miércoles. 22.05.2024
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El fenómeno es ya un clásico de la aldea global. Una imagen conmovedora de especial impacto desencadena un comportamiento mediático intenso. Que despierta el comprensible sentimiento de compasión. Que favorece una movilización pública en la que se mezcla el buen instinto de ayudar y el dudoso reflejo de culpabilizar. Que obliga a los responsables (sólo a algunos, los más cercanos) a actuar, a hacer algo, a demostrar que no son menos sensibles, compasivos o solidarios que los ciudadanos que los eligen y ante los que deben responder.

Aylan, el niño kurdo-sirio de 3 años, el niño de la playa, ha sido, en esta ocasión, el triste protagonista de esta última manifestación de la política por compasión. La imagen ha sido singularmente eficaz por su impresionante poder simbólico: la playa, imaginario clásico de un feliz desenlace tras el azaroso peligro que arrastra un viaje, metáfora del sueño cumplido que torna en la horrible pesadilla de la muerte como negación absoluta de futuro.

Otro mérito de la que será ya, a buen seguro, imagen del año: es triste, conmovedora y desgarradora, pero no es morbosa. El niño Aylan pese a su incómoda postura final, irradia una impresionante dignidad. Hasta una elegante presencia: no está vestido con harapos ni parece desnutrido. Puede ser nuestro niño, el hijo de cualquiera de los consumidores de televisión de clase media o protagonistas de esa 'información paralela' en que pretenden haberse convertido las redes sociales.

No importa que antes de ese icónico naufragio infantil, cientos de niños hubieran perecidos ahogados en las aguas engañosamente clementes del Mediterráneo o en camiones sin ventilación abandonados en anchurosas autopistas europeas. O en los campamentos saturados y subatendidos de Jordania, Líbano o Turquía. O, definitivamente, en las trampas fatales en que se han convertidos las calles y los campos de Siria, por citar sólo el país de procedencia del niño de la playa.

No era lo mismo, y no lo era, porque nos faltaba la imagen definitiva, la que se revela capaz de concitar todos los sentimientos y emociones en un impulso común. Por supuesto, hay muchas fotos e imágenes de niños víctimas de ese mismo conflicto que arrojó a la familia de Aylan de su hogar. Pero ninguna había estado investida, hasta ahora, de ese poder transformador: de conciencias, de políticas, de actuaciones.

Tampoco importa que, antes de la aparición del niño de la playa, las centenares de miles de víctimas con imagen compartida o sintetizada en rostros sin nombre y desesperación sin relato ya hubieran sido capaces de poner en evidencia el fracaso de la política de asilo y refugio de la Unión Europea.

¿UNA POLÍTICA COMÚN EUROPEA, POR FIN?

La Canciller Merkel, a pesar de su habitual cautela calculada, ganó por la mano a sus socios europeos y se erigió en portavoz de la alarma, secundado por el Presidente Hollande (que exige ya un "mecanismo permanente y obligatorio" de atención a los demandantes de asilo) y el Primer ministro Renzi, quizás el menos diplomático a la hora de reclamar que todos arrimen el hombro equitativamente.

En otros casos, la imagen del niño de la playa ha sido el desencadenante de reacciones tardías. En sólo cuarenta y ocho horas, algunos líderes europeos han modificado su posición para honrar el sacrificio de Aylan. El austríaco Faymann ha abierto sus puertas a miles de migrantes atrapados en la estación de Budapest. El británico Cameron, padre consternado según sus propias palabras, ha anunciado que acogerá a miles de esos desamparados. Otros, en cambio, persisten en sus miedos,en sus dependencias políticas. O en sus ambigüedades, véase, para qué irnos más lejos, nuestro Rajoy, genio y figura, perdido en la laberíntica inconsistencia de su habitual discurso.  De algunos, no obstante, sólo escarnio puede esperarse: es el caso del húngaro Orbán, atrincherado en un infame discurso identitario y religioso que ha debido provocar pavor y rechinar de dientes en el Vaticano de Francisco.

Veremos si este revolcón moral se traduce, por fin, en la deseada y necesaria política común de acogida y asilo.

Pero más allá de los contritos discursos oficiales, sinceros o hipócritas, la reacción más relevante ha sido la pública, la ciudadana, la social. Se trata de un comportamiento tan elogiable como podría esperarse, a tenor de antecedentes similares (atentados terroristas, catástrofes, accidentes de gran envergadura). Los gestos de compasión y/o solidaridad merecen reconocimiento. No obstante, existe el peligro de que el efecto conmovedor levante expectativas equívocas, irreales, ilusorias.

Esa es la consecuencia más letal de las modernas, modernísimas armas de confusión masiva, a las que podría adscribirse la imagen del niño de la playa. Que encadenan las respuestas en el ciclo estéril de la indignación, la compasión y el reproche, cuya salida sólo conduce al desencanto, la frustración y el cinismo. A la 'fatiga de la compasión', concepto acuñado a principio de los noventa, cuando no existían las redes sociales.

¿PARAR LA GUERRA EN SIRIA?

Se escuchan estos días recriminaciones por haber permitido que esto llegara tan lejos. De forma atropellada y confusa se reprocha la incapacidad de "detener la guerra", debido a una actitud de pasividad o indiferencia europea (occidental) por la suerte de sus ciudadanos.

Es una imputación seguramente equivocada. Europa no tiene ahora, ni lo tuvo al comienzo del conflicto, capacidad para tal empeño. A los que defienden la intervención (algunos ni siquiera aclaran de qué tipo), se les podía recordar el "brillante" resultado de Libia, donde la "intervención" (militar, en este caso) fue liderada por potencias europeas (Francia y Gran Bretaña). O la lección de Irak, por mucho que se quiera atribuir el caos actual al repliegue norteamericano (como si la presencia permanente, o sine die, fuera una posibilidad real). O el ejemplo de Afganistán, de donde vienen también muchos de estos refugiados protagonistas de este verano, tras una "exitosa" intervención que ha arrojado muchos logros pero no precisamente el de acabar con el éxodo de personas.

Siria es, por lo menos, un caso tan complejo como los tres citados anteriormente, donde los resultados  de las intervenciones han sido, en gran medida, opuestos a lo deseado. De forma sintética, esbozamos apretados argumentos contra esa reclamada intervención:

- Ninguno de los bandos (en plural) del conflicto sirio ofrece, ni ha ofrecido nunca, garantías de alianza fiable. Nadie podía garantizar, ni siquiera Estados Unidos, que la caída del oprobioso régimen de los Assad y su casta alawí pudiera ser reemplazada por un gobierno decente.  Los supuestos "moderados" o "pro-occidentales", que parecían una alternativa al comienzo de la guerra, han desaparecido; por falta de apoyo occidental, dicen los defensores de la intervención; pero también  por falta de sintonía con unos beligerantes radicalizados desde un principio.  Ahora, los previsibles beneficiarios del debilitamiento de Assad son los horrendos criminales justicieros del Daesh o los más pálidos pero no menos temibles jihadistas apegados al prestigio desvaído de Al Qaeda.  Lo hemos visto en Libia, donde los "liberadores" que lincharon a Gaddaffi, bajo la contemplación aérea de los protectores occidentales, se matan con entusiasmo y sin descanso entre ellos y hacen mofa de los acuerdos suscritos bajo tutela internacional con desafiante arrogancia.

- Ninguna de las potencias regionales con influencia determinante (Arabia Saudí y sus adláteres del Golfo Pérsico, de un lado, e Irán, en el bando opuesto) resultan socios leales o equilibrados, porque siempre tratarán de hacer prevalecer sus agendas de hegemonía regional por encima de una razonable vocación conciliatoria.

- Y, finalmente pero no menos importante, hay muchas razones para anticipar que el confuso respaldo a la intervención se disolvería con inusitada rapidez en cuanto empezaran a contarse victimas propias (como algunos de los ejemplos anteriores ilustran sin necesidad de avivar la memoria).

Así que conviene embridar los legítimos sentimientos de compasión con el prudente ejercicio de la razón, como recomendaban los malogrados ilustrados, exigir actuaciones eficaces pero realistas para satisfacer las necesidades de estos miles de desesperados que asoman por mares y carreteras europeas y aceptar que algunos problemas que tienen raíces y causas complejas y muy enquistadas no se resuelven con el impulso de los tuits, por muy masivos y bienintencionados que sean.

Las armas que matan y expulsan a poblaciones enteras, cargadas en gran parte por agentes bien conocidos, tienen una capacidad de destrucción masiva.  Otras armas, las mediáticas, verticales u horizontales, pueden hacer daño de otro tipo: confundir a los millones de ciudadanos honestos que desearían un mundo mejor y exonerar a los que sacan beneficio de esos buenos sentimientos.

Armas de confusión masiva