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miércoles 18/5/22
blinken y michel
El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, junto a Antony Blinken, secretario de Estado de EEUU. (Foto:UE)

El 3 de septiembre de 1939, el Reino Unido y Francia declararon la guerra a Alemania, que hasta entonces solo estaba en guerra con la recién invadida Polonia (1 de septiembre), generalizando la guerra y empezando a convertirla en mundial.

De este sintético y descontextualizado comentario podría silogísticamente deducirse que los agresores en la Segunda Guerra Mundial fueron estos dos países: Reino Unido y Francia. Algo que no parece que ningún historiador medianamente serio esté dispuesto a aceptar, considerándose de forma prácticamente unánime, tanto por la historiografía como por la historiología, que la principal responsabilidad de que se acabase desencadenando una auténtica guerra mundial, fueron, en primer lugar, Alemania, y, en segundo, Japón, con sus agresivas políticas expansionistas.  

Esta disonancia es posible porque no se tiene en cuenta lo que podríamos llamar el “agresor geopolítico”: ese Estado, alianza/coalición o sujeto político, que, paso a paso, con sus actuaciones, va creando unas condiciones a partir de las cuales la guerra se hace inevitable o muy probable. No tiene porqué coincidir (aunque también puede coincidir) con el agresor material: el que declara la guerra o inicia las hostilidades (hoy día que las guerras ya no se declaran, se hacen).

Es un término, este de agresor geopolítico, muy relacionado con otro que parece habérsenos olvidado, pero que en su momento estuvo bastante en candelero y bastante criticado: el de la “ataque preventivo”, utilizado por Estados Unidos (y algunos aliados) para justificar sus invasiones afgana (2001) e iraquí (2003) y sus ataques en Libia (1986 y 2011). Un término, el de ataque preventivo, que intencionadamente se quería hacer pasar como una modalidad de “ataque anticipatorio” o derecho (legítima defensa) a iniciar el primer ataque ante la evidencia de un ataque inminente del supuesto enemigo o contrincante. Lo que resultaba inadecuado a todas luces en aquellas circunstancias, ya que ni Libia, ni Afganistán ni Irak tenían en sus respectivos momentos la posibilidad de agredir materialmente a Estados Unidos o la OTAN, ni por capacidad económico-militar ni por su distancia geográfica al gigante americano.

Hoy nos encontramos, sin duda, con un agresor material, Rusia, cuyas fuerzas irrumpieron el 24 de febrero de 2022 en el territorio controlado por y bajo la jurisdicción del Gobierno ucraniano. Una invasión difícilmente justificable como ataque preventivo o ataque anticipatorio en relación con Ucrania, que, si bien, mantenía una tensa situación de escaramuzas y combates y bombardeos de poca entidad en sus líneas de frente en el Donbás en manos de la Repúblicas secesionadas de Lugansk y Donetsk, no mostró, en los días o semanas previas a la invasión, especiales medidas preparatorias que permitieran deducir un probable e inminente ataque al territorio de estas dos citadas Repúblicas secesionadas protegidas por Rusia, no digamos a la propia Rusia.

Sin embargo, como ya es bien sabido y repetido, este conflicto intraucraniano es solamente una pieza más de un conflicto geopolítico de dimensiones prácticamente mundiales entre Rusia y el conjunto Estados Unidos/OTAN/Unión Europea. Y es en este ámbito, que también forma parte de la guerra en Ucrania, donde sería aplicable el concepto de ataque preventivo (que no anticipatorio). Un ataque de una potencia, Rusia, a uno de los territorios en litigio con su contrincante, Occidente, ante la progresiva inclusión en su alianza militar, la OTAN, de cuantos países conforman su frontera occidental europea. Inclusión iniciada en 1999 y continuada hasta ahora, cuando ya solamente Bielorrusia y Ucrania quedan por incorporarse. Haciéndole sentirse rodeada y acosada geopolíticamente y exacerbando su inseguridad y desconfianza hasta el punto de, con razón o sin ella, dar un puñetazo en la mesa, invadiendo Ucrania, para decir basta.

Efectivamente, en 1989-1991, cuando la Unión Soviética, el Pacto de Varsovia y la Europa central comunista se desmoronan, la OTAN estaba formada por 16 miembros y tenía como único cometido la defensa colectiva de los mismos frente a una agresión armada, especialmente de ese mundo comunista que en esos momentos desaparecía. Pero en vez de considerar que su misión estaba cumplida, decidió mantenerse viva y actuante, consciente del omnímodo poder que representaba en el mundo que estaba amaneciendo, en el que podría imponer su ideología liberal capitalista y su sistema jurídico-político democrático manu oecomomicae o manu militari.

Y en ese mismo año de 1991 (Cumbre en Roma), añade a su tradicional cometido de la defensa colectiva ante un ataque armado a sus miembros, los de la gestión de las crisis y la prevención de los conflictos que pudieran suscitarse en el mundo, presentándose como la única garantía posible de seguridad internacional. Y lo que hasta entonces definía como “defensa avanzada”, pasa a denominarse “presencia avanzada”. La Guerra del Golfo de 1990 será la primera muestra del nuevo orden a instaurar, no exactamente por la OTAN, pero sí por su cabeza hegemónica, Estados Unidos.

Con respecto a la Federación Rusa heredera de la Unión Soviética, los países occidentales se muestran inicialmente condescendientes, mientras sus financieros tratan de “ocuparla” económicamente a través de algunos dirigentes comunistas que, ante la debacle, se convierten en concienciados capitalistas, que acabarán siendo conocidos como “los oligarcas rusos” (si los millonarios son rusos son oligarcas, si son occidentales son magnates, financieros o emprendedores). Lo que no quita para que, contraviniendo el Acuerdo Gorbachov-Baker de 1990 (recientemente confirmado en 2020 tras desclasificación de documentos en Estados Unidos) o el Acta Fundacional OTAN-Rusia de 1997, en las que la OTAN se comprometía a no expandirse hacia el este, en 1999, Polonia, Hungría y la República Checa ingresan en la OTAN, estableciendo, así, la primera frontera terrestre directa entre ambos. Y lo que no quita para que, en 1995, la OTAN interviniese militarmente en Yugoslavia para trocearla, permitiendo que Bosnia-Herzegovina y Kosovo pudieran ejercer su derecho a la autodeterminación, mientras se le impedía a la República Srpska (los serbios de Bosnia-Herzegovina) respecto a ella.

En 2004, ingresan en la OTAN, no sólo Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia y Eslavonia, sino también Estonia, Letonia y Lituania, no ya países del área del Pacto de Varsovia, sino de la propia URSS. Rusia quedaba prácticamente cercada. En 2009 lo harán Albania y Croacia y en 2017 Montenegro. La OTAN ya cuenta con 29 miembros y con su propuesta de adhesión aprobada, pero aún no consumada, quedan Bosnia-Herzegovina, Macedonia y, sobre todo, Ucrania y Georgia, exmiembros de la URSS, con las que se completaría el cerco terrestre a Rusia por su oeste europeo y su sur caucásico.   

Pero, además, el caso de Ucrania es especialmente significativo, ya que en este país se han producido, en los últimos años (2004-2005, Revolución Naranja y 2013-2014, Euromaidan), sendas revueltas, comprobadamente alentadas y alimentadas por la OTAN y la Unión Europea, que han expulsado del poder a los gobiernos electoralmente elegidos paneslavistas del presidente Yanukóvich (2004-2005 y 2010-2014), partidarios de mantenerse en la Comunidad de Estados Independientes y aliados de Rusia, sustituyéndolos por gobiernos nacionalistas partidarios de incorporarse a la Unión Europea y la OTAN, aludiendo a la imperante corrupción de aquellos. Imperante corrupción que se mantuvo con los gobiernos de sus sustitutos, Yúschenko (2005-2010) y Poroshenko (2014-2019).   

Todo ello, mientras los países de la OTAN, y ella como tal, mantenían además contingentes expedicionarios en diferentes tipos de operaciones en Afganistán, Irak, Siria, el Cuerno de África, el Sahel, etcétera. Al mismo tiempo que Rusia era acusada de imperialista por intervenir en Siria, por defender a los paneslavistas de Georgia, Moldavia o Ucrania o por enviar paramilitares (Warner) a Malí, a los que se alude como mercenarios, mientras llevamos años sabiendo de la presencia de compañías paramilitares privadas occidentales en estos escenarios (Blackwater, la actual Academi, por ejemplo) a los que se alude no como mercenarios, sino como contratistas. Algo huele a doble rasero. 

Estos son los argumentos que nos llevan a sentir la necesidad de tener un concepto, llamémosle agresor geopolítico o de cualquier otra forma, que nos permita comprender que tan responsable de un conflicto armado, o guerra si se prefiere, es quien lo incita con sus actuaciones como quien lo inicia utilizando en primer lugar la violencia. Papeles que en la coyuntura bélica a la que nos enfrentamos en estos días parecen corresponder a la conjunción Estados Unidos/OTAN/Unión Europea, el de agresor geopolítico, y a Rusia, el de agresor material. Ambos igual de condenables.

Y para redondear la jugada, ahora en plena guerra, la Unión Europea decide abrir el procedimiento para que Ucrania, Moldavia y Georgia, los tres puntos más dolorosos para Rusia por sus relaciones históricas con ellos, puedan ingresar en la Unión Europea (¿cómo antesala de la OTAN?). Incomprensible. Más leña al fuego en el momento más inoportuno. No es que estos tres países o cualquier otro no tengan el derecho soberano de adherirse a las organizaciones internacionales que mejor crean. Son la Unión Europea y, en su caso la OTAN, las que por sensatez geopolítica y estratégica deberían declinar estas solicitudes para aminorar y no, por el contrario, incrementar, su responsabilidad geopolítica como agresor (geopolítico).

Saquemos conclusiones, si a enemigo que huye, puente de plata; también, a enemigo vencido, hagámoslo amigo.

El agresor geopolítico