viernes. 14.06.2024
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Es costumbre que los partidos políticos españoles se planteen las elecciones europeas como una especie de segunda vuelta de las generales, intentando centrar el debate en cuestiones domésticas. Así, el PP dice que estas elecciones son un referéndum contra la amnistía o bien una censura contra el gobierno. Es en vano porque las elecciones europeas no van de eso sino del rumbo que debe adoptar la UE en el próximo período. Además, después de las elecciones catalanes el asunto de la amnistía parece que ha perdido capacidad de movilización, como prueba el relativo pinchazo de la manifestación del 26 de Mayo, con la que el PP abrió campaña.

Los asuntos que centran la “conversación pública” es el rumbo que va a tomar la UE en estas elecciones y el papel de la ultraderecha en las instituciones comunitarias, dando por descontado que los ultras van a tener un crecimiento.

La convención de Vox el pasado 19 de mayo ha mostrado la fuerza de la ultraderecha, que reunió allí a los presidentes de tres importantes países (Italia, Hungría y Argentina) amén de líderes de varios partidos ultras, incluido un representante de Trump. Toda una demostración de fuerza que nadie debería ignorar. Ha sido un balón de oxígeno para Vox, un partido que venía dando síntomas de estancamiento cuando no de retroceso y división. Pero ha sido algo más.

El acto ha trastocado la campaña del PP, que estaba tan contento con el escaso protagonismo de Vox estos meses de atrás. Feijóo esperaba no tener que hablar de Vox, pero se ha encontrado con una mosca en la sopa: algo desagradable que no puedes ignorar. Y ha reaccionado con su torpeza habitual, diciendo una cosa y su contraria. Feijóo es como aquella señora que dudaba entre ponerse a servir o tomar criada. Al parecer y según su sesudo juicio, Meloni no es una ultra pero Abascal sí. No hay que pactar con Vox en Europa, pero sí en media España. Hace mucho tiempo que pienso que la derecha tiene los rumbos perdidos.

Como siempre ha sido Aznar el que ha dado la consigna. Ahora resulta que Vox es el principal aliado de Sánchez porque Vox divide el voto de la derecha. Con un par. Es enternecedor escuchar a un veterano periodista, antaño miembro destacado del “sindicato del crimen”, explicar que el discurso de Abascal es el mismo que hacían Blas Piñar y Girón en la transición. Lo que estos patriotas proponían era que, en lugar de traer una democracia, se debía seguir con la dictadura franquista, eso sí, sin Franco, muerto a la sazón. Los ultras de entonces cosecharon tan estrepitoso fracaso en las primeras elecciones democráticas que se eclipsaron incorporándose al PP donde disfrutaron de gabelas y mamandurrias con cargo al erario público. Con estos antecedentes, el PP asegura que Vox es un partido constitucionalista y ese es el basamento para el pacto PP–Vox en ayuntamientos y CC AA. Cuándo y cómo los post franquistas, continuadores de Blas Piñar y de la Falange, se han convertido en constitucionalistas es un misterio insondable. Consultaremos con las clarisas de Belorado.

En Europa, la ultraderecha en ascenso plantea el fin del consenso socialdemócratas-conservadores-liberales que ha sido fundamental desde la creación de la UE

En Europa, la ultraderecha en ascenso plantea el fin del consenso socialdemócratas-conservadores-liberales que ha sido fundamental desde la creación de la UE. Como la UE se ha construido a partir de los Estados existentes en Europa Occidental tras el fin de la II GM, el entendimiento entre Estados implicaba el entendimiento entre los partidos políticos gobernantes en esos estados. Así es que la negociación y el acuerdo entre los principales partidos gobernantes ha sido la regla general en la UE. La impronta de la socialdemocracia en ese consenso ha sido lograr la aceptación del estado del bienestar por parte de todas las fuerzas políticas al punto que la Europa social es una seña de identidad de la UE que nos diferencia del resto del mundo.

La ultraderecha aspira a romper ese consenso, sacando a la izquierda de la ecuación para marcar un nuevo rumbo de la UE. Varios elementos marcan ese nuevo rumbo que los ultras quieren marcar. En primer lugar, la devolución de parcelas soberanía a los estados, de modo que la UE sea poco más que un mercado común. El Brexit tenía por objetivo desencadenar la descomposición de la UE. Fracasado ese empeño, ahora los ultra – nacionalistas (soberanistas) buscan desmantelar la unión desde dentro, desde el gobierno mismo de la UE. Es lo que se llama la renacionalización de las políticas europeas.

En segundo lugar, se trata de acabar con la “justicia social”, que, históricamente, se ha concretado en el estado del bienestar. Para hacer posible el desmantelamiento del estado del bienestar, primero hay que ganar la guerra cultural, atrayendo a la derecha tradicional a esas posiciones. La ultraderecha está embarcada en un guerra cultural contra la izquierda, guerra cuyo propósito más inmediato es atraer a la derecha tradicional a sus posiciones. Oyendo a Ayuso parece que los están logrando.

No es el único consenso que se quiere romper. Durante los últimos 40 años el marco conceptual en materia económica ha sido el neoliberalismo, un marco aceptado por  conservadores y socialistas. Pero la crisis que empezó en 2008 ha demostrado que ese marco se ha roto. La pregunta es ¿qué marco conceptual viene después del neoliberalismo? Un conocido economista señala que “el sistema no va permanecer como está: algo está a punto de cambiar”. Lo que no sabemos es qué paradigma sustituirá al neoliberalismo. La ultraderecha parece que sí lo sabe. Fracasado el neoliberalismo, quieren traer el ultra liberalismo, que implica un desmantelamiento del Estado en todo lo que no sea defensa, seguridad y poco más. Creo que eso no es viable y, en todo caso, para caminar en esa dirección necesitan acabar con la izquierda y en particular con los sindicatos. Es muy importante seguir de cerca el experimento argentino para ilustrarnos de qué va esto. Para empezar, en los seis primeros mese de Milei, las pensiones han perdido cerca de la mitad del poder adquisitivo.

En Europa, en particular,  no es tan sencillo ni aparece con tanta nitidez el intento de desguace del Estado.  Meloni, por ejemplo, opera con gran cautela a la espera de que el movimiento de la ultraderecha se fortalezca. Mientras tanto libra otras batallas culturales, como la lucha contra la inmigración. Dado el peso de la ultraderecha no parece que haya peligro inminente ni para el estado del bienestar ni para la democracia a corto plazo. Pero todo depende de qué rumbo adopte la UE.

En medio del ascenso de la extrema derecha hay algo a tener en cuenta: no forman un partido unido a escala europea

Mario Draghi, a quien han encargado una especie de diagnóstico de lo que hay que hacer, afirma con énfasis que la UE necesita un cambio radical porque los dos gigantes (EE UU y China) están muy por delante ya en la carrera por dominar lo que antaño llamábamos las nuevas tecnologías. Un cambio en el que el gobierno de la UE debe tomar el mando y señalar los sectores donde hay que actuar, invirtiendo lo que haga falta para recuperar el tiempo perdido. El cambio radical que promueve Draghi implica más integración europea, por ejemplo, levantando una industria europea de defensa, y acabando con la fragmentación nacional de los mercados más importantes. Exactamente lo contrario de la renacionalización y el ultra liberalismo que plantean los ultras. Dado el tamaño de la ultraderecha no es probable que impongan su agenda; pero pueden hacer abortar la agenda del cambio que promueve Draghi.   

Por eso es importante no solo la composición de los órganos de gobierno de la UE, sino también qué orientación van a tener las políticas que se adopten en el futuro inmediato. El papel de la izquierda será negociar con liberales y conservadores un programa para este futuro inmediato. Es en torno a ese programa que se puede definir la participación de este o aquel partido ultra. En medio del ascenso de la extrema derecha hay algo a tener en cuenta: no forman un partido unido a escala europea. El denominador común de todos ellos es el ultra nacionalismo pero no europeo sino cada cual de su país. Y esa es una ventaja que debe aprovecharse por los que defienden una mayor integración europea.

Ante las elecciones europeas