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lunes. 05.12.2022

Aunque en Afganistán nace la Guerra contra el Terrorismo y allí ha visto su primer gran fracaso, la doctrina de desplegar fuerzas militares en suelo extranjero con la finalidad de “contribuir” a solucionar algún problema de “inseguridad” del país, es mucho más antigua.

El mundo moderno vio, por ejemplo, durante la Guerra Fría, incontables despliegues militares franceses o británicos en sus excolonias africanas, todas con el objetivo encubierto de perpetuar gobiernos locales adeptos a la Françafrique o a la Commonwealth y mantener sus intereses económicos (y los de otros países occidentales); como se vieron también numerosas intervenciones estadounidenses, unas encubiertas, otras más explícitamente militares, en el resto del continente americano y más allá (Vietnam e Indochina en general), o rusas (Hungría, Checoslovaquia o el propio Afganistán). 

También en esa época empezaron a verse las que se conocieron como las Operaciones de Mantenimiento de la Paz (OMP) de las Naciones Unidas, en las que esta organización internacional enviaba fuerzas militares de diversos países, bajo su control operacional/táctico, para cooperar y facilitar el mantenimiento de una paz (de unos acuerdos) previamente negociados y aceptados por las partes en conflicto, fueran países soberanos o fuerzas irregulares disidentes. 

Las Operaciones de Mantenimiento de Paz (ONU), a partir de la incorporación de Estados Unidos en Somalia (1992-1993) y la antigua Yugoslavia (OTAN, 1995), se empezaron a transformar en operaciones de imposición de la paz

Operaciones, que, a partir de la incorporación a ellas de Estados Unidos en Somalia (1992-1993) y la antigua Yugoslavia (OTAN, 1995) se empezaron a transformar en operaciones de imposición de la paz (OIP). Una paz, esta vez, no negociada ni acordada libremente por las partes en conflicto, sino impuestas por la operación militar internacional (Acuerdos de Dayton, por ejemplo, de diciembre de 1995) en función de sus intereses y beneficiando al bando más dispuesto a comportarse en función de sus “valores” y prácticas político-económicas: las del mundo occidental, que es el que, dirigido y encabezado por Estados Unidos, se apropió mayoritariamente de esta nueva modalidad (las OIP) de “gestión de crisis” y “resolución de conflictos”, bajo rótulos propagandísticamente atractivos: injerencia humanitaria, estabilización, reconstrucción, responsabilidad de proteger, etcétera. 

De esos polvos, vienen estos lodos, el lodazal de un Afganistán al que política, económica y culturalmente se ha pretendido occidentalizar a marchas forzadas. No fue suficiente para el orgullo y la ira estadounidense (septiembre-diciembre de 2001) haber desbaratado a al-Qaeda, obligándola a refugiarse en Paquistán y otros lugares y tener que subsistir desde entonces a base de “franquicias” e imitadores a lo largo y ancho del mundo. No fue suficiente haber derrotado y expatriado al Emirato Islámico talibán. No fue suficiente para vengar a los tres mil muertos y más de veinticinco mil heridos del 11-S. Había que imponer a los afganos “nuestros valores”, nuestra cultura y formas de vida y nuestro sistema político-económico (la democracia liberal capitalista: complejo Fukuyama). Había que forzar sus mentes y cambiar sus mentalidades. Manu militari.

Y de paso, hacerse con el centroasiático Afganistán, magnífico pivote geoestratégico colindante con China (y su Xinjiang) e Irán; con el problemático Paquistán y su secular enfrentamiento con la imprevisible India; y con los países exsoviéticos asiáticos todavía bajo influencia residual rusa. 

Había que imponer a los afganos “nuestros valores”, nuestra cultura y formas de vida y nuestro sistema político-económico

¿Sería posible la Ruta de la Seda con un Afganistán neocolonizado por Estados Unidos y la OTAN? 

Pero no ha sido posible porque no era posible. Porque Afganistán era un país pobre (unos quinientos dólares de renta per cápita) y mayoritariamente rural (entre el 70% y el 90% de la población, según distintas fuentes utilizando diferentes parámetros) y en cuestiones de desarrollo económico no se pueden quemar etapas. Y era un país atrasado (el analfabetismo alcanza al 50% de la población) y el progreso tiene sus ritmos: suele ser un problema de generaciones y cuando se intenta forzarlo desde fuera, las primeras generaciones que reciben la presión se revuelven y se consigue el efecto contrario. Y era (y es) un país históricamente ingobernable (en el sentido moderno occidental de gobernanza) e incontrolable (ni británicos ni soviéticos lo consiguieron nunca).

Y porque los afganos eran (y siguen siendo) una población tradicional, con su pashtunwalis como catecismos éticos y sociales. Y eran (y siguen siendo) profundamente islámicos, reacios a cualquier intento de regeneración modernista impía. Un solo dato, en todos los años de “democratización occidentalizadora” solo el 10% de los casos se resolvieron a través de los escasos órganos (judiciales y políticos) del (nuevo) Estado afgano patrocinado por la ONU y protegido por Estados Unidos y la OTAN, el 90% restante mediante sometimiento voluntario a los órganos de la justicia tradicional islámica local.

Los afganos son profundamente islámicos, reacios a cualquier intento de regeneración modernista impía

Y porque los neotalibanes también son afganos, hermanos con los que se puede combatir a muerte si hace falta porque son de diferente etnia, de diferente clan, de diferente valle o de diferente escuela religiosa, pero que, frente al extraño, al extranjero, frente al no-vecino, seguían siendo sus hermanos (identitarismo). Desde el planteamiento informativo occidental, siempre se ha querido presentar, durante todos estos años, la Guerra de Afganistán como una contribución a la liberación del pueblo afgano, negándole, así, a los neotalibanes su condición de tales y, por tanto, su derecho a ser parte de la solución en un conflicto entre afganos. 

Y porque, en última instancia, los supuestos beneficios, las razones explícitas (derechos humanos, democratización política, igualdad social, etc.) siempre quedaron subordinadas a las implícitas (subordinación política, presencia militar, explotación de recursos, creación de mercados, etc.)

Estados Unidos, arrastrando a la OTAN (y, en gran parte, a la ONU también) cometió el clásico error estratégico de no recordar a Clausewitz cuando nos alertaba de que “un conflicto armado no puede considerarse acabado (ganado) hasta ʽhaber quebrado la voluntad adversaria’, es decir, hasta haber destruido, más que su capacidad física (de lucha), su voluntad anímica (de seguir luchando)”. Es la trampa de saberse poderoso, el más poderoso, de creer que realmente se ha llegado al “final de la historia de las ideas políticas” y a creerse imbuido del “destino manifiesto” de forzar un mundo a su imagen y semejanza.

Un conflicto armado no puede considerarse acabado (ganado) hasta haber destruido, más que su capacidad física (de lucha), su voluntad anímica

Cuando se quiso rectificar el error mediante conversaciones y negociaciones (quizás porque, por fin, alguien volvió a acordarse en Washington de Clausewitz) ya era demasiado tarde. En junio de 2013 y con el 40% del territorio afgano controlado por el Emirato Islámico neotalibán, este abre oficialmente una Oficina Política en Doha (Catar) para iniciar conversaciones como consecuencia del cambio de actitud de Estados Unidos y la OTAN, que en 2010 habían inaugurado una llamada Fase de Transición de las operaciones, consistente en dos grandes cambios significativos: ir pasando progresivamente la responsabilidad de los combates al Ejército Nacional Afgano y a la Policía Nacional Afgana (Inteqal) e iniciar conversaciones (se acabarán transformando en negociaciones) con el Emirato Islámico neotalibán, a las que posteriormente y de modo intermitente se unirá a veces el Gobierno afgano de Kabul, como tercer interlocutor.

Debido a la manifiesta ineficacia del Inteqal, Estados Unidos y la OTAN, cada vez más conscientes de que la guerra se está perdiendo (aunque nunca se llegue a reconocer oficial y públicamente), inicia en 2015 una Fase de Transformación, en la cual la operación contraterrorista estadounidense Libertad Duradera (Enduring Freedom) se transforma en Centinela de la Libertad (Freedom Sentinely, de menor entidad) y la de estabilización y reconstrucción de la OTAN ISAF en Apoyo Decidido (Resolute Support, también de menor entidad).

El edificio se estaba derrumbando y tras una ofensiva relámpago, los neotalibanes entran en Kabul el 15 de agosto de 2021

En enero de 2019 se consigue un primer acuerdo por el que se establece un plazo máximo de 18 meses (hasta junio de 2020) para la retirada de las tropas estadounidenses e internacionales, mientras el Emirato se comprometía a negociar un alto el fuego, a su incorporación a algún tipo de “gobierno en funciones” futuro y a no permitir actividades en Afganistán de organizaciones terroristas (alusión a al-Qaeda y a la versión afgana del ISIS, el Califato Islámico de Jurastán). Y, en febrero de 2020, se alcanza el llamado “Acuerdo para llevar la paz a Afganistán”, por el que se retrasa la retirada de fuerzas internacionales a mayo de 2021. Tampoco se cumplirá, pero el edificio se está derrumbando y tras una ofensiva relámpago, los neotalibanes entran en Kabul el 15 de agosto de 2021. 

Puede que todo esto les suene a muchos a análisis e interpretación interesadas, pero creo que el final de esta película (mayo-agosto de 2021) se puede entender mejor a través de ellas -a pesar del billón de dólares gastados (solo Estados Unidos) y de las casi cuatro mil bajas militares occidentales en aquellas tierras durante los veinte años que duró- que de la historia de los buenos samaritanos dispuestos a darlo todo por la pacificación y el progreso afgano.

El fracaso en Afganistán