lunes 27/9/21
CRóNICAS DE AMÉRICA LATINA | BUENOS AIRES

Perón y la triple A

Un libro documenta el verdadero papel de Perón en la sangrienta represión de la izquierda.

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“En el caso de la dictadura militar (1976-1983) la mayoría de la sociedad –aún aquellos que con su silencio alentaron a los represores- hoy saben que los militares cometieron atrocidades y ha incorporado a su bagaje cultural valores que décadas atrás eran desdeñados"

@jgonzalezok | Antes de la terrible represión que llevaron a cabo los militares argentinos a partir del golpe de 1976, existió una no menos criminal matanza contra militantes y guerrilleros de izquierda en los gobiernos democráticos de Perón y su viuda, entre 1973 y 1976. Se calcula que unas 900 personas cayeron víctimas de los pistoleros de la llamada Triple A, financiados por el Estado y alentados por el gobierno de Juan Domingo Perón, el carismático líder que aún hoy es una referencia política ineludible.  

La historia oficial dice que la Triple A comenzó a funcionar cuando Perón había muerto. Que durante su breve presidencia al regresar en 1973 –poco más de ocho meses-, el viejo general sufría un cerco por parte de José López Rega y la derecha del movimiento. Y que la Operación Cóndor, el plan que coordinó la represión de las dictaduras del Cono Sur, comenzó tras el golpe argentino del 76. El libro de Sergio Bufano y Lucrecia Teixidó, Perón y la Triple A, de Editorial Sudamericana, documenta cómo todo esto fue una construcción para preservar la figura política más relevante de la Argentina en el siglo XX.

Afirman los autores en el libro: “En el caso de la dictadura militar (1976-1983) la mayoría de la sociedad –aún aquellos que con su silencio alentaron a los represores- hoy saben que los militares cometieron atrocidades y ha incorporado a su bagaje cultural valores que décadas atrás eran desdeñados. Sin embargo, existe un período histórico difuso, con dificultades para ser reconocido e interpretado libremente, porque al hacerlo muchos investigadores temen embestir figuras señeras que pueden ser dañadas”.

El golpe contra Perón en 1955 no había logrado erradicar el movimiento y su regreso al país fue posible gracias a dos factores fundamentales: la lucha de los sindicatos y la conversión al peronismo de una clase media que le había dado la espalda cuando había sido gobierno. Muchos hijos de esa clase media formaron los grupos del peronismo revolucionario, como Montoneros, que tomaron las armas bajo la consigna La vida por Perón.

Los Montoneros, donde confluyeron elementos nacionalistas de derecha con marxistas, querían que Perón hiciese la revolución, ignorando que el peronismo era un movimiento reformista y que postulaba la alianza de clases. Llegaron a plantear la formación de milicias populares, un cambio radical en la política económica y la destitución de los dirigentes sindicales que integraban la tan denostada burocracia sindical.

Montoneros logró un fenomenal poder de movilización y agrupó a miles de jóvenes muy bien armados y entrenados. El viejo y astuto líder los había alentado desde su exilio madrileño. Y éstos quisieron construir un Perón diferente al que era en la realidad. Perón, Evita, la patria socialista, gritaban en sus movilizaciones y actos. Pero la idea de Perón a su regreso al país era otra, era ya un león herbívoro, que se apoyó en los sindicatos ortodoxos, la columna vertebral del movimiento, para llevar adelante una política de concertación.

Entre mayo de 1973 y marzo de 1976, se produjeron en el país 8.509 hechos armados, un clima que puso en jaque al gobierno de Perón. “A los enemigos, embozados, encubiertos o disimulados, les aconsejo que cesen en sus intentos, porque cuando los pueblos agotan su paciencia, suelen hacer tronar el escarmiento”, dijo en su primer discurso al regresar al país, marcado por la masacre de Ezeiza, donde la multitud que lo esperaba se enfrascó en un tiroteo. Ese día, la extrema derecha del movimiento impidió por las armas que los Montoneros coparan los mejores lugares del palco donde debía hablar el viejo general.

Sergio Bufano, uno de los autores del libro -militante entonces de las FAL-, recordó estos días que en 1973 Perón había sacado un 62 % de los votos, y la UCR casi un 30 %, es decir, que más del 90 % de la sociedad había votado por la paz y la democracia: “los grupos armados no supimos escuchar ese llamado que nos hacía la sociedad, porque la aspiración de los grupos armados no era la democracia, sino la revolución”. Pero añade que Perón, que contaba con el apoyo de toda la sociedad, y con los recursos de la Constitución para reprimir a los grupos armados con la ley, tomó una elección equivocada.

Casi a diario, Perón fue advirtiendo a los Montoneros que si mantenían sus posiciones debían dejar a un lado la camiseta peronista y atenerse a las consecuencias de sus actos. En su último discurso, el 17 de junio de 1974, ante los dirigentes de la CGT, Perón afirmó: “Desgraciadamente, la descomposición del hombre argentino, practicada sin medida durante tantos años, nos ha llevado a esto (…) Tenemos que erradicarlo de una o de otra manera. Intentamos hacerlo pacíficamente con la ley. Pero si eso no fuera suficiente, tendríamos que emplear una represión un poco más fuerte y más violenta también”.

Cuando en 1973 Perón no pudo presentarse a las elecciones convocadas por la dictadura de Lanusse, designó a uno de sus hombres más fieles y sumisos, Héctor J. Cámpora. La idea fue Cámpora al gobierno, Perón al poder. Pero solo duró 50 días, después de que Perón lo obligó a renunciar ante el rumbo que tomaban los acontecimientos, con la izquierda revolucionaria marcando el rumbo del gobierno. Según el periodista argentino Armando Puente, que vivió durante muchos años en Madrid y cultivó a Perón en su exilio, éste estaba sumamente descontento con el gobierno de Cámpora, “un gobierno de putos y de aventureros”, según la gráfico expresión que habría usado Perón.

Perón había regresado a la Argentina el 20 de junio de 1973, después de 18 años de exilio, y murió el 1 de julio de 1974. Le golpeó especialmente el asesinato del jefe de la CGT, José Ignacio Rucci, obra de Montoneros, aunque nunca asumió su acción. El 8 de octubre de 1973, durante la celebración del cumpleaños de Perón en la residencia de Olivos, el general llevó aparte a unos 300 suboficiales y les dijo que iba a necesitar la ayuda de los más leales para defenderse de los zurdos: “Lopecito (por López Rega) y Osinde (coronel, ultraderecha), les van a decir cómo se van a organizar”.

Perón firmó los nombramientos de los principales organizadores de la Triple A. A uno de ellos, el subcomisario Rodolfo Almirón –que luego se recicló en España como guardaespaldas de Manuel Fraga- lo tuvo en su custodia personal. Alentó golpes de mano contra los gobernadores díscolos de la izquierda peronista. Y llevó adelante una serie de políticas que denotan un gobierno claramente de derecha, muy alejado del imaginario progresista.

La reforma del Código Penal, aprobada el 25 de enero de 1974, estuvo destinada a combatir el terrorismo e incluyó como delitos  la sustracción de personas, el secuestro extorsivo, amenazas, coacción, posesión y uso de material de guerra, explosivos y acciones de incentivo a la violencia. Estableció una nueva jurisdicción y competencia de los tribunales nacionales para juzgar delitos de terrorismo.

La ley de Asociaciones Profesionales reforzó el poder de los burócratas sindicales, al establecer el sindicato único por actividad, extender los cargos electivos de 2 a 4 años y posibilitar que los sindicatos centrales interviniesen los sindicatos locales. También se ratificó una ley de la dictadura de Onganía, que dejaba en manos de los dirigentes sindicales el manejo de los servicios de salud.

La ley de Prescindibilidad permitió despedir sin causa, con un mes de indemnización, a cualquier funcionario del Estado y de las empresas públicas. Medida que permitió enfrentar la agitación gremial en contra de la burocracia sindical.

Se firmó un Acta de Seguridad Nacional que permitía castigar con penas de uno a tres años de prisión a los trabajadores que participasen de huelgas declaradas ilegales por el ministerio de Trabajo.

La nueva Ley Universitaria, aprobada en los primeros días de marzo de 1974, prohibía toda actividad política en la universidad

Dos días antes de que asumiera Perón, el yerno de López Rega, Raúl Lastiri, presidente provisional, firmaba un decreto que prohibía la importación de libros “tendientes a derogar la forma republicana y representativa del gobierno”. Esto permitió prohibir desde Mao o Trotski, hasta Camus, Jorge Amado, Tolstoi y Eduardo Galeano.

Entrevistado por un diario italiano, Perón consideró que la responsabilidad del golpe contra Allende “no fue de los militares sino de los guerrilleros”. De hecho recibió a Pinochet en traje de gala. Y también se entrevistó con su viejo amigo Stroessner, dictador casi vitalicio de Paraguay y el boliviano Hugo Bánzer, que encabezó una de las más sangrientas dictaduras de aquél país.

Un documento desclasificado de la CIA, de 1976, decía: “A principios de 1974, oficiales de seguridad de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Bolivia, se reunieron en Buenos Aires para preparar acciones coordinadas en contra de objetivos subversivos. Desde entonces (siguen líneas tachadas en el documento) los argentinos han conducido operaciones contra subversivos en conjunto con los chilenos y uruguayos”. Ahí está el antecedente de lo que más tarde se conoció como Plan Cóndor.

El clima de la época lo refleja muy bien una circular que, el 8 de noviembre de 1974, enviaba el nuevo jefe de policía de la provincia de Río Negro, Benigno Ardanaz, a todas las comisarías bajo su jurisdicción: “a partir de hoy comenzamos todos juntos la guerra contra los judíos, masones y comunistas desvirtuando sus diabólicos planes”. Una publicidad pagada en los medios del sindicato de los trabajadores portuarios hablaba de la viril respuesta a las pretensiones marxistas, “los echaremos a patadas (…) los gremios portuarios son gremios de machos (…) las respuestas que les daremos será a sangre y fuego”.

Según María Matilde Ollier, doctora en Ciencia Política “Montoneros y Perón se usaron mutuamente; la cúpula de los primeros, para acumular poder y ganar legitimidad, y el viejo general, para volver a la presidencia de la República. Ambos fogonearon la violencia. Montoneros perdió legitimidad a partir de 1973. Por eso su derrota a manos de las Fuerzas Armadas fue precedida por su fracaso político: no haber reconocido que el retorno de Perón a la Argentina demandaba la subordinación a su voluntad y el abandono de los métodos con que antes habían combatido a la dictadura”.

Los crímenes de la Triple A siguen impunes, en contraposición con los de la dictadura militar (1976-1983). Solo el ya fallecido Rodolfo Almirón, extraditado de España, fue detenido. Román Frondizi, hijo del ex presidente Arturo Frondizi e hijo de uno de los primeros asesinados por la banda, el intelectual Silvio Frondizi, cree que no se ha investigado porque quedaría en evidencia que la Triple A fue una creación de Perón

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