jueves. 04.06.2026
DERECHOS HUMANOS

Negación del derecho

Cada vez son más, siguiendo la estela de Bukele y Trump, los gobiernos que practican la detención y la tortura sistemática sin que ello levante protestas populares sino todo lo contrario.

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Si a lo largo de la historia se ha producido un avance que sea orgullo de la Humanidad y cota insuperable de la evolución del hombre, ese es el momento en el que se redactó la primera Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, renovada, y tal vez disminuida, tras la Segunda Guerra Mundial con la Declaración de Derechos del Hombre, compendio de mínimos a los que deberían tender todos los países miembros de Naciones Unidas, organismo que nació para dar cierta racionalidad a las relaciones internacionales dejando la guerra al margen de ellas, pero que desde el resurgimiento de las ideologías neofascistas está quedando como un juguete roto al que nadie hace caso ni presta atención. Empero, sigue siendo de ese organismo nacido en 1945 en la Conferencia de San Francisco de donde emanan todavía las resoluciones más justas y equilibradas, aquellas que están más en consonancia con los valores democráticos, valores que no existen si no son su cimiento los derechos humanos esenciales recogidos desde el siglo XVIII en todos los códigos y cartas de la libertad.

La Democracia está amenazada de muerte por quienes creen que vivimos en el peor de los mundos posibles quienes lo hacemos en el mejor de los existentes

Es indudable que estamos ante una ola reaccionaria a escala planetaria, una ola que probablemente surgió de los laboratorios ideológicos de las élites más conservadoras de Estados Unidos, de organizaciones como La Familia y otras afines, pero que pronto encontró eco en Europa y el resto del mundo, donde una mayoría de personas afectadas por los ajustes que dicen exigían “los mercados” se han visto fuera del sistema o piensan que hay otros, otras clases sociales a las que ellos no pertenecen que obtienen muchas más ventajas tanto salariales como de orden social. Es el mundo que antes pertenecía al proletariado, a la clase obrera que iba al paraíso, una clase que se ha evaporado al calor de las externalizaciones, del fomento del trabajo por cuenta propia, la deslocalización industrial y las nuevas tecnologías, que además de otras muchas cosas, propician un individualismo feroz en el que nadie conoce a nadie, es decir, nadie va a ir a la huelga ni a tomar otra medida de presión contra un empresario que no sabe dónde está, ni a qué se dedica, ni por unos compañeros que yacen en la nube. 

Desarmado el movimiento obrero, disuelta la conciencia de clase, encumbrado el individualismo más descarnado y egoísta, no hay razón alguna para que un país determinado mantenga y respete el Derecho, es decir aquellos preceptos consagrados en las declaraciones de derechos humanos, en las constituciones y en los convenios internacionales, convertidos ahora en papel mojado y en antigualla que obstaculiza el advenimiento de la verdadera libertad, que no es otra que la que otorga el capital. Libertad de expresión es poder difamar hasta lo más extremo a personas a las que se considera enemigas, no con la intención de anularlas, de cancelarlas, sino con el propósito de suprimir su opción política como alternativa futura de gobierno. Se trata de arrasar, de vituperar, de enmierdarlo todo hasta el extremo que durante muchos años una parte considerable de la población asocie ese periodo de gobierno, esa ideología con la peor de las dictaduras, con el gobierno de los peores. No hay libertad de expresión, sin embargo, para quienes no ejercen la autocensura y ponen en escena una obra de teatro en la que se critique con dureza a la monarquía, a la iglesia o al actual régimen político, siendo cada vez más los periodistas, dramaturgos o actores que se las han de ver en los tribunales con los demandantes de justicia divina. La libertad de imprenta tampoco pasa por uno de sus momentos más brillantes, sólo hay que mirar quien paga la tinta, y para eso valgan los botones del Washington Post y de New York Times, en manos de multimillonarios de última ola que imponen su rudimentario pensamiento e intentan inclinar la balanza del lado que conviene a sus intereses. 

La libertad de imprenta tampoco pasa por uno de sus momentos más brillantes, sólo hay que mirar quien paga la tinta

Igual podríamos decir del derecho de manifestación pisoteado cada día más por el uso que hacen los gobiernos de las policías, por la violencia con que son reprimidas y por los cargos de que se acusa a los detenidos cada vez más numerosos. No existe el derecho a la vivienda, ni a un salario justo ni a una sanidad pública de calidad ni a una escuela laica que no adoctrine en liturgias y privilegios de clases, que no promocione el odio ni la animadversión hacia el diferente. Por el contrario, cada vez son más, siguiendo la estela de Bukele y Trump, los gobiernos que practican la detención y la tortura sistemática sin que ello levante protestas populares sino todo lo contrario, el voto masivo de una ciudadanía que cree mucho más en la venganza, en el castigo ejemplarizante que, en la reinserción, la reeducación y la dignidad de las personas. Sí existe, el derecho a crear policías patrióticas que actúen al margen de la ley con el amparo de un sector mayoritario de los jueces que claman por la vuelta al pasado. Existe, por supuesto, el derecho al genocidio y a los crímenes contra la Humanidad, puesto de manifiesto desde hace muchos meses por Israel y Estados Unidos en Gaza, con el consentimiento claudicatorio de la Unión Europea, incapaz de reclamar su lugar en el mundo y de denunciar ante la historia los crímenes más repugnantes que se han producido en el mundo desde los bombardeos de Vietnam, las matanzas de Camboya o los vuelos de la muerte de Argentina

En la Metrópoli, el loco soberbio y palurdo que han elegido los yanquis como máximo jefe a su imagen y semejanza, ha pintado de negó el muro de la vergüenza que construyó en la frontera con México, país al que robó más de dos millones de kilómetros cuadrados, amenaza con crear campos de concentración donde internarlos por el simple hecho de buscar trabajo y está dispuesto a hacer añicos las reglas del comercio mundial aunque ello traiga consigo una crisis económica sin precedentes o una guerra a escala planetaria. Amenaza a unos, a otros, exhibe su poderío militar, alaba a los dictadores de todo el mundo, pacta con ellos y los pone como ejemplo, prescindiendo de toda institución que presuma de autonomía que él sólo admite para su persona. Pero no es algo que sólo suceda allí, en Estados Unidos, no es sólo en ese país criado en la guerra y el expolió, donde muchos ciudadanos claman por el fin de la democracia, de las garantías que impiden los abusos de poder, por la sectorialización de los derechos, por el final de la época de las grandes conquistas humanas, sucede lo mismo en Europa, en España, en mi pueblo y en el de al lado, donde se ha construido un relato que ha calado hasta en los niños más pequeños que hablan de Pedro Sánchez como en mi infancia hablábamos de El Lute y de Abascal como el salvador que todo lo pondrá en orden, que nos devolverá a las rutas imperiales de un pasado de montañas nevadas y prietas las filas. Sin saber nada, sin analizar el contexto en el que sucede todo, una gran mayoría de los europeos, de los españoles han decidido optar por el verdugo, esperando que el hacha que corte su cuello sea como el sándalo.

No hay libertad de expresión para quienes no ejercen la autocensura y ponen en escena una obra de teatro en la que se critique con dureza a la monarquía, a la iglesia o al actual régimen político

El mundo del Derecho, de los Derechos Humanos, la Democracia está amenazada de muerte por quienes creen que vivimos en el peor de los mundos posibles quienes lo hacemos en el mejor de los existentes. La propaganda juega para que así sea, pero también la democracia ha hecho de las suyas al dejar demasiada gente al margen. Es hora de recuperarla antes de que acepten el lado oscuro como irremediable.

Negación del derecho