De la “primavera camporista” al derrumbe con Isabelita
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Javier M. González desde Buenos Aires
Después de diecisiete años de proscripción, en 1973 asumió el poder en Argentina un nuevo gobierno peronista, en la persona de Héctor Cámpora. Los distintos gobiernos y dictaduras que se habían sucedido desde 1955, cuando Juan Domingo Perón fue derrocado, no pudieron cumplir la tarea de desperonizar el país. En la clase obrera, en la universidad y en la política seguía firme una identidad que iba más allá de la política. El peronismo era un sentimiento profundamente arraigado y que incluso tenía nuevos adherentes que no habían conocido a Perón.
La anterior dictadura militar (1966-1973) – cuyo último presidente de facto fue el general Alejandro Lanusse – se fue al grito de “se van, se van, y nunca volverán”. Pero antes de tres años los militares volvieron. Para entender el por qué es imprescindible hacer un repaso a lo que fue esa nueva experiencia peronista.
- Tercer gobierno de Perón: un giro hacia la derecha
- La antesala del golpe militar
- El Brujo López Rega y la Triple A
Los 1035 días que separan el 25 de mayo de 1973 (asunción de Cámpora) y el 24 de marzo de 1976 (el golpe) fueron de los más intensos y turbulentos que vivió la Argentina de las últimas décadas. En esos tres años escasos se sucedieron cuatro presidentes: Héctor J. Cámpora, Juan Domingo Perón e Isabel Martínez de Perón, más un interinato de 91 días de Raúl Lastiri entre los dos primeros. Cámpora estuvo 49 días ocupando la Casa Rosada; Perón, 263; e Isabelita, 632.
La dictadura que se había iniciado en 1966, con el general Juan Carlos Onganía, estaba agotada en 1973, con un país en situación prerrevolucionaria. El general Lanusse, presidente de facto que ocupaba en ese momento la Casa Rosada, tenía una vieja historia de animadversión con Perón. Había participado en un intento de golpe en 1951, durante el primer peronismo, y pasó cuatro años en cárceles comunes en la Patagonia. Pero ahora había llegado a la conclusión de que solo Perón podría detener el caos y la violencia en que vivía el país y poner la casa en orden. Por tanto, convocó elecciones, con la salvedad de que aspiraba a que Perón no fuera el candidato de su movimiento. Pero la jugada le salió mal.
Cuando Lanusse convocó las elecciones incluyó la llamada “cláusula de residencia”, estableciendo que cualquier candidato debía estar radicado en el país antes del 25 de agosto de 1972. Perón, que vivía en Madrid, no se quiso someter y eligió como candidato vicario a su delegado Héctor J. Cámpora, con la idea resumida en la consigna “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.
Dentista de profesión -ocupación que ejerció algunos años en la pequeña ciudad bonaerense de San Andrés de Giles-, Cámpora se destacó en toda su carrera política por una lealtad canina hacia Perón. Su adhesión incondicional lo llevó a presentar veintiún proyectos de homenaje al líder, a proponer que todas las plazas del país llevasen su nombre y a declarar que antes que “consecuente” era “obsecuente” (sumiso, adulador, servil). Fue presidente de la Cámara de Diputados entre 1948 y 1953 y delegado personal del líder exiliado en Madrid a partir de 1971.
A pesar de esa lealtad sin límites, el esquema no funcionó. A Perón no le gustó nada el rumbo que tomaba su gobierno. Insatisfecho ya desde la campaña, no participó en la misma ni fue a la asunción de Cámpora: “Yo iré después y el balcón será para mí”, dijo en alusión al balcón de la Casa Rosada, escenario de sus momentos más estelares. Pero el principal foco de conflicto fue el preponderante papel que había adquirido en el entorno de Cámpora lo que se conocía como la “Tendencia Revolucionaria”, es decir, la Juventud Peronista y Montoneros, junto a otros grupos menores, que intentaron arrinconar a la derecha peronista.
Lo que se conoció como la “primavera camporista” se inició el 11 de febrero de 1973, con la victoria en las elecciones de Cámpora y su vice, Vicente Solano Lima, un viejo dirigente conservador. Adquirió su mayor esplendor a partir del 25 de mayo, cuando asumió el nuevo gobierno, y entró en declive absoluto el 20 de junio, con los gravísimos incidentes en el aeropuerto de Ezeiza, donde la ortodoxia de ultraderecha peronista y Montoneros se enfrentan a tiros, frustrando la fiesta popular por el regreso de Perón, que tuvo que aterrizar en otro aeropuerto.
Nada describe mejor lo que se venía que una breve descripción del 25 de mayo de 1973, cuando Cámpora iniciaba su presidencia. Los dos grandes invitados internacionales, celebrados especialmente por la militancia, fueron el presidente de Chile, Salvador Allende, y el cubano Osvaldo Dorticós, presidente formal de Cuba, aunque Fidel Castro era el líder máximo de la revolución. También estuvo el presidente uruguayo, Juan María Bordaberry, que solo un mes después disolvió por decreto el Congreso, paso previo a la llegada de los militares al poder.
Cámpora leyó un largo discurso en el Congreso y después debía recorrer en automóvil la avenida de Mayo, que une el parlamento con la Casa Rosada, un trayecto de 1,7 kilómetros. La multitud que había tomado las calles lo hizo imposible y tuvo que ir en helicóptero. El escenario montado frente a la Casa Rosada para el discurso después de recibir la banda presidencial en el palacio fue asaltado por cientos de jóvenes, haciendo también imposible seguir con los planes previstos, por lo que él tuvo que hablar desde el balcón.
“Yo sé que ustedes querrían ver en este lugar y con estos atributos presidenciales al general Perón. Pues yo les aseguro que en este momento es Perón quien ha asumido el poder”, dirá el nuevo presidente. Los granaderos -guardia presidencial- lograron resistir la invasión de la catedral donde se celebró el tradicional Te Deum, pero al techo se subió una multitud que tenía vista privilegiada sobre la Plaza de Mayo.
La Casa Rosada apareció con pintadas que decían “Casa Montonera”. Jóvenes de la organización expulsaron del palacio a policías y militares, haciéndose cargo de la custodia del nuevo presidente. La Juventud Peronista también asumió la seguridad en la Plaza de Mayo. Y el previsto desfile militar se desechó por razones evidentes. Pero la jornada no había terminado.
Tras la desconcentración de la plaza, miles de militantes de las organizaciones armadas fueron hacia la cárcel de Villa Devoto, en el barrio porteño del mismo nombre, para liberar a los presos de sus organizaciones. Se quiso hacer efectiva la promesa de campaña de “ni un solo día de gobierno peronista con presos políticos”, sin esperar a que el Congreso aprobara su amnistía. Entre este penal y otros en el resto del país, fueron liberadas unas 1.500 personas que habían sido condenadas por delitos de terrorismo, más algunos delincuentes comunes que aprovecharon la oportunidad y se colaron.
Perón estaba en desacuerdo de una liberación general. Proponía soltar solo a quienes renunciaran a la lucha armada y entregaran sus armas. Según Juan Manuel Abal Medina, uno de los hombres que más próximo estuvo del general en los últimos años, y que publicó el libro Conocer a Perón, “no tiene sentido liberar a personas que, al día siguiente, van a estar disparando contra el gobierno”. Pero fueron liberados sin condiciones: ni alto el fuego ni entrega de las armas, lo que tendría consecuencias, como bien había temido Perón. En algunas calles ya había aparecido la consigna “el 25 en la calle, el 26 en la trinchera”. Es lo que hicieron los presos del ERP, que salieron formados y saludando con el puño en alto. La guerrilla trotskista consideraba que el peronismo representaba los intereses de la burguesía y del régimen capitalista argentino y antes de dos meses haría realidad su vuelta a la lucha armada.
En cuestión de días, el nuevo gobierno anuló por decreto la Cámara Federal en lo Penal, el popularmente llamado Camarón, que había juzgado los casos de terrorismo, suprimiendo todas las leyes penales especiales creadas durante la dictadura anterior. Y se destruyó el archivo de la Dirección de Investigaciones Políticas Antidemocráticas (DIPA). El ministro del Interior, Esteban Righi, en un discurso ante miembros de la Policía Federal anunció que se terminaba la época de reprimir al pueblo.
Candidatos afines a La Tendencia Revolucionaria fueron elegidos el 25 de mayo, entre ellos una serie de gobernadores que en mayor o menor grado simpatizaban con la izquierda del movimiento y que gobernaron en las que fueron conocidas como “provincias montoneras”: Oscar Bidegain (Buenos Aires), Ricardo Obregón Cano (Córdoba), Alberto Martínez Baca (Mendoza), Jorge Cepernic (Santa Cruz) y Miguel Ragone (Salta). En el caso de la provincia de Buenos Aires, tres de los seis ministros provinciales y más de la mitad de las secretarías que dependían directamente del gobernador pertenecían a Montoneros. Esta influencia fue muy bien estudiada por el politólogo argentino Damián Antúnez Harboure, en su tesis doctoral en la Universidad de Salamanca, que tituló La Tendencia Revolucionaria del peronismo en los gobiernos provinciales. Todos estos gobernadores irán cayendo a lo largo de 1974, cuando sus provincias fueron intervenidas por el gobierno central.
La izquierda peronista tuvo en el Parlamento 8 diputados y un senador. Y en el gobierno estaban muy cercanos los ministros del Interior (Esteban Righi), Educación (Jorge Taiana), y Relaciones Exteriores (Juan Carlos Puig). Pero donde tuvieron más presencia fue en cargos intermedios de distintos ministerios, universidades (rectores y decanos), medios públicos, y organismos y empresas del Estado. En la Universidad de Buenos Aires (UBA), el rector Rodolfo Puiggrós rebautizó la institución como Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires y declaró que los nombramientos que había realizado eran “puestos de lucha”.
La toma de fábricas, dependencias oficiales, universidades, escuelas secundarias, medios y empresas públicas y hasta de hospitales, se generalizó a partir de ese momento. Era una forma de ocupar espacios de poder, disputándoselo a la derecha peronista y los restos de la dictadura saliente, promoviendo la revolución desde dentro del Estado a través de una gestión militante. Aunque también la derecha protagonizó tomas, con la excusa de combatir “la infiltración marxista”.
En el exilio, Perón había coqueteado con un acercamiento a la izquierda, exhibiendo un discurso revolucionario. Llegó a hablar del socialismo nacional, como nueva versión del peronismo, que presentaba como una actualización doctrinal. Un discurso que fue música celestial para los oídos de los jóvenes radicalizados. Llegó a decir que “la única solución era la de liberar el país tal como Fidel Castro libertó al suyo”. Habló, además, de “trasvasamiento generacional” y elogió a las “formaciones especiales”, un eufemismo para nombrar a los grupos armados. En su Mensaje a la Juventud, en 1971, afirmó: “Tenemos una juventud maravillosa, que todos los días está dando muestras inequívocas de su capacidad y su grandeza. Tengo una fe absoluta en nuestros muchachos que han aprendido a morir por sus ideales”.
A pesar de que Perón pudo regresar al país gracias a la lucha de estos jóvenes, sus ideas para esta nueva etapa no eran las mismas que había alentado en la juventud radicalizada. En una entrevista en Clarín dijo: “La violencia popular en la Argentina ha sido consecuencia de la violencia gubernamental de la dictadura militar y, naturalmente, todo nos hace pensar que, desaparecidos los sistemas de represión violenta y sus deformaciones hacia el campo de la delincuencia oficial, no tendrán ya razón de ser los métodos violentos que el pueblo puso en ejecución como elemento de defensa de sus derechos conculcados”.
La desconfianza de Perón con Cámpora se intensificó a medida que pasaban los días de su gobierno. El 12 de junio de 1973 recibió en su chalet de Madrid al veterano periodista argentino Armando Puente, que vivía en España desde hacía décadas, y al que solía recurrir para mandar algunos mensajes. En esa ocasión le dijo: “Estos aventureros marxistas están entrando en el gobierno. Este es un gobierno de putos [homosexuales] y aventureros.” Y esto a pesar de que en el gabinete él había impuesto a José López Rega (ver recuadro), su antiguo secretario/mayordomo en Madrid, y que el vicepresidente Solano Lima era un viejo conservador.
Por esos días, la cúpula montonera había dicho en una conferencia de prensa que su estrategia seguía siendo la guerra integral, “utilizando los más variados métodos de acción, desde la resistencia civil, pasando por las movilizaciones, hasta el uso de las armas”.
A fines de 1973, un documento interno de Montoneros puso sobre la mesa las diferencias de la organización con el propio Perón: “Hemos hecho nuestro propio Perón, más allá de lo que realmente es. Hoy está aquí, Perón es Perón y no lo que nosotros queremos […] La ideología de Perón es contradictoria con nuestra ideología porque nosotros somos socialistas. La conducción estratégica de Perón es unipersonal, es el conductor y nosotros los cuadros auxiliares. Eso es contradictorio con un proyecto de vanguardia en donde la conducción estratégica la ejerce una organización”. Pero el mismo documento alertaba del peligro de hacer explícito el conflicto entre la militancia de base, por el costo político que podía suponer.
Tercer gobierno de Perón: un giro hacia la derecha
Con el regreso definitivo de Perón al país, el 20 de junio de 1973, el poder de Cámpora se diluyó. Sobre todo, después de la masacre de Ezeiza, que impidió el reencuentro de Perón con la gente por los gravísimos incidentes armados entre las distintas facciones peronistas que lo esperaban. De la organización del acto se encargó la derecha peronista. Horacio Verbitsky en su libro Ezeiza afirma que miles de civiles armados ocuparon posiciones cerca del palco, por indicación del teniente coronel Osinde. Su principal objetivo era impedir que se acercaran al palco montado en la autopista de acceso al aeropuerto las columnas de la Juventud Peronista, la Juventud Universitaria Peronista, las FAR, Montoneros y otras agrupaciones menores.
Según Verbitsky, “FAR y Montoneros creían que la concentración de Ezeiza desequilibraría ante los ojos de Perón la pugna que los enfrentaba con la rama política tradicional y con los sindicatos. Cuando el expresidente observara la capacidad de movilización de la Juventud Peronista y las formaciones especiales [la guerrilla], que habían forzado al régimen castrense a conceder elecciones, se pronunciaría en su favor y le haría un lugar a su lado en la conducción. Solo debían repetir este 20 de junio el acto del 25 de mayo” [el día que asumió Cámpora].
Un mes después de estos sucesos, el teniente coronel Osinde conmemoró: “Los drogadictos, homosexuales y guerrilleros no pudieron triunfar, no tomaron el micrófono para difundir sus mentiras, no coparon el palco de Perón y Evita.”
Ese día se terminó la “primavera camporista”. Perón se instaló en una casa en Vicente López, en el conurbano bonaerense, donde se celebraron algunas reuniones del gabinete nacional. Es en este escenario y en una reunión de gobierno, que se provocó la renuncia de Cámpora. Isabelita, que no tenía ningún cargo oficial, encaró al presidente: “Doctor Cámpora, si estos disturbios prosiguen, no estamos dispuestos a tolerarlos. El general y nosotros también [López Rega], después de tantos años, hemos venido a Argentina, como él mismo lo dijo, para reunir a todos los argentinos. Si esta situación prosigue y no se le puede poner remedio, yo me lo llevo a Madrid”. El presidente no tuvo más remedio que presentar su renuncia. El dirigente sindical José Rucci, sintetizó lo que se venía: “Se acabó la joda”.
A la caída de Cámpora le sucedió un interinato que ocupó Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados – pero, sobre todo, yerno de José López Rega, el antiguo mayordomo de Perón en Madrid, que cada día tenía más poder. El cargo le correspondía al presidente del Senado, que fue oportunamente enviado a un viaje al exterior. Lastiri convocó nuevas elecciones y comenzó la labor de depurar el peronismo de Montoneros y otros grupos de la izquierda. Por órdenes de Perón, se dispuso la clausura de todos los ateneos, agrupaciones y unidades básicas que no fueran reconocidas oficialmente por el Consejo Nacional Justicialista, lo que significaba excluir a la Tendencia Revolucionaria. Al mismo tiempo se envió al Congreso el Proyecto de Ley de Prescindibilidad que se usó para limpiar la administración pública de los trabajadores vinculados a la izquierda -mismo recurso que utilizó después la dictadura. Y se impulsó la creación de otra Juventud Peronista: la JPRA (Juventud Peronista de la República Argentina), que despectivamente era conocida como “Jota Perra”. Poco después comenzará a actuar la Alianza Anticomunista Argentina, la organización parapolicial de extrema derecha conocida como Triple A.
Las nuevas elecciones consagraron a Perón con el 62 % de los votos en primera vuelta, llevando a su tercera esposa, María Estela Martínez, a la que todo el mundo conocía como Isabelita, como vicepresidenta. Cuando Perón entró por tercera vez a la Casa Rosada como presidente acababa de cumplir 78 años. Había vuelto del exilio gravemente enfermo. Informes médicos constataron un deterioro abrupto de su salud a partir de diciembre de 1972, antes de su regreso a la Argentina. Tenía insuficiencia cardiaca y otras dolencias, como pólipos en la próstata. Sus médicos españoles, Florencio Flórez Tascón y Antonio Puigvert, que además eran amigos personales, le aconsejaron prudencia. Tuvo al menos tres infartos en esos meses, lo que limitó su actividad y, al final, su lucidez.
No obstante, esta debilidad, Perón dedicó sus mayores esfuerzos a denunciar la infiltración de sectores de izquierda en el peronismo, respaldando a los sectores ortodoxos de derecha. “De la breve experiencia camporista no quedaba sino la nostalgia de los sectores radicalizados de la izquierda”, escribió Liliana De Riz en Retorno y derrumbe. El último gobierno peronista (1981). Fueron muchas las advertencias de Perón a la juventud revolucionaria. Una de las más recordadas se produjo tras los acontecimientos de Ezeiza: “A los enemigos, embozados, encubiertos o disimulados, les aconsejo que cesen en sus intentos, porque cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento”.
En diciembre del 73, el ministro del Interior, Benito Llambí fue también transparente: “No hay fronteras para el terrorismo, el crimen alevoso y la subversión. No habrá fronteras para reprimirlos y erradicarlos.” Pocos días después, Perón reunió a los diputados de la Tendencia, que no estaban dispuestos a votar la reforma del código penal que endurecía las penas para la portación de armas, las acciones armadas y creaba nuevas figuras delictivas. Ante las cámaras de televisión, que transmitieron en directo el encuentro -cosa que no esperaban los diputados rebeldes- les dijo: “Nosotros vamos a proceder de acuerdo a la necesidad, cualesquiera sean los medios. Si no tenemos la ley, el camino será otro y les aseguro que, puestos a enfrentar violencia contra violencia, nosotros tenemos más medios para aplastarlos y lo haremos a cualquier precio”.
El giro hacia la derecha de Perón fue inequívoco y se actuó en todos los campos. Se cambió la Ley Universitaria, volviendo a la antigua de 1947, en el primer peronismo, que suprimió la autonomía universitaria, clausuró los centros estudiantiles y prohibió las actividades políticas. Antes de la aprobación de la ley, el peronismo ortodoxo denunciaba la “infiltración marxista” a través de estudiantes, profesores y autoridades universitarias, que fueron desplazados.
El 1º de mayo, exactamente un mes antes de su fallecimiento, se produjo la ruptura definitiva de Perón con la izquierda de su propio movimiento. Los Montoneros le habían tomado la palabra a Perón que un año antes se había comprometido a comparecer en esa misma fecha en la Plaza de Mayo para consultar al pueblo si estaba conforme con su gobierno. En medio de un griterío que impedía que Perón siguiera con su discurso, las columnas montoneras que ocupaban la mitad de la Plaza de comenzaron a cantar consignas cada vez más provocadoras, dirigidas directamente al presidente y a Isabelita: “Qué pasa, general / que está lleno de gorilas el gobierno popular”; “No rompan más las bolas / Evita hay una sola” (ofendiendo a Isabelita); “No somos putos / no somos faloperos / (drogadictos) / somos soldados de FAR y Montoneros; o “Perón, Evita / la patria socialista”. Del otro lado de la plaza, los sectores ortodoxos, especialmente los sindicatos, respondían con sus propias consignas.
La paciencia de Perón alcanzó su límite y defendiendo enfáticamente a los sindicalistas, a los que calificó de sabios y prudentes -pero que la izquierda consideraba burocráticos y traidores- afirmó: “Hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más méritos que los que lucharon durante veinte años. No me equivoqué en la calidad de la organización sindical que se mantuvo a través de 20 años pese a esos estúpidos que gritan”.
La reacción fue inmediata. El dirigente montonero Horacio Mendizábal dio la orden de retirada, vaciando la mitad de la plaza. En su retirada, los militantes entonaron nuevas consignas, aún más hirientes para Perón: “Aserrín, aserrán / es el pueblo el que se va”, o “Vea, vea, vea / qué manga de boludos / votamos a una muerta, una puta y un cornudo”.
Si este fue el aspecto más dramático de la breve tercera presidencia de Perón, no fue menor el fracaso del pacto social, que no llegó a funcionar cabalmente y que tenía en la izquierda un rechazo total, al considerar que se trataba de un acuerdo entre los explotadores y los traidores de los sindicatos. Los trabajadores peleaban por mantener al menos su nivel de ingresos, mientras que la mayoría de los empresarios se saltaban los acuerdos de precios. El país enfrentó graves problemas de desabastecimiento. La crisis del petróleo del 73 provocó un fuerte aumento en los productos de importación y aceleró la inflación. Otro golpe significativo que tuvo que asumir el gobierno fue la decisión de la Comunidad Económica Europea de prohibir la compra de carnes argentinas por el brote de fiebre aftosa. El pacto social y la política de concertación de precios y salarios ya fue insostenible, pero los efectos más duros empezarían con el gobierno de Isabelita.
Con el fallecimiento del viejo caudillo, el 1 de julio de 1974, se inició la fase más dramática del tercer peronismo. Es el momento de Isabelita y, sobre todo, de José López Rega, que ejercía una fuerte influencia sobre la nueva presidenta, a la que nadie consideraba con cualidades para ejercer el cargo. Tenía 43 años y nula experiencia política, más allá de que vivió muchos años junto a Perón y que, incluso, fue enviada por su marido a la Argentina mientras él estaba en el exilio, para poner orden en el movimiento. Pero lo que realmente hacía y le gustaba era jugar a las cartas y salir de compras por Madrid con su amiga Pilar Franco, hermana del dictador español. El pronto deterioro de las variables económicas y la violencia política aún más acentuada, marcaron esta época.
La antesala del golpe militar
Tanto ERP como Montoneros relanzaron su ofensiva armada, lo que llevó al gobierno en noviembre de 1974 a decretar el estado de sitio, que se mantuvo durante el resto del gobierno peronista y toda la dictadura, hasta 1983. La ola de secuestros y atentados llevó al gobierno a dictar dos decretos en el año 75, que suponen la definitiva intervención de los militares en la represión. El primero, en el mes de febrero, ordenó al Ejército llevar a cabo las operaciones necesarias para “neutralizar o aniquilar” la guerrilla en la provincia de Tucumán, donde había un foco rural del ERP. Se usaron 3.000 efectivos para acabar con unos 90 combatientes guerrilleros. El segundo decreto, del mes de octubre, extendió las operaciones a todo el país, insistiendo en el término aniquilar. El día de Navidad de ese año, el general Jorge Rafael Videla, entonces comandante del Ejército, lanzó una arenga con aires de ultimátum al gobierno. Aseguró que al Ejército le asistía el “justo derecho” que le concedía la sangre derramada por sus “hijos héroes y mártires”. Exactamente tres meses después, el 24 de marzo siguiente, se produjo el golpe.
La inestabilidad política era tal que en la gestión de Isabelita hubo 6 ministros del Interior, 6 de Economía, 5 de Defensa y Bienestar Social, 4 de Justicia y Relaciones Exteriores y 3 titulares de la cartera de Trabajo. Además, se sucedieron tres comandantes generales del Ejército, y cinco secretarios de Prensa y Difusión.
Ninguno de los ministros de economía tuvo éxito en ordenar las cuentas y la inflación. Entre ellos pasó a la historia Celestino Rodrigo, que solo duró dos meses en el cargo, pero que lanzó un paquete de medidas, conocido como el “rodrigazo”, letal para la población: decretó una mega devaluación del 160 %, aumentó los servicios públicos y el transporte en un 100 % y los combustibles un 180 %. Los salarios, por el contrario, solo subieron un 80 %. La fuerte oposición sindical acabó con el ministro y con el que había sido su padrino político, el todopoderoso José López Rega. El año 1975 terminó con un 300 % de inflación y el “rodrigazo” destruyó salarios y reservas.
La frágil salud de Isabelita no ayudaba políticamente. Pasó largos períodos convaleciente y muchas reuniones de gabinete se hicieron en su dormitorio. El 13 de septiembre de 1975 se alejó durante 34 días de la presidencia. Pidió una licencia y viajó a la provincia de Córdoba, acompañada por las esposas de los tres comandantes en jefe -dos de ellos serán los mismos que poco después le darán el golpe- y solo volverá el 17 de octubre.
En ese lapso quedó al frente del país el presidente provisional del Senado, Ítalo Luder, que tomó la decisión trascendental de dictar el nuevo decreto que extendía a todo el país la orden a los militares para que aniquilaran la subversión. Lo hizo un día después de que Montoneros atacara un regimiento de infantería en la provincia de Formosa, el segundo en poder de fuego de todo el país. Fue la operación guerrillera más espectacular en la historia argentina, en la que debutó el Ejército Montonero con su uniforme azul. Hubo presiones en ese período para forzar la renuncia de la presidente y que Luder asumiera en su lugar, pero pudo más la lealtad: “Yo no voy a ser el traidor de la señora de Perón”, les dijo a quienes lo sugerían.
En vísperas de la Navidad del 75 se produjo un amotinamiento de un sector de la Fuerza Aérea que lanzó un bando golpista y secuestró al jefe de la fuerza, brigadier Fautario, que no estaba por romper el orden institucional. La crisis se saldó momentáneamente con el desplazamiento de Fautario. El brigadier intentó entrevistarse con la presidenta, que no lo recibió. Entonces le dejó un escrito en el que le advertía: “Cuídese, señora, porque a usted la van a echar en marzo.”
La soledad política en los últimos meses de gobierno de Isabelita fue total. La presidenta estuvo sostenida solo por un mínimo entorno. Seis meses antes del golpe, un cable secreto del embajador norteamericano Robert Hill a su gobierno, informaba: “El poder político real no reside más en la presidenta. A esta altura, si se queda como presidenta o no es una cuestión casi de interés académico”. Al final, hasta el Fondo Monetario Internacional (FMI) le soltó la mano. Se había comprometido a otorgar una ayuda de 85 millones de dólares, correspondiente a una línea de facilidades petroleras, y otros 135 millones para compensar la caída en el precio de los productos de exportación, pero un mes antes del golpe anunció que no daría un paso más hasta que no se aclarase el panorama político institucional. Inmediatamente después del golpe el Fondo liberó 126 millones y anunció su disposición para “colaborar estrechamente” con el gobierno de la dictadura.
A la crisis militar se sumó la CGT (Confederación General del Trabajo) que principios de julio le hizo el primer paro a un gobierno peronista. Y poco más de un mes antes del golpe, fue el sector empresario el que realizó un paro patronal con un alto acatamiento. Dos días antes del lock-out empresario, los dirigentes de la patronal exigían la “rectificación total de la filosofía política, económica y social que ha llevado a nuestra Argentina al borde del caos”.
Los mil días largos que duró esta tercera experiencia peronista terminó dramáticamente, después de haber recibido un impresionante respaldo en las urnas. Pero lo que se vino después no fue algo excepcional en la historia argentina. Para la historiadora Marina Franco, hay un ciclo represivo más amplio que no empezó en 1976: “El período 1973-1976 debe ser entendido como parte de un continuo que, con cambios y discontinuidades importantes, forma parte de una escalada de medidas de excepción estatal iniciada como mínimo con la dictadura de la ´Revolución Argentina´ (1966-1973)”.
El Brujo López Rega y la Triple A
Hijo de inmigrantes gallegos, José López Rega afirmaba haber llegado a este mundo el 17 de octubre, fecha de nacimiento del peronismo, aunque es un dato incomprobable. Durante el primer peronismo llegó a cabo de la policía federal y ejerció tareas de vigilancia en la residencia presidencial, destruida después del golpe del 55 y que estaba donde hoy se encuentra la Biblioteca Nacional. Cantante aficionado, el Brujo, como era conocido, estaba interesado en la astrología, el esoterismo y el ocultismo, entró en la secta Anael, donde se hacía llamar Daniel. Cuando el cadáver de Evita fue devuelto a Perón, que todavía vivía en Madrid, hacía ceremonias con su cuerpo embalsamado para traspasarle los poderes a Isabelita. La historiadora María Sáenz Quesada que escribió una biografía con el nombre de La primera presidente, recoge versiones tremendistas que decían que “ordenaba a Isabel acostarse sobre el ataúd mientras encendía velas y musitaba palabras mágicas”. Actuaba en campo fértil, porque Isabelita había sido iniciada por su padre de crianza en el espiritismo.
Otra versión sobre el personaje, aportada por el ama de llaves en Puerta de Hierro, Rosario Álvarez, es igualmente inquietante: “López Rega hizo de todo para mostrarse útil y servicial frente a su amo. Le organizó sus cartas, su agenda, su medicina. Soportó su desprecio. Conoció sus debilidades. Al cabo de un tiempo, logró instalarse en una habitación de la residencia, al lado de la de ella. López pasaba muchas horas en la habitación de Isabel. Siempre decían, ´tenemos que trabajar muchísimo por el Movimiento Peronista´. Perón no les decía nada. Les tendría mucha confianza o no le importaba”.
López Rega conoció a la esposa de Perón en un viaje de ésta a la Argentina, en 1965, regresando con ella a Madrid. Inicialmente se instaló en una pensión de la capital española, pero luego empezó a ejercer tareas domésticas en la residencia de Perón en el barrio de Puerta de Hierro. Poco a poco aumentaron sus responsabilidades hasta convertirse en un secretario que ejercía incluso de guardián de acceso al líder. Perón se burlaba de él, le llamaba Lopecito frente a sus visitantes, pero su poder fue en aumento, a punto de participar -y entrometerse- en las conversaciones políticas del viejo líder. Al mismo tiempo seguía ejerciendo como mayordomo y hasta enfermero. Perón lo impuso como ministro de Bienestar Social en el gobierno de Cámpora, cargo que conservó en el de Perón y el principio del de Isabelita.
Juan Manuel Abal Medina, uno de los hombres que más cerca estuvo de Perón en los últimos años de su vida, vio cómo aumentaba el peso del Brujo en el gobierno: “Cuando más empeoraba la salud del general, más crecía la influencia de López Rega. En noviembre de 1972 [con Perón todavía en el exilio madrileño] López Rega no participó en ninguna reunión con contenidos políticos. Solamente entraba a esas reuniones para servir café. A fines de febrero de 1973 [poco antes de las elecciones que ganará Cámpora] ya participaba en las reuniones y manifestaba a todos sus ideas. En abril [Cámpora era presidente electo] ya se sentaba en el despacho de Perón e intervenía en las reuniones como uno de los dirigentes. López Rega se metía en todo y Perón se lo permitía”. Otro dato clave que aporta Abal Medina sobre la influencia desmesurada de López Rega, tiene que ver con la dependencia que empezaba a tener el viejo general para sobrellevar el día a día: “Qué suerte que tengo conmigo a este loco que es capaz de no dormir para cuidarme”, le dijo.
Fue en los sótanos del Ministerio de Bienestar Social que empezó a funcionar la temible Triple A, denominación que adopta una federación de bandas de derecha, con el objetivo de eliminar a la izquierda del peronismo. López Rega se reunía en el comedor de la Casa Rosada con el comisario Alberto Villar, jefe de la Policía Federal, asesinado por Montoneros en diciembre de 1974, para seleccionar a las víctimas. Hay versiones de que listas de funcionarios “con antecedentes marxistas” eran exhibidas con fotos a Perón y algunos de sus ministros. Al mismo tiempo circulaba libremente la revista El Caudillo, financiada por el ministerio de Bienestar Social, que llevaba como lema “El mejor enemigo es el enemigo muerto”.
Actuaban en la Triple A integrantes de la Policía Federal, miembros de la escolta presidencial y del ministerio de Bienestar Social, personal de la Secretaría de Inteligencia del Estado y bandas violentas de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y otros sindicatos. En el libro La Triple-A, su autor, Ignacio González Janzen, entrevistó a uno de estos pistoleros que integraban la seguridad de jefes sindicales, Alejandro Giovenco, que les dijo a fines de 1973 que la UOM tenía un pequeño ejército que “era tan fuerte como un batallón de infantería” y que estaban listos para “borrar a los bolches [bolcheviques, izquierdistas] del mapa”. Y añadió: los milicos [militares] ya nos dieron luz verde y la cana[policía] hace lo que nosotros queremos”. Tres meses después Giovenco murió cuando le explotó una bomba que llevaba en una cartera.
La primera acción conocida de la Triple A fue el atentado fallido contra el senador Hipólito Solari Yrigoyen (UCR), en noviembre del 73, aunque ya se puede trazar su origen en la matanza de Ezeiza, en junio de ese mismo año. Con la muerte de Perón, el 1 de julio de 1974, su actividad se vuelve frenética, contabilizándose un asesinato cada 9 horas entre julio y agosto; y se estima que en los 8 primeros meses de actividad asesinaron a 156 personas y más de 1.500 hasta el golpe de Estado. En abril de 1975, una larga huelga convocada por los sindicatos metalúrgicos en Villa Constitución acabó con la vida de 20 obreros asesinados por la Triple A.
Hacían, además, listas negras con artistas populares a los que daban unos pocos días para abandonar el país si no querían ser asesinados. Y no solo actuaban contra artistas abiertamente comprometidos políticamente. Alfredo Alcón, el gran actor de cine y teatro de la época fue amenazado y le dieron 24 horas para abandonar el país, con el argumento peregrino de haber representado alguna obra de Arthur Miller, que calificaban de judeomarxista.
El informe Nunca Más documentó al menos 600 asesinatos cometidos por esta organización, aunque su número puede ser mucho mayor; organismos defensores de los derechos humanos hablan de entre 1.000 y 1.500.
En mayo de 1974, siendo ministro de Bienestar Social, López Rega es ascendido de cabo 1º en retiro a comisario general de la Policía Federal. Muerto Perón, su influencia total sobre la presidenta incomodaba a todos, hasta que los militares la obligaron a deshacerse de él. El brigadier Héctor Fautario, jefe de la Fuerza Aérea en aquél entonces, le contará años más tarde al periodista Ceferino Reato: “Hubo coincidencia en que López Rega debía ser desplazado por una razón fundamental, nos parecía que estaba loco y que era muy peligroso, era un personaje nefasto para la presidenta, que era manejada por ese señor como luego lo fue por los gremios”. Fue enviado al exterior en una imprecisa misión diplomática, desembarcando en España con el subcomisario Eduardo Almirón, uno de los más eficaces pistoleros de la Triple A, que con el tiempo encontró trabajo como guardaespaldas de Manuel Fraga Iribarne. Caído definitivamente en desgracia huyó por distintos países hasta que en 1986 se entregó al FBI en Miami, siendo extraditado a la Argentina. Murió en prisión en 1989, mientras se desarrollaba el juicio por su responsabilidad en la Triple A.