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Después de la Segunda Guerra Mundial Europa quedó dividida en dos zonas de influencia, la del Oeste bajo el dominio de Estados Unidos, la del Este, sometida a la URSS. Ya sabemos que el régimen bolchevique fue una terrible dictadura que sometió a los pueblos bajo su poder a la más atroz de las represiones, lo que no impidió que el país del Tío Sam convirtiera Europa en un territorio ocupado militarmente y sometido a sus dicterios políticos y económicos, implantando un dominio cultural que se ha exacerbado en las dos últimas décadas. Aquel acuerdo no firmado entre las dos grandes potencias emergidas del conflicto bélico y afianzado durante la Guerra Fría promovida desde 1945 por el Gobierno de Truman, saltó por los aires cuando Gorbachov decidió emprender las reformas que pretendían dar oxígeno al anquilosado aparato soviético.
Hoy, cuando Donald Trump impone un impuesto del 5% del PIB a los países europeos, Europa debe decidir si quiere ser un mero sirviente del Tío Sam y si el mundo digital es lo que queremos
La URSS desapareció de facto en 1991, China caminaba todavía hacia el régimen mixto que le ha permitido crecer aceleradamente, quedaba Estados Unidos al mando, sin competencia, sin rivales, sin enemigo a la vista. Fue en ese interregno de supremacía absoluta cuando el país del pato Donald dio el gran salto hacia adelante, contando para ellos con una generación única de científicos recolectados en todo el planeta y la mano de obra baratísima que ofrecía China y en general el Sureste asiático. El traslado de la producción industrial y tecnológica a Asia fue una maniobra casi perfecta para abaratar costes, destruir las conquistas de los trabajadores y asestar a Europa un durísimo golpe en su corazón industrial y financiero. Comenzaba la globalización, aquel tiempo todavía no concluido en el que cayeron las fronteras comerciales y se dio carta de naturaleza a uno de los periodos más salvajes de explotación del hombre por el hombre, no sólo en Asia, donde se trabajaba por un plato de arroz haciendo ropa y teléfonos, sino también en Europa, donde al calor de las deslocalizaciones salvajes se rebajaron los salarios y se iniciaron impensables recortes al Estado del Bienestar, recortes que no han cesado y que con el predominio ultraderechista se irán acentuando en los años venideros.
La maniobra urdida por el capitalismo contra los derechos de los trabajadores y la democracia, habría sido perfecta si los chinos no hubiesen aprendido a hacer aquello que le traían de fuera, si no hubiesen investigado, si se hubiesen limitado como potencia de segunda fila a obedecer, callar y no mirar, pero no fue así, eso fue lo que hizo Europa, no así China que en silencio ha logrado convertirse en una verdadera potencia mundial, no con los pies de barro como siempre fue la URSS, incluso cuando nos libró de los nazis, sino con unos cimientos sólidos que no sabemos que peso serán capaces de soportar. Por eso, la gran víctima de estos primeros treinta años de globalización y de economía ultraliberal es Europa, por eso la vencedora de momento en el mundo Occidental es Estados Unidos, país al que pagamos por todo lo que hacemos y vemos.
Sería muy adecuado abrir un debate sobre las relaciones digitales con la administración y empresas, en un mundo sin intermediarios humanos, sin funcionarios, donde nadie hable con nadie y todo se limite al contacto digital
La economía europea permaneció inmóvil cuando las nuevas tecnologías comenzaron a llamar a la puerta, cuando las oficinas se llenaban de ordenadores, cuando la gente comenzó a hablar por teléfono en la calle como sin nunca antes hubiese tenido lengua. Se negó a ver lo que estaba ocurriendo en California con el apoyo del Gobierno USA y lo que sucedía en Asia. Seguíamos pensando en automóviles, en fábricas tradicionales, en deslocalizar y en fomentar el sector servicios, de tal manera que hoy en día cualquiera de las empresas tecnológicas norteamericanas que utilizamos a diario, Google, Meta, Nvidia, Amazon, Microsoft o IA, tienen un valor superior al del PIB de estados como Francia, de forma que la mayor de las industrias europeas, con muchos más trabajadores, con mucha más incidencia en el tejido industrial regional, no vale ahora mismo ni la décima parte de una de esas grande corporaciones. Cada día que nos levantamos, incluso sin levantarnos, estamos pagando a una de esas de esas multinacionales, cuando consultamos internet por cualquier motivo, cuando queremos saber una ruta, cuando vemos una serie, cuando vamos al médico, cuando respiramos. No hay paso que demos que sea gratuito, todo el día vigilados por ese gran hermano yanqui, nuestra vida depende cada instante de los servidores de ese país, que son los mismos que se utilizan para reprimir, para bombardear, para cambiar regímenes, para crear pensamiento y costumbre, espíritus acríticos y enganchados a la cultura de levantar ruedas de tractor y machacarse en el gimnasio, no por cuestiones de salud, sino de músculos, de narcisismo, de vigorexia machuna.
La colonización yanqui posterior a la guerra mundial vino por el Plan Marshall y la Coca-Cola, por las maquinarias agrícolas y los detergentes, no llegó en aquellos años a influir de forma masiva en la cultura de los pueblos europeos. Hoy, cuando Donald Trump impone un impuesto del 5% del PIB a los países europeos, cuando dependemos totalmente de las nuevas tecnologías yanquis, cuando nos obligan a comprar el gas natural más caro y nos niegan la posibilidad de buscar otras alternativas, Europa debe decidir como subirse a ese tren que lleva más de treinta años en marcha, si quiere ser un mero sirviente del Tío Sam y si el mundo digital es lo que queremos. En este sentido sería muy adecuado abrir un debate sobre las relaciones digitales con la administración y empresas, en un mundo sin intermediarios humanos, sin funcionarios, donde nadie hable con nadie y todo se limite a poner claves y entrar en contacto digital. Tal vez a algunos nacidos de finales de los noventa en adelante les parecerá una maravilla, el mundo feliz, pero un planeta lleno de gente, pero sin personas, sin intermediación humana, sin afectos en el escenario más apropiado para la dictadura global deseada por Trump, Milei, Abascal y todos los que quieren que desaparezca el ser humano, es decir aquellos hombres y mujeres capaces de tratar a los demás como si fuesen ellos mismos, sin odio, con comprensión, sin soberbia, con fraternidad.



