EN MEDIO DE LA NEGOCIACIÓN MERKEL-MACRON

¿Qué puede hacer Sánchez en la próxima cumbre europea del 28 y 29 de junio?

De la próxima cumbre europea del 28 y 29 de junio saldrá una hoja de ruta que guiará la reforma de la eurozona y la marcha de Europa en los próximos años.

Pedro Sánchez durante una rueda de prensa en el Parlamento Europeo. (Imagen de archivo)
Pedro Sánchez durante una rueda de prensa en el Parlamento Europeo. (Imagen de archivo)

España y los países del sur de la eurzona necesitan impulsar un proyecto de unidad europea sustentado en la solidaridad y la cohesión que supere el insuficiente y poco preciso acuerdo que conseguirán sacar adelante Merkel y Macron en la próxima cumbre europea

Una respuesta corta, tal vez apresurada, al interrogante del título podría ser la siguiente: Pedro Sánchez no podrá hacer gran cosa en una cumbre que no decidirá ningún cambio importante. Y eso, en el mejor de los casos. Una respuesta más pensada, que ayude a entender los que está en juego, requiere extender la reflexión a varios terrenos y a no pocos factores interrelacionados de cierta complejidad. Y, por ello, más palabras. Por ejemplo, un artículo como este.

A Sánchez se le está poniendo poco a poco cara de presidente de Gobierno. En la próxima cumbre europea del 28 y 29 de junio, la mirada de sus colegas, jefes de Estado y de Gobierno de los países que conforman la UE, definirá la imagen de Sánchez en su nueva posición y responsabilidad política. ¿Cuánto habrá de continuidad y de ruptura respecto al seguidista y borroso perfil ofrecido por Rajoy ante la todopoderosa canciller Merkel

Las propuestas de Macron y las respuestas de Merkel

De la próxima cumbre europea del 28 y 29 de junio saldrá una hoja de ruta que guiará la reforma de la eurozona y la marcha de Europa en los próximos años. Por lo menos, hasta la próxima crisis. Probablemente, dicha reforma estará más cerca de los límites que impongan Merkel y los países del Norte de la eurozona que de los afanes de refundación que muestra Macron. En todo caso, esa cumbre definirá el alcance y el ritmo de los cambios que se van a emprender para mejorar la arquitectura institucional y el funcionamiento de la eurozona y menguar los riesgos y costes inherentes a una próxima recesión o crisis en toda regla.

En líneas generales, el estado en el que se encuentra actualmente la negociación entre Macron y Merkel para consensuar esa hoja de ruta sobre las reformas de la zona euro (ZE) sería el siguiente:

Primero. Merkel acepta la propuesta de creación de un presupuesto de inversión de la ZE, pero rebaja su alcance a 2 dígitos. Se habla de una modesta línea presupuestaria de alrededor de 25 mil millones de euros, frente a la cuantía mucha mayor que pretende Macron. Merkel, de paso, reitera su oposición a toda mutualización de la deuda pública: la eurozona no es una unión de deuda ni contará con el apoyo de Alemania para llegar a serlo en un futuro predecible.

Segundo. La canciller alemana acepta la conversión del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) creado en 2012 en un Fondo Monetario Europeo (FME) que se encargaría de otorgar créditos a largo plazo a los socios con problemas de liquidez. Pero, tras esa aceptación, quedan por dilucidar detalles muy importantes. Hay una operación en marcha, orquestada por los países “virtuosos” del norte de la ZE, para quitar competencias a la Comisión, que dejaría de controlar políticamente la aplicación del Pacto de Estabilidad, para otorgárselas a un órgano independiente de carácter técnico que estaría blindado frente a las presiones políticas y frente a la opinión pública. Merkel respalda que el FME sea aprobado mediante un tratado intergubernamental que dejaría la gestión en manos de un órgano subordinado directamente al Consejo (los jefes de Estado y de Gobierno), evitando el control de la Comisión y el Parlamento. También se rechazaría la aprobación de fuentes comunes y específicas de financiación, entre las que se han barajado diferentes tipos de tasas sobre el CO2, los envases y embalajes plásticos o determinadas operaciones financieras.

Tercero. Sobre las reformas necesarias para completar la Unión Bancaria (UB). El Mecanismo Único de Resolución bancaria para gestionar las crisis de insolvencia de entidades financieras ya está en marcha. Cuenta con un fondo común de resolución, financiado por el sistema bancario, que se constituirá durante un periodo de 8 años (hasta 2024). El fondo europeo de garantía de depósitos, el último peldaño de la UB, sigue contando con la oposición de Alemania y la mayoría de los gobiernos del norte de la ZE que exigen que haya primero un saneamiento de los balances de los bancos y, sólo después, se aceptaría la creación de ese fondo de garantía o de mutualización del riesgo bancario. La solidaridad se retrasa hasta el momento en la que no sea necesaria y no suponga costes para los países con sistemas bancarios solventes; el problema es que en algunos países (Italia o, en menor medida, España) los activos incobrables del sistema bancario son todavía notables (altos porcentajes de créditos de dudoso cobro respecto al neto patrimonial y altos porcentaje de tales activos sin provisionar) y una próxima crisis (que puede no estar demasiado lejos) volvería a poner en cuestión la solvencia de bancos sistémicos. La soberanía se comparte, pero el riesgo bancario deberá ser afrontado por cada Estado miembro durante un largo trecho. 

Cuarto. Las propuestas de un ministro de Finanzas de la ZE y de un Parlamento específico que controle la gestión de ese presupuesto no tienen ninguna posibilidad de ser aprobadas en esta cumbre ni en el corto plazo, probablemente no serán ni mencionadas. Aunque inviables a corto y medio plazo, por la oposición de Alemania y sus aliados, tales propuestas encierran muchos aspectos positivos, tanto en el terreno del debate de la ciudadanía, sobre qué se debe reformar en la eurozona y cómo dotarla de recursos propios para financiar proyectos comunes, como en el de la democratización y el control político de la acción comunitaria.

Quinto. Los acuerdos que pueden salir de la cumbre, aunque su concreción también presenta en algunos casos un alto grado de dificultad, se referirán a las políticas de defensa, modernización digital, educación y formación profesional o, manteniendo buena parte de las desavenencias y parálisis actuales, la política migratoria. Podrían darse pasos en la dirección de crear una policía europea de fronteras y una agencia europea de inmigración encargada de armonizar, con obligada parsimonia, los procedimientos y las legislaciones nacionales en materia de asilo, refugio e inmigración. En el tema de la defensa cabe esperar un aumento de la coordinación y el anuncio de la creación de una fuerza europea de intervención rápida que aumente la autonomía respecto a la OTAN, permita impulsar la industria militar europea y sitúe a Europa como actor protagonista en el avispero de oriente próximo y medio. Es probable que se alcance algún compromiso efectista dirigido a la ciudadanía europeísta; por ejemplo, alguna mención a listas transnacionales (cabezas de lista o un porcentaje de los parlamentarios elegibles) en futuras contiendas electorales (no las de 2019) al Parlamento Europeo. Acuerdos de concesión y contención del populismo y distanciamiento militar respecto a EEUU que se intentarían presentar como avances fundamentales de la unidad europea.

A pesar de la frecuencia e intensidad de las conversaciones en estas semanas previas a la cumbre, no caben esperar avances sustanciales en las reformas institucionales de la ZE ni grandes sorpresas en materia de reorientación de la política económica. Tras la cumbre, comenzará una etapa de reformas de cierta importancia que, pese a sus insuficiencias y vacíos, mejorarán en algo la eurozona y su funcionamiento. ¿Serán suficientes? Probablemente, no. Sin llegar a ser un fracaso para Macron, la canciller de Alemania aguará en buena medida el paquete de medidas propuesto por el presidente de Francia.      

Sánchez en la cumbre europea

Sánchez llegará a la cumbre europea con un importante crédito de la ciudadanía progresista por la forma en la que ha gestionado la moción de censura contra un gobierno acorralado por la justicia en materia de corrupción. Y a ese crédito ha sabido sumar unos gestos iniciales (esa mayoría de ministras cualificadas en su Gobierno o el refugio ofrecido a las personas rescatadas en el Mediterráneo por el barco Aquarius a las que otros gobiernos europeos, para su vergüenza, negaron ayuda) que han permitido aumentar las simpatías de la mayoría social por el nuevo Gobierno. Con menos de un mes al mando, el nuevo Gobierno de Sánchez ha levantado muchas expectativas y esperanzas, a pesar de contar con más enemigos que apoyos parlamentarios o electorales.

¿Qué puede hacer Sánchez en esas condiciones en la cumbre europea del 28 y 29 de junio? Podría mostrar un nuevo perfil europeísta y activo, apartado de la alargada sombra de Merkel y, sobre todo, de los gobiernos y fuerzas políticas que se oponen abiertamente o tratan de frenar los cambios institucionales y de orientación de la política económica de la eurozona. Podría, también, situarse más próximo al espíritu de modernización y cambios que representa Macron o que pueda anidar en la Comisión Europea (y al conjunto de propuestas que hizo públicas en diciembre de 2017) y en el Parlamento Europeo. En definitiva, Sánchez puede escenificar una ruptura clara con la ausencia de voz y posición que ha distinguido a Rajoy en sus comparecencias europeas. ¿Es bastante? Para Sánchez y el PSOE, puede; para el impulso modernizador que requiere la economía española, no.

España y los países del sur de la ZE necesitan impulsar un proyecto de unidad europea sustentado en la solidaridad y la cohesión que supere el insuficiente y poco preciso acuerdo que conseguirán sacar adelante Merkel y Macron en la próxima cumbre europea. España requiere soluciones y alternativas a las duras y contraproducentes políticas de austeridad y devaluación salarial impuestas por las instituciones comunitarias a los países del sur de la eurozona.   

El inmovilismo y las resistencias al cambio imperan en Europa, en los gobiernos de los países del norte de la ZE, pero también en buena parte de la ciudadanía europea que se ve azuzada en sus miedos por el nacionalismo xenófobo de extrema derecha que ofrece el cierre de fronteras y la identidad nacional como refugio seguro. O cambiamos a Europa, aprobando instrumentos, políticas y mecanismos de convergencia orientados a compartir solidariamente costes y riesgos para minimizarlos o la cambiarán los que no son partidarios de la unidad europea y defienden una Europa débil, lenta e ineficaz que permita la vuelta a los nacionalismos identitarios con fuertes componentes xenófobos.

El repliegue hacia las fronteras nacionales no ofrece más seguridad sino menos; no permite más capacidad de acción, democracia o soberanía nacional frente a la globalización y los grandes problemas de nuestro tiempo (cambio climático, migraciones, terrorismo internacional, crisis geopolíticas próximas) sino menos. Una Europa más fuerte y solidaria, con mayor cohesión económica, social y territorial, podría ofrecer más protección al Estado de bienestar y ser la mejor defensa de la soberanía de los Estados miembros y del bienestar de sus ciudadanías frente a la actual globalización y frente al ascenso de los nacionalismos identitarios que se venden como refugios seguros y eficaces sin serlo.