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jueves. 06.10.2022
Foto de archivo

La caída del Muro de Berlín es de una trascendencia histórica incuestionable, tal hecho producido un día 9 de noviembre de 1989 supuso el fin de la Guerra Fría-ahora ha retornado-, lo que llevó al gran historiador marxista Eric Hobsbawm a mantener la tesis de que el siglo XX es un siglo “corto”, que abarcaría desde 1914, inicio de la 1ª Guerra Mundial, hasta 1991, año del derrumbe y desmembración de la Unión Soviética. Desde otra vertiente historiográfica, Francis Fukuyama afirmó que, a partir de 1989, se había acabado la historia, y que la evolución posterior iba a ser el triunfo inexorable e indiscutible del sistema capitalista y la democracia liberal.

A muchos nos cogió desprevenidos. Hoy, ya podemos explicarlo en parte. Se ha dicho que a Juan Pablo II, a la guerra de las galaxias de Reagan, a Bin Laden y los muyahidines (apoyados por la CIA) habría que apuntar la victoria en la Guerra Fría por parte de USA. Todas esas razones hay que tenerlas en cuenta, pero la principal fue el desistimiento de Gorbachov, seguido de los despropósitos de Yeltsin, empeñado en apartar a aquel del poder como fuera. Nadie ganó la Guerra Fría, fue Rusia quien la perdió. Si Gorbachov hubiese enviado los tanques a Varsovia o a Berlín, como sus antecesores en 1956 a Budapest o en 1968 a Praga, ni Juan Pablo II, ni la guerra la de las galaxias de Reagan, ni los efectos de la derrota soviética en Afganistán habrían prevalecido. Por ende, todo lo que pasó ese importante año de 1989 y los acontecimientos posteriores, no hubieran sido posibles sin el protagonismo de Mijaíl Gorbachov, que llegó a la secretaría del PCUS. el 11 de marzo de 1985. Le habían precedido, tras un largo período Brézhnez, muerto el 10 de noviembre de 1982. Y a continuación Andropov y Chernenko. La rápida serie de defunciones de estos tres viejos comunistas, todos ellos nacidos antes de la 1ª Guerra Mundial, eran todo un síntoma, ya que estaban desapareciendo la generación de los líderes que recordaba el origen bolchevique de la URSS. 

Gorbachov tenía sólo 54 años, cuando alcanza el poder. Él se apercibió y reconoció que en la URSS el sistema político estaba agotado, y que no se podía seguir mintiendo a la población con la excusa de estar en camino hacia una sociedad comunista, llamada como el futuro luminoso de la humanidad. Que no podía construirse un sistema político coartando las libertades y los derechos humanos de la ciudadanía. Igualmente, que la economía planificada se había vuelto inviable con una deuda externa en 1989 de 54.000 millones de dólares, por una burocracia anquilosada, por el creciente gasto militar, por la apatía de la población, y por un desastre ecológico incuestionable (Chernóbil, Cheliabinski-40 o el mar de Aral). Para corregir estas deficiencias Gorbachov, puso en práctica la perestroika (reestructuracion)) y la glásnost (transparencia y apertura), que supuso una ruptura en relación a la política llevada a cabo por aquellos secretarios del partido comunista soviético, que le habían precedido. Tuvo muy claro desde el primer momento que debían realizarse profundos cambios políticos, sociales y económicos en la URSS, y en consecuencia por contagio en el resto de los países socialistas del este. Lo que ya no parece tan claro es saber el alcance de las reformas que bullían en la mente de Gorbachov al principio de llegar al poder, cuando declaraba que el comunismo leninista seguía siendo un ideal excelente. Todo lo ocurrido con posterioridad, como el capitalismo salvaje en Rusia, no entraba en sus previsiones.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el comunismo salvó a una humanidad amenazada por el nacionalsocialismo, que no habría sido vencido sin la resistencia de la Unión Soviética

En los países del bloque socialista se daban los mismos problemas que en la URSS, y por ello las mismas aspiraciones de democracia y cambios económicos, incluso en mayor grado. Lo novedoso con respecto a épocas anteriores es que ahora se iban a encauzar, al no ser sofocadas violentamente desde Moscú como había ocurrido en anteriores ocasione. Desde 1985, con Gorbachov la URSS había comenzado a abandonar paulatinamente la supervisión directa de los países socialistas del Este. En este sentido resulta esclarecedor el discurso de Gorbachov, con fecha de 6 de julio de 1989, dirigido en Estrasburgo al Consejo de Europa, en el que informó de que la URSS no obstaculizaría las reformas en Europa oriental, ya que éstas eran “por completo un asunto de los propios pueblos”. Además, aquí en Estrasburgo habló del concepto de “casa común europea” y excluyó toda posibilidad de enfrentamiento armado de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza militar. Este concepto propuso sustituir la doctrina de la disuasión por la de la discreción. Resulto muy oportuna recurrir a una cita de Víctor Hugo: “Llegará la hora que tú, Francia; tú, Rusia; tú, Italia; tú, Inglaterra; tú, Alemania; -todos vosotros, todos los pueblos del continente- sin perder vuestros rasgos distintivos y vuestra admirable originalidad, os fundiréis indivisiblemente en una sociedad suprema y formaréis una hermandad europea…llegará el día en que el único campo de batalla serán los mercados abiertos al comercio y las mentes abiertas a las ideas”. ¿Ese proyecto de una “casa común europea” le interesa a los Estados Unidos? Lamentablemente estamos comprobando que no en la guerra de Ucrania.

El 7 de octubre de 1989, Gorbachov acudió a la Alemania del Este para rendir homenaje al 40 aniversario de la fundación de la RDA, y dijo con palabras memorables a Honecker, de que “la vida castiga a los que la posponen”. Poco después, en un camarote del buque Máximo Gorki, atracado en Malta, señaló a Bush que no usaría la fuerza para mantener en el poder los regímenes comunistas en la Europa del Este.

Todos los acontecimientos ocurridos en torno a esta fecha de 1989, levantaron grandes expectativas para construir un mundo mejor. Con la desaparición de la Guerra Fría, y con la lógica disminución de los conflictos, se produciría una reducción del gasto en armamento. Con el triunfo indiscutido del sistema capitalista se irían borrando paulatinamente las grandes diferencias entre ricos y pobres, y sería posible un mundo más justo y solidario. Se iría construyendo un mundo ecológicamente más sostenible. Contemplando el mundo que nos rodea, queda suficiente claro que aquellas expectativas eran totalmente infundadas.

El keynesianismo no se podría entender sin la Unión Soviética como contracara de la crisis capitalista

Al día siguiente de la caída del Muro de Berlín, The International Herald Tribune publicaba una viñeta soberbia: dos banqueros provistos de gruesos abrigos increpaban a un mendigo tirado en la nieve mientras exclamaban: «Hemos ganado». Constituye una original síntesis del malentendido imperante en estos años. En efecto, a partir de 1989 el capitalismo se presentaba ante el mundo como el flamante vencedor y junto con los Derechos Humanos y en ausencia de adversarios creíbles, iba a extender sus virtudes benéficas por toda la Tierra, transportando al planeta a la panacea de la civilización y del progreso. La celebración de tal hazaña sumió a Europa y América del Norte en una peligrosa modorra, de la que muy pronto hubo que salir. Algunos fueron conscientes de los peligros.

Slavoj Zizek cita una anécdota en su libro Problemas en el paraíso. Del fin de la historia al fin del capitalismo. En la década de 1990, en Alemania circuló el rumor de que Gorbachov, en un viaje a Berlín tras perder el poder, visitó al excanciller Willy Brandt. Sin embargo, cuando él y su guardaespaldas llamaron al timbre, éste se negó a abrirle la puerta. El motivo era porque nunca le había perdonado a Gorbachov que permitiera la disolución del bloque comunista; no porque Brandt fuera un defensor del comunismo soviético, sino porque era consciente de que la desaparición del bloque comunista entrañaría la desaparición del Estado de bienestar en la Europa occidental socialdemócrata. Brandt sabía que el sistema capitalista estaba dispuesto a hacer concesiones a los trabajadores sólo si existía la seria amenaza de una alternativa, de un modo de producción diferente que prometía a los trabajadores sus derechos. Sea cierta o no la anécdota, la caída del Muro de Berlín y el colapso subsiguiente de la U.R.S.S supuso el fin del socialismo, como alternativa clara al capitalismo, celebrado con jolgorio por todos los demócratas del mundo. Para Josep Fontana es más relevante el 1968 como fecha de inflexión, cuando con la actitud del PC en Francia y la del bloque soviético en Praga “está claro que los movimientos comunistas no tienen ni el proyecto ni la capacidad de subvertir la sociedad”. Incluso antes, hubo intelectuales que dejaron de mirar a Moscú, tras los acontecimientos de Hungría en 1956, aunque ya supuso una durísima crítica al mito soviético, el libro de 1940 El cero y el infinito, de Arthur KoestlerArchipiélago Gulag de Solzhenitsyn en 1973 también supuso otro aldabonazo. Mas, no solo se colapsó el socialismo, sino también la socialdemocracia. Y esto significó que ya pudo consolidarse la versión más inhumana del capitalismo del siglo XX, el neoliberalismo descarnado, en la dimensión más depredadora de la acumulación capitalista: el capital financiero. Se aceleró ya una guerra total contra los derechos sociales y económicos, los sindicatos y los salarios. El desempleo y la precariedad estructurales y compatibles con un crecimiento insultante de las desigualdades. Destrucción de la democracia.

Echar la mirada hacia atrás viene bien. Recordemos la Revolución rusa. Las valoraciones han sido dispares. Desde un fracaso estrepitoso a un éxito, aunque limitado. Para Boaventura de Sousa Santos, el siglo XX se inició con dos grandes modelos de transformación progresista de la sociedad: la revolución y el reformismo; y en el siglo XXI sin ninguno de ellos. La Revolución rusa radicalizó la opción entre los dos modelos, quedó claro para los trabajadores que había 2 opciones para la consecución de un futuro mejor al capitalismo, el socialismo. O la revolución, de ruptura institucional con la democracia representativa, quiebra de la legalidad, cambios en el régimen de propiedad; o el reformismo, que implicaba el respeto por las instituciones democráticas y el avance gradual vía parlamentaria en las reivindicaciones de los trabajadores. El objetivo el mismo: socialismo. Al fracasar la revolución alemana (1918-1921), se fue imponiendo en Europa occidental la vía reformista, que en la posguerra dio origen a la socialdemocracia europea, un sistema político con altos niveles de productividad y de protección social, abandonando sin decirlo abiertamente el socialismo, al aceptar un capitalismo de rostro humano, y a partir de los 80 con los Mitterrand, Blair, Schroeder, González sucumbiendo ante el tsunami neoliberal. Termina Boaventura de Sousa Santos, las luchas entre ambas opciones fueron encarnizadas y permanentes ya a partir de los años 20, tras la creación de la III Internacional. Los comunistas acusando a los socialdemócratas de traicionar a la causa socialista. Estos a aquellos por su connivencia con los crímenes de Stalin y su defensa de la dictadura soviética.

Quiero terminar con tres reflexiones sobre la trascendencia histórica de la Revolución rusa. La primera es de Enzo Traverso de su obra Melancolía de izquierda. Después de las utopías. Indica que para el gran historiador Eric Hobsbawm en su obra Historia del siglo XX el comunismo fue brutal pero no podría haber sido diferente. Se derrumbó a causa de sus propias contradicciones y estaba condenado a fracasar desde el inicio. No obstante, cumplió un papel histórico necesario porque salvó a la civilización y, finalmente, al propio capitalismo. Su vocación era sacrificial. Con las mismas palabras de Hobsbawm: 

“Una de las ironías de este extraño siglo XX es que los resultados más duraderos de la Revolución de Octubre, cuyo objetivo era el derrocamiento mundial del capitalismo, hayan consistido en la salvación de su antagonista, tanto en la guerra como en la paz, al proporcionarle el incentivo -el miedo- para reformarse después de la Segunda Guerra Mundial y, gracias a la popularidad alcanzada por la planificación económica, suministrarles algunos de los procedimientos para su reforma”.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el comunismo salvó a una humanidad amenazada por el nacionalsocialismo, que no habría sido vencido sin la resistencia de la Unión Soviética. Tras la crisis económica de 1929, la Revolución Rusa irrumpió como una alternativa global y obligó al sistema capitalista a reformarse. El keynesianismo no se podría entender sin la Unión Soviética como contracara de la crisis capitalista. Tanto la New Deal como el Estado de bienestar en las décadas de la posguerra fueron respuestas al desafío comunista. Semejante amenaza salvó el sistema capitalista.

Según Boaventura de Sousa Santos, el triunfo de la Revolución rusa consiste en haber planteado todos los problemas a los que las sociedades capitalistas se enfrentan hoy. Su fracaso radica en no haber resuelto ninguno. Excepto uno ¿Puede el capitalismo promover el bienestar de las grandes mayorías sin que esté en el terreno de la lucha social una alternativa creíble e inequívoca al capitalismo? Este fue el problema que la Revolución rusa resolvió, y la respuesta fue clara. Muy clara. Y hoy esta respuesta la estamos sufriendo dramáticamente con la expansión descarnada del capitalismo en su versión neoliberal. ¿Por qué esta implantación de este sistema económico tan brutal? Lo explica fehacientemente Josep Fontana: «Las clases dominantes han vivido siempre con fantasmas: los jacobinos, los carbonarios, los masones, los anarquistas, los comunistas. Eran amenazas fantasmales, pero los miedos eran reales. Con esos miedos los trabajadores obtuvieron de los gobiernos concesiones, y así mantuvieron el orden social. Bismarck fue el primero en introducir los seguros sociales en Europa para combatir al socialismo. Tras la II Guerra Mundial el miedo al comunismo de la Europa oriental propició que en occidente se implantase el Estado del bienestar. Con ingenuidad interiorizamos que el progreso iniciado con la Ilustración y la Revolución francesa sería sempiterno. Craso error. Arrumbado el comunismo, los poderosos hoy, ¿a quién temen? 

Por todo lo expuesto, podemos entender que Willy Brandt no quisiera recibir a Mijaíl Gorbachov, aunque su obra es digna de valorar.

La trascendencia histórica de Mijaíl Gorbachov