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sábado. 25.06.2022
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La mayoría de la gente demócrata y de la izquierda nos hemos alegrado de la derrota de Le Pen. Las consecuencias de su victoria hubieran sido nefastas en Francia, pero también en el conjunto de Europa y por supuesto de España. Dicho esto, y dado que en nuestro país estamos ya inmersos en procesos electorales, sería muy oportuno para la izquierda que sacáramos algunas enseñanzas de lo ocurrido en Francia, sin caer en simplificaciones y lugares comunes.

Es evidente que el mapa político francés tiene sustanciales diferencias con el nuestro: no hay partidos nacionalistas relevantes, se acentúa la debacle de los socialistas y del centro tradicionales, existen dos partidos en la extrema derecha y parece que se consolida una alianza de lo que podría ser la izquierda alternativa. Además, el sistema electoral francés es muy distinto al nuestro y muy discriminatorio para la mayor parte de las fuerzas políticas. Pero las corrientes de fondo que sacuden la sociedad francesa (y otros estados europeos), guardan muchas similitudes con lo que está pasando en nuestro país.

Para empezar, hay que subrayar que la izquierda española estamos perdiendo la batalla de las ideas, de los análisis y de las propuestas en el conjunto de la sociedad. Es cierto que a ello han contribuido de manera decisiva el control de casi todos los grandes medios de comunicación, incluido paradójicamente RTVE, por parte de los intereses de la derecha o si se quiere por una clara animadversión hacia la izquierda. Tan solo algunos periódicos digitales se sitúan claramente en el ámbito progresista. 

Lo malo es que en las redes sociales no están mucho mejor las cosas y eso sí que es realmente preocupante. Da la impresión de que no sabemos refutar de manera clara y creíble las innumerables fake news, las tergiversaciones y manipulaciones en temas que han calado en buena parte de la población relacionados con la inmigración, la violencia machista, el fraude en las prestaciones sociales, la integridad de los políticos, la presión fiscal, la educación laica y moderna o la necesaria convivencia y respeto a la diversidad territorial de España… 

La izquierda además estamos pagando ahora errores cometidos en el pasado (y que se siguen cometiendo) como renegar de la bandera constitucional, de la palabra y concepto de España e incluso de parte de nuestra historia o el antimonarquismo y el anticlericalismo de brocha gorda que seguimos arrastrando, permitiendo que la derecha aparezca como la primera y única interesada en la defensa de los intereses de nuestro país.

Por otra parte nuestra cierta pasividad ante la descalificación de los sindicatos de clase, no solo por la derecha sino también por parte de sectores de Podemos y de Izquierda Unida, está contribuyendo al crecimiento de la  derechización o en el mejor de los casos de la despolitización de la clase trabajadora y muy en especial de jóvenes trabajadores, algo que se reflejó claramente en las elecciones autonómicas de 1919 en Andalucía y se repitió en Madrid el pasado año donde los barrios populares votaron masivamente a la derecha y extrema derecha.

Todos los progresistas deberíamos ponernos las pilas en el debate público, en la lucha social y preguntarnos (como hace mucho dijo Kennedy) ¿Qué puedo hacer yo para mejorar nuestro país?

La frustración de las expectativas abiertas en torno a las movilizaciones del 15 M y la masacre de cuadros y lideres que se ha ido sucediendo en la breve y convulsa historia de Podemos, nos ha dejado a la intemperie a mucha gente que confiamos en las posibilidades que se habían abierto y han hecho estragos en millones de personas que pensaban que realmente era posible un cambio político y social en España. 

Y a ello hay que añadir la cada día mayor falta de impulso de las organizaciones de base del PSOE y la limitada capacidad de comunicación y de movilización de las nuevas generaciones de dirigentes socialistas.

El gobierno de coalición PSOE – Unidas Podemos, que ha tenido que lidiar con tremendos problemas y dificultades, ha logrado salir adelante de forma bastante satisfactoria a pesar de la durísima agresividad de la oposición y de las tensiones con sus aliados nacionalistas. Pero que esto sea así, no puede generar espejismos de que el éxito este asegurado, como apuntan las ultimas encuestas o las elecciones en Castilla León (siendo esta una Comunidad con un perfil tradicionalmente conservadora). 

Tengo mis dudas de que Pedro Sánchez y su gobierno sean plenamente conscientes del paulatino giro ideológico de nuestro electorado y sobre todo del deterioro de la imagen del gobierno y del malestar favorecedor de la abstención. Y eso no se combate con meros slogans “antifascistas” o tachando de fascistas a todos los votantes de VOX o a todos los que se manifiestan en la calle contra el gobierno, que ante todo están hartos de lo que consideran las políticas de la izquierda.

Como tampoco creo que sea suficiente la buena gestión y valoración social de Yolanda Diaz (que comparto plenamente), pero que no tiene detrás de ella un partido, organización o alianza para rentabilizar electoralmente su trabajo, su talante y sus propuestas. 

En este contexto la irrupción de Feijoo al frente del PP, no debe despacharse con simplezas del tipo, “que es más de lo mismo”. No lo es. Tuve ocasión de tratarle en los años 90 y desde luego no es un reaccionario, ni un indocumentado como Casado. Es posible que tarde un tiempo en aterrizar en la política estatal y hacerse con los mandos de la nueva situación del PP, pero es un rival de mucha talla, que la izquierda haríamos muy mal en infravalorar.  

Llegados a este punto y antes de que sea tarde, todos los progresistas deberíamos ponernos las pilas en el debate público, en la lucha social y preguntarnos (como hace mucho dijo Kennedy) ¿Qué puedo hacer yo para mejorar nuestro país?

Francia no está lejos de nosotros