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lunes. 15.08.2022

No sabemos cómo se llama, pero se ha hecho famosa. Obama la cita continuamente y se ha convertido en el reverso de la medalla de Joe el fontanero, aquel ciudadano anónimo que le reprochó al entonces candidato Obama su intención de subir los impuestos.

La señora en cuestión se ha convertido en un personaje del debate político desde que el financiero americano Warren Buffet se “quejaba” en el New York Times de que habiendo ganado 46 millones de dólares, en el impuesto federal sobre la renta sólo pagada el 17,5%, menos que su secretaria que ganaba 60.000 dólares y pagaba el 33%.

No es el primer millonario americano que se queja de pagar pocos impuestos. Hace un año, al llegar a Seattle, patria de Microsoft, me sorprendió un artículo de Bill Gates padre en la prensa local- reclamando al Gobierno que aumentara los impuestos a gente como él y, en particular, el impuesto sobre sucesiones, que por aquí estamos suprimiendo.

Y después de lo de Warren Buffet, dieciséis grandes fortunas francesas pedían públicamente a su Gobierno que les aplicase un impuesto excepcional (y transitorio, tampoco hay que exagerar) para contribuir a resolver los problemas del país. La idea se ha extendido por Europa, el patrón de Ferrari y un grupo de cincuenta multimillonarios alemanes agrupados bajo el lema “millonarios por un impuesto sobre el capital” reclaman una mayor contribución fiscal. España está todavía por encontrar a su Sr. Buffet o Sra. Bettencourt.

Extraño mundo éste donde los millonarios pasan por la izquierda a los Gobiernos, incluidos a los de izquierda, reclamando mayores cargas fiscales.

Esta actitud es consecuencia del sentimiento de injusticia que recorre Europa. La crisis castiga a las clases populares y las desigualdades empiezan a poner en peligro la cohesión social. La fase de expansión ha beneficiado a las rentas altas y el sistema impositivo ha disminuido en su progresividad. Los “ricos” han ganado más y han pagado menos impuestos. La crisis y las respuestas a la crisis han hecho más injusta la distribución de la renta.

Lo pidan o no los millonarios, la mayor parte de los gobiernos europeos aceptan hoy que es necesario someter la riqueza a una mayor contribución fiscal. La crisis ha dejado atrás tres décadas de sacrosanto respeto a la teoría de que la prosperidad de los más ricos se difundiría al conjunto de la economía y el sagrado temor a que si se les molestaba fiscalmente se irían con su capital a otra parte. Pero cuando la austeridad aprieta es difícil justificar que los que mejor están escapen a los sacrificios soportados por la mayoría. A pesar de su aplicación a última hora las Autonomías gobernadas por el PP que no apliquen el nuevo impuesto sobre el Patrimonio tendrán difícil explicar por qué.

Esta toma de conciencia de los “ricos” demuestra cuán timorata ha sido la respuesta de los gobiernos, el nuestro incluido, a la hora de utilizar el arma fiscal para distribuir los costes de la crisis. Actúan no sólo por generosidad, aunque sea limitada, sino por un egoísmo inteligente. Así lo explica la propuesta formulada en Italia por el Sr. Profumo, hasta hace poco PDG del Banco Unicredito: aplicar por un tiempo limitado un mega-impuesto del 10% sobre los patrimonios importantes que produciría 400.000 millones de euros para reducir la Deuda publica italiana del 120 al 100 % del PIB. Así se acabarían las presiones de los mercados financieros contra Italia que están haciendo caer en picado el valor de las acciones de sus empresas.

La propuesta tiene su lógica. Los ricos italianos están ya soportando un impuesto muy importante sobre su riqueza como consecuencia de la pérdida de valor de su patrimonio financiero. La recuperación del valor bursátil perdido puede ser mayor que lo que se pague por el mega-impuesto. Y si la alternativa es seguir recortando el gasto y hundiendo el país en la recesión y que los patrimonios sigan perdiendo valor, quizá valga más una reacción fiscal como el egoísmo bien entendido que defiende Profumo.

Los gobiernos atienden de distinta manera la petición de mas impuestos de sus ciudadanos ricos. A Obama ya le gustaría hacerlo pero la mayoría republicana en el Congreso le obliga a mantener los beneficios fiscales heredados de Bush, cuyos desmesurados beneficios denuncia Buffett. Tampoco le dejan aumentar el impuesto por encima de los 200.000 dólares anuales de renta. Los republicanos americanos siguen creyendo que los impuestos a los ricos son malos para el crecimiento.

En Francia, Sarkozy aprobó una reforma del Impuesto de Solidaridad sobre las Fortunas (ISF) que reduce a la mitad el numero de sus obligados y disminuye sus ingresos de 3.600 millones a 2.300 millones de euros. A cambio, un impuesto adicional del 3% para las rentas superiores a 500.000 euros que sólo producirá 200 millones de euros, la décima parte de lo que se ha perdido con la reforma del ISF.

En Italia y en el Reino Unido se han aumentado los impuestos sobre las rentas altas. Berlusconi se resistió hasta el final pero ha tenido que subir 5 puntos el impuesto sobre la renta a partir de 90.000 euros y 10 a partir de 150.000. En el Reino Unido los laboristas subieron el tipo marginal máximo hasta el 50% y los conservadores lo han mantenido. Y han aplicado un impuesto sobre determinados activos bancarios que les reportará más del doble que el nuevo impuesto español sobre el patrimonio.

Está bien que, aunque sea tarde, el Gobierno socialista haya repuesto un impuesto que debió reformar en vez de suprimir. Pero el problema subsistirá mientras trabajo y capital soporten impuestos tan diferentes. La secretaria del Sr. Buffet seguirá pagando más porque su salario está sometido a un impuesto progresivo y su multimillonario jefe a un impuesto proporcional a un tipo muy bajo sobre sus rentas del capital.

Éste es el mayor de los problemas fiscales, que no se resuelve con la reposición simbólica del Impuesto sobre el Patrimonio.

La secretaria del Sr. Buffet
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