jueves 04.06.2020
CAMBIO CLIMáTICO

Luchar contra el cambio climático y contra la pobreza

Por Daniel Gil Pérez | La existencia de un cambio climático fruto de la actividad humana concita hoy el consenso absoluto de toda la comunidad científica.

Luchar contra el cambio climático y contra la pobreza

No se pueden contraponer dos objetivos tan esenciales como combatir el cambio climático y acabar con la pobreza y las desigualdades extremas

El 20 de enero de 2015 Nuevatribuna publicó un artículo titulado “Cambio climático o la pobreza en el mundo” del que hay que destacar y valorar positivamente su rechazo de la existencia de “dos mundos paralelos y opuestos, donde conviven el despilfarro y la más absoluta de las miserias”. Este justo rechazo de la desigualdad lleva a la autora del artículo a plantearse “si el argumento del calentamiento global no es una estrategia para limitar e impedir el desarrollo de los países más desfavorecidos” y a temer “que podamos estar ante la presencia de una manipulación a escala mundial”. El artículo concluye afirmando taxativamente queuna gran parte de la sociedad, personas de buena fe, pero sin conocimientos para analizar con profundidad todo este fenómeno, se dejan manejar por estos ‘Científicos`, cuya utopía puede resultar terrible para la humanidad, sobre todo, los más pobres que se verán privados de superar las fases económicas propias para llegar al desarrollo económico y social”.

Debemos tranquilizar a quienes, como la autora de dicho artículo, dudan, desde posturas solidarias, de la realidad del actual cambio climático provocado por la actividad humana… y temen que luchar contra el mismo suponga impedir a “los más pobres” salir del pozo del subdesarrollo.

En primer lugar, la existencia de un cambio climático fruto de la actividad humana, no es solo defendida por algunos ‘Científicos’, sino que concita hoy el consenso absoluto de toda la comunidad científica, en base a los resultados concordantes de miles de investigaciones, aunque tropieza con un negacionismo al servicio, en general, de los intereses particulares y a corto plazo de grandes empresas petrolíferas. Podemos referirnos, a este respecto, al estudio dirigido por la investigadora Naomi Oreskes y publicado con el título “The Scientific Consensus on Climate Change” (de libre acceso en Internet): tras analizar cerca de un millar de artículos científicos, publicados en revistas dotadas de rigurosos sistemas de evaluación, el equipo de Oreskes constató que ni uno solo de dichos trabajos ponía en duda la realidad y gravedad del actual cambio climático, ni su origen, asociado, entre otros, a la quema de combustibles fósiles. Sin embargo, más del 50% de los artículos publicados en la prensa diaria durante el mismo periodo expresaban dudas acerca del cambio climático. Se ha mantenido así viva la controversia en el seno de la sociedad, mediante la difusión de la duda y la confusión, pese a que ya existía un consenso científico bien fundamentado. En ocasiones las publicaciones se justifican afirmando que están obligadas a publicar artículos de distintas sensibilidades y mostrar así la diversidad de planteamientos existentes. No se trata, por supuesto de practicar la censura “en nombre de la verdad establecida”; pero, ¿tiene realmente sentido poner al mismo nivel informativo una opinión particular y un informe fundamentado del IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático), fruto del trabajo de miles de científicos? ¿Acaso se publicaría hoy un artículo favorable a, por ejemplo, la “superioridad de la raza blanca” dando por buena, sin más, la validez científica de dicha tesis?

Conflictos similares entre consenso científico y opiniones se han dado anteriormente con problemas como la lluvia ácida o el llamado “agujero de la capa de ozono”, inicialmente negados en defensa (muy a menudo pagada) de las industrias causantes de los mismos. Se habla en estos casos de Agnotología, entendida como producción deliberada de ignorancia con el propósito de bloquear o retrasar la introducción de medidas ambientales y sanitarias favorables para el conjunto de la sociedad, pero que perjudican a intereses particulares. Esa es la situación hoy respecto al cambio climático, lo que explica que gente de buena fe mantenga dudas como las expuestas en el artículo mencionado; y explica, sobre todo, que no se hayan adoptado ya las medidas necesarias y todavía posibles para combatirlo (pese a que el tiempo disponible para hacerlo se acorta aceleradamente).

Como se señala en la publicación del CSIC “Cambio Global. Impacto de la actividad humana sobre el sistema Tierra” (de acceso libre en Internet), el calentamiento global “es una realidad en la que estamos ya plenamente inmersos (…) su consideración como especulación o como proceso futuro aún por llegar solo puede retrasar la adopción de medidas de adaptación y mitigación y, con ello, agravar los impactos de este importante problema”. Un problema que amenaza, si no es urgentemente atajado, con un gravísimo colapso civilizatorio, que afectaría al conjunto de la humanidad, pero cuyas primeras víctimas serían –han empezado ya a ser- las poblaciones más pobres de la Tierra, que son las más afectadas por el incremento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos atmosféricos extremos, por la desaparición de nieves “perpetuas” (principal recurso hídrico de miles de millones de seres humanos) o por la degradación generalizada de los ecosistemas terrestres y marítimos.

Luchar contra el cambio climático es una necesidad urgente para la supervivencia de nuestra especie; y si bien la adopción de las medidas de mitigación y adaptación tiene un indudable coste, estudios bien fundamentados han mostrado que si no se actúa con celeridad se provocará una grave recesión económica mucho más costosa. Lo que no tiene sentido es olvidar quienes tenemos mayor responsabilidad en esta situación. La Primera Conferencia Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra (Cochabamba, Bolivia, 2010) desarrolla en su declaración final, “Acuerdo de los Pueblos”, accesible en Internet, el concepto de “Deuda climática”, como componente de la deuda ecológica contraída por los países desarrollados con el conjunto de la humanidad: “La deuda climática es una obligación de resarcimiento que se genera a partir del daño causado a la Madre Tierra por la emisión irracional de gases de efecto invernadero. Los principales responsables de estas emisiones irracionales son los países llamados ‘desarrollados’ donde habita el 20% de la población mundial, y quiénes emitieron el 75% de las emisiones históricas de gases de efecto invernadero”. Un acuerdo justo de reducción de gases de efecto invernadero habrá de tener en cuenta esta deuda climática.

Debemos insistir, para terminar, en que no se pueden contraponer dos objetivos tan esenciales como combatir el cambio climático y acabar con la pobreza y las desigualdades extremas. En realidad, los distintos problemas que caracterizan la actual situación de emergencia planetaria están estrechamente vinculados entre sí y se potencian mutuamente, por lo que ninguno de ellos puede resolverse sin tener en cuenta los demás. Es preciso y posible luchar a la vez contra el cambio climático,  contra la pobreza… y contra el resto de graves problemas a los que la humanidad ha de hacer frente hoy: agotamiento de recursos esenciales, contaminación y degradación de todos los ecosistemas, pérdida de biodiversidad y diversidad cultural, urbanización desordenada con abandono del mundo rural, etc.

Es preciso y posible, en definitiva, combatir un sistema socioeconómico guiado por la búsqueda del máximo beneficio particular a corto plazo, que apuesta por el crecimiento económico indefinido en un planeta finito, sin atender a sus consecuencias ambientales y sociales. Es preciso y posible promover la transición a sociedades sostenibles y solidarias.

Luchar contra el cambio climático y contra la pobreza