TRIBUNA GEOPOLÍTICA

Un dios salvaje II

Imagen tomada de un artículo de El País (8/Oct/2023)
La elección entre “palestinos o israelíes” es mucho más que una toma de partido en una disputa lejana: es la escenificación de una trampa moral.

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 

Prólogo

La primera parte de este texto exploraba, a través de la obra teatral Un dios salvaje de Yasmina Reza, cómo los conflictos más triviales se transforman en campos de batalla morales cuando el orgullo y la necesidad de preservar nuestra (alta) mirada ética se imponen a la compasión. Dos niños, un palo y unos dientes rotos bastan para que sus padres, en apariencia civilizados, se enfrenten con la fiereza de enemigos históricos. El lenguaje, lejos de unir, se convierte en arma; el salón elegante, en una trinchera. Esta escena doméstica sirve como poderosa alegoría de los grandes conflictos globales, donde cada bando defiende su relato y su supuesta superioridad moral. A partir de aquí, la segunda parte lleva esta reflexión más allá: ¿qué ocurre cuando esas trincheras no solo se excavan, sino que se refuerzan con historia, con miedo, con odio? ¿Qué papel juega el relato en la perpetuación del conflicto? Allí comienza otro tipo de guerra.

  1. Fortificar las trincheras (o el mito de la Historia)
  2. Dos miedos, un odio
  3. Necesitamos contarnos historias

Fortificar las trincheras (o el mito de la Historia)

La elección entre “palestinos o israelíes” es mucho más que una toma de partido en una disputa lejana: es la escenificación de una trampa moral, la reducción de la complejidad humana a un dilema binario que nos obliga a elegir bando y, en ese gesto, nos roba la empatía y la compasión universal.

La mujer palestina de la imagen que encabeza este artículo, grabada por unos reporteros de televisión, será, tal vez, una de las pocas voces templadas que hayamos escuchado hasta hoy

Es la pregunta que convierte el dolor en propiedad privada y la historia en arma arrojadiza. En la obra de Yasmina Reza esta lógica se representa en el salón donde dos familias, tras la pelea de sus hijos, empiezan buscando la civilidad y terminan atrincherados en la defensa de sus relatos, incapaces de ver más allá de su propio dolor.

«ANNETTE: Nos hemos equivocado al no considerar el origen del problema.

VERONIQUE: No hay ningún origen. Lo que hay es un crío de once años que pega a los demás. Con un palo.

ALAIN: Armado de un palo.

MICHEL: Hemos retirado esa palabra.»(ibidem)

La discusión sobre el “origen” del conflicto es el debate sobre el mito. Annette busca causas, justificaciones, una genealogía del agravio. Veronique, en cambio, niega la raíz y señala el hecho desnudo: un niño pega a otro. Pero la palabra “armado” se convierte en trinchera semántica. “Hemos retirado esa palabra”, dice Michel, como si la historia pudiera reescribirse a voluntad, como si el lenguaje pudiera neutralizar la violencia del acto.

«ANNETTE: Ferdinand se ha sentido insultado y ha reaccionado. Si alguien me ataca, yo me defiendo, y más si tengo que enfrentarme sola contra una banda.»(ibidem)

La historia, así, se convierte en un relato de agravios y autodefensa, en una cadena de causas y consecuencias que cada parte utiliza para justificar su posición. El conflicto, de cuyo real inicio nadie sabe a ciencia cierta nada, se transforma en un campo de batalla donde cada adulto defiende el honor propio y el de su familia (su tribu, su ideología), elevando el incidente (cualquiera: aquél que interese) a categoría de mito fundacional.

«VERONIQUE: Ahora resulta que Bruno es un pequeño monstruo, el pobre. Esto es el colmo.»(ibidem)

El problema, como expone Reza con lucidez, es que cuando usamos la historia como fuente de derecho, decidir qué momento de la historia es relevante, qué relato se impone, nunca es inocente. Hoy seguimos encadenados a los “derechos históricos” como si la historia fuera un archivo inamovible y no -al margen, y no siempre, del entorno académico- una sucesión de relatos útiles para quien detenta el poder. ¿Qué parte de nuestra historia elegimos glorificar y cuál escondemos? ¿Qué parte de la historia del otro elegimos para juzgarle y cuál enterramos?

Cada relato oficial, cada contrarelato, esconde fantasmas; entenderlo es el primer paso para desactivar la bomba semántica que sostiene el conflicto.

En Un dios salvaje, la diplomacia en “una atmósfera seria, cordial y tolerante” entre padres termina siendo una guerra de trincheras, donde lo importante no es encontrar la verdad ni reparar el daño y aún menos posibilitar un futuro de paz para sus hijos, sino defender la propia versión de los hechos, fortificar el relato, blindar la identidad.

Así ocurre también en los grandes conflictos: la historia se convierte en una “idealización romántica” que justifica la barbarie y nos aboca, una y otra vez, al abismo.

Tirar de la historia para legitimar las trincheras del presente es un juego peligroso. Ni los “derechos históricos” ni las “razones” de unos u otros justifican la perpetuación del conflicto, los crímenes que en su nombre -en el nombre de la sangre vertida: combustible maligno de todacausa que se precie decía Sánchez Ferlosio- se hacen.

Fortificar las trincheras con relatos míticos es renunciar al entendimiento y condenarnos a repetir, generación tras generación, la misma escena de violencia y desencuentro.

Dos miedos, un odio

"Por fin un último elemento: si reúnes dos factores de miedo, creas una reacción de odio." (Cuatro manosPaco Ignacio Taibo II, ed. Planeta, 2012 [1])

En Cuatro manos, premio Dashiell Hammett 1991, Alex, jefe del "shit department" de la CIA, ilumina sagazmente nuestro mundo desde Gaza a Kiev, desde Hungría a Washington, sin olvidar nuestra piel de toro: el miedo genera odio. El odio de las trincheras.

Aticemos el miedo y tendremos odio. Aticemos el odio y tendremos miedo. Y habremos encontrado la piedra filosofal del motor de movimiento continuo miedo-odio-miedo-odio-miedo-odio…

Debemos entender los dos miedos, el de los palestinos y el de los israelíes, para poder desactivarlos. No es suficiente con dar o quitar la razón, aunque tengamos buenos argumentos para ello, si las dos partes siguen viviendo con el miedo en las entrañas.

George Steiner, uno de los grandes pensadores del siglo XX, asumía en su entrevista póstuma con Nuccio Ordine lo complejo, e incluso lo pedante, que puede resultar hablar desde la indignación moral sobre el sufrimiento ajeno.

«Soy antisionista (postura que me costó mucho, hasta el punto de no poder imaginar la posibilidad de vivir en Israel) y detesto el nacionalismo militante. Pero ahora que mi vida está llegando a su fin, hay momentos en que pienso: ¿quizás me equivoqué? ¿No habría sido mejor luchar contra el chovinismo y el militarismo viviendo en Jerusalén? ¿Tenía derecho a criticar, cómodamente sentado en el sofá de mi hermosa casa de Cambridge? ¿Fui arrogante cuando, desde el extranjero, intenté explicar a las personas en peligro de muerte cómo deberían haberse comportado?» (Steiner, entrevista citada)

La pregunta de Steiner es incómoda y necesaria. ¿Desde dónde hablamos cuando opinamos sobre la tragedia de los otros? ¿Qué legitimidad tiene la voz que juzga desde la distancia, protegida por el confort y la seguridad? La tragedia, en efecto, se alimenta de esa mezcla de razones expuestas por Steiner -la dificultad de “explicar a las personas en peligro de muerte cómo deberían haberse comportado”- y por Ben Ami: “nos sobran propagandistas como Netanyahu, y asesinos como los de la cúpula militar de Hamás. Con ellos difícilmente podemos pensar en una visión de futuro. Nos faltan líderes” (El País, 10 de octubre de 2023).

A estas reflexiones, que no son en absoluto complacientes ni equidistantes, se suma la mirada maniquea que impregna el debate: los buenos son los míos, los otros son los malos. Así, la distancia entre las razones de los líderes -y de las sociedades que los acompañan- para sostener la guerra se convierte en un abismo insalvable. Los dos liderazgos son infames. La infamia de Netanyahu es conocida, y aquí, en España, no nos resulta ajena: nacionalistas de todo signo tapando las vergüenzas de sus corruptelas envolviéndolas con la bandera. “La infamia de Hamás[sostiene Ben Amipermanecerá durante largos años como una muralla entre israelíes y palestinos”, y servirá de razón y justificación para que “las personas en peligro de muerte” apoyen la infamia de Netanyahu. Y hará cierto, como afirma Ben Ami, que “Con ellos difícilmente podemos pensar en una visión de futuro. Nos faltan líderes”.

Es fácil ponerse del lado de los muertos, la causa basada en la sangre -ese maligno combustible-, lo difícil es ponerse del lado de los vivos: la felonía es un mal amparo...

«- Quien siembra el pánico también siembra el odio, comisario. Y el odio, tarde o temprano, siembra venganza [reflexionó la Subcomisaria Vanina Garrasi].

Patané estaba completamente de acuerdo.» (La lógica de la luzCristina Cassar ScaliaDuomo ediciones, 2023) [2]

En el fondo, Netanyahu y Hamás se parecen más de lo que sus seguidores admitirían: ambos son nacionalistas de derecha o extrema derecha, cuyo lema es el de “cuanto peor, mejor”. Pánico, odio y venganza son sus argumentos. Para los dos, la guerra iniciada por la acción terrorista de Hamás es cuanto peor, mejor. Mejor para sus infames intereses. Peor para todos los civiles.

La mujer palestina de la imagen que encabeza este artículo, grabada por unos reporteros de televisión, será, tal vez, una de las pocas voces templadas que hayamos escuchado hasta hoy "Ojalá [interjección tan nuestra que viene directamente de Insh'Allah: Dios quiera] Dios los proteja a ellos y a nosotros". A decir verdad, y mientras la mirada maniqueista sea la hegemónica, no me cabe esperanza alguna de que un dios los vaya a proteger, ni a los unos, ni a los otros. Y aún menos sus dioses salvajes.

Imagen realizada con ChatGPT

Necesitamos contarnos historias

Necesitamos que nos cuenten historias. Y, sobre todo, necesitamos historias contadas por traidores. No es fácil ser traidor a la sangre vertida, traidor a la causa, traidor a los propios. Necesitamos no caer en tramposos paralelismos [3]. Pues, como advertía George Steiner, desconfiar de la indignación moral fácil y del relato maniqueo que divide el mundo en buenos y malos es el primer paso para no caer en la trampa de reducir el sufrimiento a una cuestión de bandos. Su crítica al nacionalismo militante y al sionismo -por obligar a los judíos a repetir, como nación, la historia de violencia que antes sufrieron como víctimas [4]- invita a no justificar la injusticia ni la humillación bajo ningún relato histórico o identitario.

Pero no basta con la crítica. Necesitamos contarnos historias. Historias de traición a la sangre, a la familia, a las ideas. Historias que desafíen tanto la lógica de la pertenencia como la prescripción de ser fieles al grupo. Historias, como la de Rami Elhanan y Bassam Aramin, que se atrevan a traicionar el mandato del miedo, del odio y de la venganza:

«- Necesitamos contar historias.

- Necesitamos oír historias.

- Escucharnos unos a otros.

- No a escondidas, bajo tierra…

- Aquí arriba…

- No se puede vencer el odio con más odio.

- Nos negamos a ser enemigos.

- Deben entenderlo ustedes: no hay diferencia entre este, mi hermano, y yo. No estamos contando dos relatos distintos.

- Lo que nos acerca tanto es el precio que los dos hemos pagado.

- Tenemos un aliado enorme de nuestra parte, que es el poder de nuestro dolor.

- Y al final los venceremos con nuestra humanidad.

- Pueden decir que lo decimos nosotros.

- Los dos.» (diálogo entre Rami Elhanan Bassam Aramin con Colum McCannDos historias, muchas historias, un capítulo del libro Un reino de olivos y ceniza, citado en el artículo Dos historiasRGCNuevatribuna.es, 09/12/2023)”

¿Cómo ser traidor? ¿Quién debe serlo? ¿Pájaros con branquias, como los de Wajdi Mouawad, que ya no quieran saber nada de los pájaros? ¿Peces con alas que ya no se sientan peces? ¿Eso es ser traidor? ¿Seguro? ¿Tan sólo cambiando de bando lo solucionaremos? ¿Seguro? No lo sé, pero lo dudo. Si de algo estoy seguro es que en la pregunta debe habitar la traición.

Será en el relato escrito o hablado, en ese territorio común de la palabra y la escucha, donde cabe la traición a la sangre y a la causa. Pues ¿quién, en su sano y pesimista juicio, hubiera dicho en 1938 que trece años más tarde se firmaría El Tratado de París (formalmente Tratado Constitutivo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero), que salió adelante gracias a que los grandes enemigos de pocos años atrás, AlemaniaFranciaItaliaLuxemburgoBélgicaPaíses Bajos, con muchos más millones de muertos para echarse mutuamente en cara, decidieron renunciar a la venganza? ¿Quién podría creer que, en la senda del pensamiento de Walter Benjamin, sus sociedades decidirían “percibirse a sí mismo sin miedo”? ¿Quién hubiera vaticinado que podrían aparecer políticos como los franceses Schuman o Monnet, el alemán Adenauer y el italiano de Gasperi?

Nadie.

Una traición, una infidelidad, una felonía [5] es el único camino para no perder la esencia de nuestra propia humanidad, porque “Si eres indiferente al dolor ajeno, no mereces el nombre de hijo de Adán”.

Epílogo

"Padre, te hago esta promesa: mientras tus dos nombres se entrelacen en la masacre, mientras tus dos lenguas se opongan con sangre, yo, Eitan, hijo de Noah y de David, nieto de Lean y de Etgar, heredero de dos pueblos que se hacen pedazos, 

no tendré consuelo,

no tendré consuelo,

no tendré consuelo,

no tendré consuelo,

no tendré consuelo.

[Eitan deja la piedra sobre la tumba de David]" (Todos pájarosWajdi Mouawad, Ediciones La uÑa RoTa, S.L., Segunda edición: enero/2022)


[1] “—Un axioma previo al anterior y que ya hemos discutido muchas veces, el axioma Goebbels. Si una mentira se repite con la suficiente frecuencia se vuelve lo más parecido a la verdad que conocemos. Uno más, previo al previo: en la información se identifica la credibilidad de lo dicho con la solidez de la fuente que lo emite. Si quieres que alguien crea algo, lo esencial es que se lo diga en el oído su arcángel san Gabriel. Por fin un último elemento: si reúnes dos factores de miedo, creas una reacción de odio. Bien, aquí tienen ustedes los elementos filosóficos esenciales de la campaña burdamente llamada por alguno de nuestros cerebros rectores «Caballo de Troya» y que para no vulgarizarnos conoceremos entre nosotros con el más sofisticado nombre de «Operación Sueño de Blancanieves», por eso de que esta nación sigue urgida de héroes y no reivindica con la suficiente energía a los pocos que realmente posee, casi todos ellos fabricados por Walt Disney…” (Cuatro manos)
[2] Tal vez me pase lo que ocurre cuando esperas tu primer retoño, que allí donde miras parece que siempre haya una mujer embarazada: allí donde miro, la literatura me advierte una y otra vez de la trampa del miedo. No sé si hay obras que desprecien esta trampa, en todo caso -pienso- no han pasado por mis manos.
[3] «El filósofo israelo-alemán Omri Boehm, nieto de un superviviente del Holocausto y crítico con Netanyahu, iba a pronunciar un discurso en el 80º aniversario de la liberación de Buchenwald. Pero su participación fue cancelada por las presiones de la Embajada israelí en Berlín, según ‘Der Spiegel’. 
[Extraído de su discurso]: Hoy en día, cuando se habla de la brutal masacre del 7 de octubre, en ocasiones la gente exclama “¡nunca más!”. Otros observan la destrucción y el hambre reinantes en Gaza, y dicen lo mismo. Si la intención en ambos casos es establecer un paralelismo con el Holocausto, ambas afirmaciones son engañosas.
Y, sin embargo, en ambas hay algo de verdad. Por un lado, porque ambas señalan el hecho estremecedor de que en dos ocasiones no se logró evitar la completa deshumanización de las sociedades; y por otro, porque ambas revelan que la comunidad internacional, dividida como está por sus diversas alianzas, aun así, coincide en su voluntad de tolerar, y a veces incluso justificar, unos crímenes deshumanizantes, que a su vez socavan la posibilidad de la paz." (Omri Boehm, discurso por el 80º aniversario de la liberación de Buchenwald)» (El discurso que no se pudo escuchar en el campo de concentración de BuchenwaldOmri Boehm, El País. 13/abril/2025, la negrita es mía).
[4] Preguntado si consideraba la posibilidad de vivir en IsraelSteiner la rechazó argumentando que: «Somos el pueblo que, al estar despojado y acosado, ha tenido el fantástico privilegio aristocrático de no torturar a nadie, de no convertir a nadie en apátrida […] El hecho de que un judío tenga que torturar a otro ser humano, como hace la policía secreta israelí, para sobrevivir, es algo a lo que no me puedo acomodar racionalmente.» 
[5] “Una oleada de cartas impulsada por reservistas y veteranos se convierte en el mayor movimiento en Israel contra la invasión de Gaza. Una misiva de reservistas y veteranos de la Fuerza Aérea da pie a otras 50 que acumulan casi 140.000 apoyos. Critican a Netanyahu por romper el alto el fuego por motivos políticos y piden el regreso de los rehenes” (Antonio PitaYaffaEl País, 20/abril/2025).