martes. 23.07.2024
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Miembros de la Comisión Europea, con su presidenta a la cabeza, durante la visita oficial a EEUU el pasado 20 de octubre.

Seis semanas de guerra en Gaza. Seis semanas de muerte, horror y odio. Para la gente que aún sobrevive entre los escombros, nada volverá a ser como antes. Contrariamente a otras operaciones de castigo israelíes, esta vez la vida seguramente no dará otra oportunidad.

Los dirigentes occidentales, que desean liberarse cuanto antes y con el menor daño posible de esta apoteosis de destrucción y dilemas morales y políticos, permanecerán atados a sus efectos por mucho tiempo. Los analistas y estrategas tratan de anticipar cómo quedará la región al terminar el conflicto. No hay una respuesta clara. El optimismo de la manida máxima “en cada crisis hay siempre una oportunidad” no es compatible con Oriente Medio, donde domina otra de significado contrario: “todo lo que puede salir mal, sale mal”.

Biden y su administración son los principales paganos políticos, hasta la fecha. La guerra les consume en una crisis que no esperaban

Biden y su administración son los principales paganos políticos, hasta la fecha. La guerra les consume en una crisis que no esperaban. Es el segundo revés decisivo en su diseño de política exterior. Ya tuvieron que abandonar la centralidad del pulso con China, para atender la urgencia de Ucrania. La guerra en el Este de Europa no ha salido bien, en la medida en que se prolonga y no se avista un final claro y mucho menos pronto. Los arsenales americanos -igual que los europeos- están exhaustos. No se produce al ritmo e intensidad que la guerra demanda.

Lo que menos necesitaba Biden y su administración plagada de liberales intervencionistas era una guerra en la región más enrevesada y complicada como es Oriente Medio. El apoyo de primera hora a Israel está resultando caro, en términos estratégicos y políticos.

Estratégicos, porque debilita el compromiso de Estados Unidos en otros frentes de conflicto, se quiera o no reconocer públicamente. Biden cometió un error al unir estos dos conflictos en su patriótico mensaje a la nación. Se trató en realidad de una treta: sabedor de que el apoyo republicano a Ucrania se resquebraja y se escamotea la provisión de fondos, vinculó este esfuerzo al salvamento de Israel frente a lo que se presentó exageradamente como nueva amenaza a su existencia. El intento fue fallido. Los republicanos le devolvieron el truco, pero con otro sentido: para ayudar más y mejor a Israel, quizás habrá que rebajar el apoyo a Ucrania. En un pacto “in extremis” en el último voto presupuestario en el Congreso, se excluyen las dos. En los últimos días álgidos de la guerra fría, Washington se había asegurado poder afrontar “dos guerras y media”. Pero esos tiempos hace tiempo que pasaron. Hoy la superpotencia no puede asimilar ese dobles desafío a “comer chicle y caminar”.

El desgaste político es más doloroso, por dos razones: el plazo de pago es casi inmediato (apenas un año, con las elecciones) y la cuantía, inesperada e inoportuna. Para un presidente en ejercicio como Biden, octogenario y visiblemente fatigado, ganar unas elecciones supone un esfuerzo mayúsculo. No le basta con fidelizar a los afines: le es imprescindible atraerse a los indecisos, a los volubles, a los escépticos.

Las encuestas predicen una tarea más difícil aún que en 2020, y ello a pesar de que el rival más probable es el mismo que el que fuera derrotado entonces. Trump, de confirmarse su triunfo en las primarias que empiezan dentro de apenas dos meses, vendría con una mochila mucho pesada, cargada de procesamientos judiciales, problemas financieros y rechazo reforzado de adversarios y neutrales. En un país “normal”, sería inverosímil un Trump 2.0. Pero Estados Unidos hace tiempo que dejó de ser un país “normal”. A pesar de las lecciones de democracia que sus dirigentes liberales se empeñan en impartir por el mundo, ese nacionalismo populista, ese supremacismo del movimiento MAGA (Make America Great Again) afecto a Trump domina hoy el discurso político.

Biden fue elegido hace cuatro años, en gran parte porque muchos ciudadanos identificados con un Partido Republicano “moderado” (más bien no extremista) vieron en el candidato demócrata una opción de urgencia. Pero desde entonces, el Great Old Party ha despreciado, marginado y finalmente laminado esa moderación. Sólo ciertos cargos ya envejecidos y en la rampa del retiro subsisten. La mayoría parece dispuesta a lo que sea para imponer sus agendas, como se vio en la batalla interna por el control de la Cámara.

Biden no se puede permitir perder un voto, ni propio ni prestado. Y las dos guerras le están haciendo perder los dos

En estas condiciones, Biden no se puede permitir perder un voto, ni propio ni prestado. Y las dos guerras le están haciendo perder los dos. Ucrania ya es una sangría electoral desde hace meses. Gaza empieza a serlo (1). Entre las bases demócratas hay una división creciente ante la guerra. Los progresistas, los jóvenes no aceptan la parcialidad del Presidente a favor de Israel. Biden ha “corregido el tiro”, con una actitud retóricamente compasiva hacia la población palestina, exigido por sus bases demócratas. Ya antes de la guerra, el sector más dinámico, más joven e interracial del partido reclamaba una política más ecuánime en Oriente Medio. La brutalidad de la actuación israelí tras el ataque de Hamas ha reforzado su posición (2).

Si esto no fuera poco, los árabes norteamericanos, pocos pero concentrados en estados clave en noviembre del próximo año, se han movilizado como nunca. Michigan es el más importante. Biden ganó allí, después de que Trump arrebatara este otrora feudo demócrata a Hillary Clinton en 2016. Allí se concentra buena parte del poder de los sindicatos del automóvil que acaban de ganar una huelga de varios meses, con el apoyo más bien simbólico de Biden.

De uno de los distritos de Michigan con mayor peso de la población árabe es representante en la Cámara Baja Rashida Tlaib, palestina de origen, que tiene a gran parte de su familia viviendo en Cisjordania. Esta diputada no suscribió una declaración de sus colegas parlamentarios en defensa de Israel y condena de Hamas, contrariamente a otros progresistas y compañeros de fatiga en el caucus progresista de la Cámara, que adoptaron una posición de equilibrio. Se da la circunstancia de que en el distrito de Rashida Tlaib hay también bastantes electores judíos, que se sienten indignados por sus posiciones políticas. En contraste, los árabes le han apoyado calurosamente. La guerra de Gaza ha encontrado en Michigan una potente caja de resonancia. Los encuestadores creen que si los árabes de Michigan no votan a Biden, éste puede perder el Estado y quizás las elecciones (3).

Biden intenta flexibilizar a Israel, convencerlo de que evite ataques contra hospitales como el de Al-Shifa, en el norte de Gaza

Biden intenta flexibilizar a Israel, convencerlo de que evite ataques contra hospitales como el de Al-Shifa, en el norte de Gaza, epicentro actual de las operaciones terrestres. Pero es muy difícil que lo consiga. Israel emite vídeos e información que presentan el hospital como uno de los centros operacionales de Hamas.

Los aliados europeos se encuentran en situación de parecidas urgencias. Macron, como suele hacer, ya ha cambiado el tono y temperatura de su discurso. La movilización ciudadana, a cuenta del antisemitismo, ha mantenido vivo el apoyo al “derecho de Israel a defenderse”. Pero la manifestación del domingo a favor de la comunidad judía no ha hecho disminuir el peso de la indignación por el martirio palestino.

En Alemania, se mantiene el consenso proisraelí. La memoria del Holocausto tiene la sombra muy alargada en el país. Pero la incomodidad por la masacre empieza a manifestarse en la izquierda, sin temor a que la ínfima minoría nazi o filonazi pueda aprovecharse de ello.

En Gran Bretaña, el regreso de David Cameron a la primera línea de la política, al frente del Foreign Office, viene acompañado de la patata caliente de las dos guerras. Su experiencia se valora, pero también se recuerda estos días sus errores de juicio como primer ministro, tanto en Oriente Medio como en las relaciones con Putin, aunque en este caso podría decirse lo mismo de sus coetáneos Obama y Merkel (4). Si Cameron es el caballo blanco de ese giro centrista que ha intentado el Premier Shunak para recuperar al electorado moderado, la apuesta es arriesgada. No parece que la política exterior sea hoy una ruleta favorable.

Seguramente, la guerra no cambiará nada en el escenario regional, como argumenta muy bien argumenta Steven Cook, experto en Oriente Medio del Consejo de Relaciones Exteriores, ya que los bandos se aferrarán a sus posiciones y sus aliados y/o protectores pondrán por delante sus intereses políticos, económicos o estratégicos (5). Pero el conflicto está generando facturas que se harán difíciles de pagar.


NOTAS

(1) “Biden is getting squeezed over Isralo-Hamas war. Will it cost the White House. MICHAEL COLLINS. USA TODAY, 14 de noviembre.
(2) “The longer and bloodier the war, the harder it will be for the Democrat coalition”. THOMAS EDSALL. THE NEW YORK TIMES, 8 de noviembre.
(3) “Rashida Tlaib, censured by the House, is praised and condemned at home”. CHARLES HOMANS. THE NEW YORK TIMES, 13 de noviembre.
(4) “David Cameron is a big international figure, but what will he do as UK foreign secretary? PATRICK WINTOUR. THE GUARDIAN, 14 de noviembre.
(5) “This war won’t solvethe Israel-Palestine conflict”. STEVEN A. COOK. FOREIGN POLICY, 11 de noviembre.

La guerra de Gaza también se libra en Occidente