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contemporánea retrata al sultán
Abdul Hamid II como un carnicero
Se cumple un nuevo aniversario del inicio de uno de los genocidios más atroces de la historia. En un tiempo en que la violencia vuelve a atravesar al mundo de punta a punta, la conmemoración del Genocidio Armenio no es solo un ejercicio de memoria: es una interpelación urgente al presente.
Los genocidios no son hechos aislados ni episodios cerrados en el tiempo. Se inscriben en procesos de larga duración, responden a lógicas específicas de persecución y exterminio, y dejan huellas que persisten mucho más allá de la masacre. No terminan cuando cesa la violencia directa: continúan en sus efectos, en sus silencios y en las disputas por su sentido.
Para comprenderlos en perspectiva comparada, es necesario mirar también su secuela, es decir, las políticas de negación, el silenciamiento y la distorsión de los hechos, ya que el negacionismo no es un fenómeno posterior ni accesorio, sino que muchas veces funciona como una prolongación del genocidio por otros medios.
En el caso del Genocidio Armenio, esta trama adquiere una densidad particular: la memoria no solo busca dar cuenta de la violencia extrema, sino también resistir su negación
A fines del siglo XIX, el pueblo armenio luchaba por la democratización del Imperio otomano, por las libertades políticas y por el acceso a la educación y la ilustración. Esa demanda de igualdad y de reconocimiento chocó con un régimen que promovía y organizaba su persecución a través de sus instituciones y de su aparato administrativo.
En ese contexto, el odio social y religioso contra los armenios fue adquiriendo una intensidad cada vez mayor hasta transformarse en una lógica de exclusión total. Las derrotas del Imperio otomano en Europa —en especial tras las guerras de los Balcanes— alimentaron un clima de revancha, miedo y resentimiento que convirtió a los armenios en chivo expiatorio de la crisis imperial.
intereses comerciales del Reino Unido
en las actuaciones del Imperio
Otomano respecto a los armenios
La Primera Guerra Mundial no hizo más que acelerar un proceso que ya venía gestándose, y lejos de originar esa violencia, la guerra proporcionó el escenario propicio para desplegar una política de exterminio cuidadosamente planificada, una maquinaria de persecución, deportación y muerte que no respondió al caos del momento, sino a una decisión política sostenida.
En ese proceso, los Jóvenes Turcos —movimiento político surgido a fines del siglo XIX que impulsó la modernización del Imperio otomano y que, tras la Revolución de 1908, concentró el poder estatal— avanzaron rápidamente hacia la construcción de un régimen autoritario con rasgos profundamente totalitarios. Bajo su proyecto de refundación nacional, los armenios fueron señalados como una amenaza interna, como un cuerpo extraño que impedía la consolidación de un Estado homogéneo y de una identidad turca imaginada en clave excluyente.
De todas las violencias que atravesaron la Primera Guerra Mundial, el Genocidio Armenio fue una de las más devastadoras. Entre 1915 y 1918, el gobierno de los Jóvenes Turcos llevó adelante una política sistemática de exterminio, deportación y despojo contra la población armenia del Imperio otomano, que causó la muerte de alrededor de un millón y medio de personas. Se estima que más de dos tercios de la población armenia del Imperio otomano —cerca de dos millones de personas— fueron exterminadas a lo largo de esos años.
La destrucción de esa comunidad no fue un episodio repentino ni aislado, sino la culminación de un proceso prolongado de persecución, exclusión y violencia que había comenzado décadas antes. Las primeras grandes masacres tuvieron lugar entre 1894 y 1896, durante el régimen del sultán Abdul Hamid II, y fueron seguidas por nuevos episodios de violencia en 1909. Sin embargo, fue el 24 de abril de 1915 cuando se inició la fase más sistemática y planificada del genocidio, con el arresto en Constantinopla de centenares de intelectuales, dirigentes políticos, religiosos y referentes comunitarios armenios, en lo que constituyó la decapitación de sus élites y el primer paso de una política orientada a la destrucción de un pueblo en su conjunto.
Entre abril y septiembre de 1915, el territorio histórico armenio —con una presencia milenaria en Anatolia oriental y Asia Menor— fue vaciado metódicamente de su población en apenas unos meses. Las deportaciones masivas, organizadas por autoridades civiles y militares, se combinaron con ejecuciones, saqueos y asesinatos cometidos por fuerzas estatales y grupos paramilitares. Hombres, mujeres, niños y ancianos fueron obligados a marchar a pie durante semanas por rutas plagadas de cadáveres, sin agua, sin alimentos y bajo vigilancia armada. Quienes sobrevivían a las caravanas llegaban a campos de concentración improvisados en el desierto sirio, donde la muerte por hambre, sed, enfermedades o nuevas matanzas era casi inevitable. El desierto se convirtió así en un inmenso cementerio sin tumbas.
El Genocidio Armenio fue, en ese sentido, el primer gran genocidio del siglo XX y uno de los antecedentes más brutales de las formas modernas de violencia de masas. Su estudio permite comprender cómo la persecución sistemática de una población puede convertirse en una política de Estado, a través de la burocracia, la propaganda, la construcción del enemigo interno y la legitimación ideológica del exterminio.
La motivación ideológica fue central, ya que los armenios, que desde mediados del siglo XIX reclamaban mayores libertades, reconocimiento político y garantías frente a la discriminación, comenzaron a ser presentados por el poder como una amenaza a la integridad del Estado. En el contexto de la guerra y bajo el temor de una supuesta alianza con Rusia, el gobierno los redefinió como “enemigos de la seguridad nacional”, una categoría que funcionó como justificación para la puesta en marcha del exterminio.
Hay algo que conviene dejar claro: los genocidios no se cierran con la matanza. Se siguen jugando —y disputando— en el terreno de los discursos, allí donde se los justifica, se los minimiza o se intenta directamente borrarlos. En el caso del Genocidio Armenio, esa disputa no es residual ni secundaria: sigue abierta, y el negacionismo opera como una forma concreta y persistente de prolongar la violencia.
Cada generación vuelve sobre los acontecimientos heredados desde nuevas preguntas, sensibilidades y conflictos. Como explican Enzo Traverso y Maurice Halbwachs, la memoria se construye siempre “desde el presente”: las sociedades seleccionan, reinterpretan y jerarquizan el pasado según sus marcos culturales, dilemas éticos y necesidades políticas. Por eso, la memoria colectiva no es un depósito estático de experiencias, sino un proceso dinámico en permanente actualización. Y en ese movimiento, lo que circula como memoria no es neutral: también implica una intervención, una toma de posición y una forma de leer el pasado, que responde a intereses, contextos y disputas concretas.
La persistente negativa del Estado turco a reconocer el Genocidio Armenio —así como la persecución de quienes sostienen el derecho a la verdad— evidencia hasta qué punto esas disputas no se agotan en el pasado, sino que continúan inscribiéndose en el presente. El negacionismo, en este marco, no aparece como una mera omisión, sino como una forma activa de prolongación de la violencia, que busca fijar un relato y clausurar otros posibles.
Sin embargo, frente a ello, también perdura la resistencia de quienes, desde hace más de un siglo, sostienen la memoria, reclaman justicia y se niegan a aceptar que el olvido constituya la última victoria de los perpetradores. Así, el Genocidio Armenio no solo interpela al pasado, sino que habilita a pensar cómo se institucionaliza la violencia extrema y de qué modo los Estados pueden convertir la represión en un patrón duradero de dominación.
A más de un siglo de los hechos, el Estado turco sigue rechazando reconocerlos como genocidio. No se trata solo de una cuestión diplomática o terminológica: esta postura forma parte de una política de negación que prolonga los efectos de la violencia y condiciona la forma en que ese pasado puede ser dicho, enseñado y transmitido. En ese marco, la disputa no se limita a cómo se interpreta lo ocurrido, sino que pone en juego el derecho mismo a su reconocimiento y transmisión. Frente a esto, la memoria aparece como un espacio de conflicto, donde recordar implica también resistir. Por eso, la lucha contra el olvido no es solo conmemoración, sino una parte central de la búsqueda de justicia en el presente.
Esto vuelve necesario pensar las memorias como procesos subjetivos, anclados en experiencias y en marcas tanto simbólicas como materiales. Entonces implica asumir algo básico: no hay una única memoria ni una sola forma de leer el pasado, sino múltiples versiones en construcción, muchas veces en tensión entre sí. Como decía Roland Barthes, “el sentido siempre es un plural”. Y ahí está el punto: lo que recordamos —y cómo lo recordamos— nunca es único ni definitivo.
En esa línea, lo que plantea la socióloga argentina Elizabeth Jelin es bastante evidente: la memoria no es algo fijo ni dado de una vez y para siempre, sino un proceso en permanente construcción, atravesado por tensiones y conflictos en torno a cómo se interpreta lo ocurrido. En ese marco, la memoria deja de ser un simple registro del pasado para convertirse en una práctica activa, donde se seleccionan, ordenan y jerarquizan sentidos desde posiciones desiguales de poder. No se trata solo de recordar, sino de definir qué se recuerda, cómo se lo narra y qué queda, deliberadamente o no, fuera de escena.
También hay que tener en cuenta algo clave: la memoria cambia con el tiempo. Lo que una sociedad recuerda —y cómo lo recuerda— no es igual en todos los momentos ni en todos los contextos. Depende de su clima cultural, de sus conflictos y de sus debates políticos. Mirarlo así permite entender que el pasado no es algo fijo, sino algo que se reinterpreta constantemente, y evita tomarlo como una verdad cerrada.
En este sentido, el espacio de la memoria es, ante todo, un espacio de lucha política. Muchas veces, esa lucha se formula como una oposición entre memoria y olvido —recordar para no repetir—; sin embargo, esa dicotomía simplifica un fenómeno más complejo. Lo que se presenta como “memoria contra el olvido” suele encubrir, en realidad, una confrontación entre memorias rivales, cada una atravesada por sus propios silencios y omisiones: en definitiva, se trata de una memoria contra otra.
Al mismo tiempo, en las sociedades contemporáneas se observa un creciente culto al pasado, visible tanto en la mercantilización de lo “retro” como en la expansión de la novela histórica y el auge de los objetos antiguos. Los medios masivos de comunicación, por su parte, cumplen un papel central en la organización y circulación de estas representaciones, estructurando la presencia del pasado en la vida cotidiana y fijando ciertas narrativas por sobre otras.
En este contexto, la memoria adquiere un papel altamente significativo como mecanismo cultural que contribuye a fortalecer el sentido de pertenencia a grupos y comunidades. No obstante, en el plano colectivo, el desafío radica en evitar tanto la repetición acrítica como los usos políticos distorsivos del pasado, promoviendo en cambio una reflexión activa, crítica y situada sobre su significado para el presente y el futuro.
De este modo, se vuelve evidente la tensión entre concebir la memoria como un contenido dado y entenderla como un proceso de construcción social, plural y conflictivo, atravesado por disputas en torno a su legitimidad y sus pretensiones de verdad.
Abordar la memoria implica adentrarse en un terreno complejo donde se entrelazan recuerdos y olvidos, narrativas y silencios, gestos y actos. En ella no solo están en juego saberes, sino también emociones, así como huecos y fracturas que revelan tanto lo ocurrido como aquello que se intenta borrar. Las memorias se activan, además, a través de dimensiones expresivas y performativas, en las que los rituales y lo mítico ocupan un lugar central en la transmisión de sentidos.
La constitución, institucionalización y reconocimiento de estas memorias se entrelazan con la construcción de identidades colectivas, fortaleciéndose mutuamente. Por eso, la memoria del genocidio no puede reducirse a la conmemoración del pasado: es, sobre todo, una forma de disputar el sentido del presente. Y en esa disputa se juega algo más profundo: no sólo cómo se recuerda, sino qué mundo se habilita cuando se decide no olvidar.
En el caso del Genocidio Armenio, esta trama adquiere una densidad particular: la memoria no solo busca dar cuenta de la violencia extrema, sino también resistir su negación. Allí donde el crimen intentó aniquilar a un pueblo, el negacionismo busca clausurar su inscripción en la historia. Frente a ello, recordar se vuelve un acto político.




