lunes. 17.06.2024
UE-inmigracion

Perseguidos por las balas, el hambre y la miseria, los europeos se desperdigaron, no hace tanto tiempo atrás, por diversos países de América Latina. Perseguían una dignidad que en sus propios países les había sido arrebatada. Las imágenes de los barcos repletos de inmigrantes, arribando al puerto de Buenos Aires, constituían la postal de cada día. Los inmigrantes europeos huían de las ruinas en las que se habían convertido sus ciudades tras la Segunda Guerra Mundial, del hambre y las enfermedades que los mataban como a moscas, de sangrientas dictaduras que los empujaban al exilio. “Familias italianas, alemanas y españolas llegaron ayer a nuestro país”, titulaba el diario argentino La Razón, en 1940.

Cualquiera creería que los líderes europeos aún recuerdan aquel calvario que despobló al Viejo Continente, sin embargo pocas décadas después de aquel éxodo, lejos de recordar la asistencia humanitaria que sus principales países necesitaron para reconstruirse, los líderes europeos optaron por blindar sus fronteras con la excusa infame del peligro que representaba la llegada de foráneos, a los que ilegalizaron a través de decretos que atentan contra los derechos fundamentales de los seres humanos.

Pero no fueron sólo las leyes las que dificultaron la vida del inmigrante, sino las prácticas criminales que implementaron los gobiernos de los países centrales de la UE. Las imágenes de embarcaciones repletas de personas procedentes de diversas regiones de África, comenzaron a hacerse habituales en los medios de comunicación de España, Francia e Italia. Cruz Roja y Médicos Sin Fronteras denunciaban cada día la muerte de decenas de seres humanos que intentaban llegar a Europa por vía marítima. Cadáveres de niños eran rescatados de las aguas del Mediterráneo por los miembros de ACNUR, que denunciaban esta tragedia sin obtener respuesta. La prensa conservadora hablaba de “ilegales”, omitiendo mención de la criminalidad, de la auténtica ilegalidad de los recursos perversos que Europa aplicaba en perjuicio de estos seres humanos. “Salvando a quienes se van a ahogar, se anima a otros a que intenten una idéntica travesía. Es un efecto llamada que no deseamos”, declaraba el año pasado (ver fecha) la Ministra del Interior inglesa, Theresa May, en alusión al cese de las misiones Mare Nostrum, programa de búsqueda y rescate de inmigrantes en el Mediterráneo.  

Mientras las muertes continuaban sin que la opinión pública se manifestase al respecto, los Estados miembros de la UE ponían todo su empeño en proteger sus fronteras, recurriendo a prácticas que sólo al peor de los hijos de puta pueden llegar a ocurrírsele. España, a través de su Ministro del Interior, José Fernández Díaz, ordenaba la colocación de cuchillas afiladas y la ampliación de alambres de espino en las vallas que separan a Ceuta y Melilla del resto del Continente Africano; aberración que se amalgama con la negación de asistencia sanitaria a inmigrantes, decreto que ya había puesto en vigencia Mariano Rajoy, y que incluía multas a aquellos profesionales de la medicina que decidieran respetar su juramento hipocrático; es decir, criminalizando no sólo a los inmigrantes, sino también a las acciones solidarias hacia este colectivo.

La premeditación y alevosía con que la Comunidad Europea actuó en perjuicio del inmigrante, obstaculizándole el acceso al mínimo derecho, es algo que la historia deberá revisar. Cada una de las leyes que han atentado contra la libertad y el derecho a la vida de cientos de miles de personas, tienen detrás un responsable. Los ahogados en el Mediterráneo o desangrados en la valla fronteriza, no son sólo el producto de lo inevitable o la consecuencia de la imperfección de este sistema repugnante y vergonzoso. La negación del derecho de existencia a grupos humanos enteros, es un crimen de lesa humanidad.

Una semana antes de la publicación de la foto del niño sirio ahogado en la costa turca, Angela Merkel no había tenido ningún escrúpulo a la hora de rechazar el pedido de asilo a una niña a quien la dama de hierro alemana respondió diciendo “lo siento pero no podemos dejarlos entrar a nuestro país”. Sin embargo el impacto global que provocó la publicación de la imagen de Aylan Kurdi, muerto a orillas del Mediterráneo, fue mayor de lo que podían imaginar los líderes de la UE. La asistencia que ahora Europa brindará a los sirios que reclaman asilo, no es producto de un arrebato de la sensibilidad de los mismos que hasta ayer dejaban morir ahogados a miles de personas por año, sino de la presión que a Europa le significa una opinión pública que ha comenzado a advertir cuál es el origen de estas tragedias.

La UE y sus crímenes de lesa humanidad