su media de sueño es de cuatro horas. Ellos ya conocen sus condiciones. Sin contrato, sin dignidad y sobreexplotados. Aún así vuelven como un reloj a Rosarno.

Este año la cosecha no fue como se esperaba. Dos jóvenes italianos se ‘divirtieron’ disparando a subsaharianos en el centro del pueblo. El incidente provocó la rebelión de sus compañeros. Por primera vez los ‘ilegales’, esas 3.000 personas sin nombre, olvidadas, se atrevieron a pedir respeto. Los incidentes ya son más que conocidos. Una cincuentena de heridos. El pueblo calabrés salió con escopetas a decirles quién mandaba. El resultado ha sido el esperado: un éxodo de inmigrantes forzado por las autoridades italianas y una huída por motu propio ante un racismo asesino, que varios diarios italianos como La Repubblica han calificado como el nuevo Ku Klux Klan del sur de Italia.

“Veníamos en busca del paraíso y hemos encontrado el infierno”, le confesaba un inmigrante a un periodista de La Repubblica. “Vivo en el miedo, en el miedo de que mi familia sepa en qué condiciones estoy en Europa”, decía otra de las víctimas de Rosarno.

Durante los últimos cuatro días los medios italianos han hecho hincapié en el racismo de la sociedad calabresa. El ministro de Interior italiano, Roberto Maroni, daba forma a las acusaciones de los diarios italianos con declaraciones del tipo: “Había demasiada tolerancia en Rosarno”, justificando la barbarie que se ha vivido en las últimas horas. La solución del titular de Interior ha sido la esperada: expulsión de lo ‘sin papeles’. Pero la oposición del país transalpino no ha tardado en oponerse: “Necesitamos nuevas leyes de extranjería. No podemos ser hipócritas y debemos legalizar a los clandestinos que trabajan todas los años en nuestras cosechas”, decía el líder del PD, Pier Luigi Bersani.

LA MAFIA: EL DETONANTE DE LA BARBARIE

Tras las duras críticas de los medios del país, el pueblo calabrés quiere quitarse el estigma de racista. La tarde del lunes, los habitantes de Rosarno se manifestarán para demostrar que no odian a los negros que se pasean por sus calles. El mal ya está hecho. La violencia ha sido más que visible. Ahora la policía italiana se ‘rompe la cabeza’ por buscar las causas.

Las últimas teorías señalan a la mafia del lugar: la ‘ndrangheta. Hace cuarenta años que el crimen organizado domina la región calabresa. “Allí donde hay dinero está la ‘ndrangheta”, denunciaban fuentes policiales italianas. Las fincas y haciendas de cultivo llevan el nombre de la mafia. Son las propias redes mafiosas las que contratan a los inmigrantes y las que les ofrecen fábricas en ruinas para dormir a la intemperie.

El jefe de los Carabinieri denunciaba la rumorología que se desató en medio de la trifulca. Los calabreses decían que durante la manifestación que hicieron los inmigrantes, una italiana embarazada había perdido a su hijo: “Esa mentira hizo mucho daño y desató la ira de los ciudadanos de Rosarno que después salieron con armas a la caza del negro”, decía el jefe de los Carabinieri, quien afirmó al diario La Repubblica que esa rumorología había sido creada por la mafia.

Las autoridades italianas también señalan cómo la oleada de violencia se produjo el mismo día en que los ministros Roberto Maroni y Angelino Alfano, anunciaban en Regio Calabria, las nuevas medidas contra la 'ndrangheta. “Promover esta violencia es su forma de decirno quiénes son los que mandan”, contaba uno de los investigadores al diario La Stampa.

Mientras el ministro de Interior acusa a los inmigrantes de la brutal violencia, la Iglesia ha dejado clara su postura, señalando a la mafia de la zona como la única culpable de lo acontecido. Monseñor Pino Demasí, declaraba este lunes en la Radio Vaticano que “el problema de la inmigración en Calabria está totalmente vinculado a la liberación de la opresión que ejerce la mafia sobre los ‘sin papeles’”. El sacerdote ha recordado que a Calabria “no llega el Estado, porque las administraciones locales están unidas a la 'ndrangheta”.

Según Pino Damasí, el gesto de los jóvenes calabreses que dispararon a un grupo de inmigrantes (el incidente que desató la trifulca posterior) “no fue un gesto de jovencitos enfadados, sino un acción de castigo planeada por la 'ndrangheta, que pretendía decir ‘existo y hago lo que quiero con vosotros’”, declaró el monseñor en Radio Vaticano, quien propuso como solución crear una nueva legislación que legalice a los 3.000 inmigrantes que trabajan todos los años en los campos italianos, para que su vida no dependa de la mafia. Sin embargo el Gobierno no está por la labor. Más bien echa leña al fuego y acusa a los inmigrantes todos los males que padece Italia.

En los últimos años el país transalpino se lleva la palma en noticias sobre racismo y acoso a los ‘sin papeles’. Las acciones y las leyes del Gobierno sólo incitan al odio y al rencor contra los extranjeros. Los titulares de los medios tampoco ayudan a calmar los ánimos. Y mientras ¿Qué opinan los italianos? ¿Son manipulados por los mass media, por determinados políticos, o realemente la xenofobia se ha instalado en sus vidas?

¿Xenofobia italiana o mafia calabresa?