El crecimiento de la población mundial exige una mundialización cooperativa

Los desafíos económicos, ecológicos y de simple convivencia que plantea el incremento de la población son inmensos.

Actualmente, las izquierdas se preocupan menos de la lejana y decreciente pobreza absoluta y más de la pobreza relativa próxima y de la creciente desigualdad de rentas en los países capitalistas desarrollados.

Cuando en 1798 se publica el “Ensayo sobre el principio de la población” de Malthus, la población mundial no llegaba a los 1.000 millones de personas. En 2015 sumaba 7.383 millones. De hecho, actualmente, nuestro planeta abriga y soporta a más habitantes que la suma de todos los individuos de nuestra especie desde que ésta surgió (200.000 o 300.000 años atrás) en África. Estimaciones fiables, avaladas por Naciones Unidas y la comunidad científica, indican que hace 12.000 años la población mundial apenas rozaría los 2 millones de personas, 5.000 años después no llegaba a los 20 millones y en el año cero de la era cristiana era inferior a los 200 millones.

La explosión demográfica es un fenómeno reciente en la historia de la humanidad que sólo cuenta con dos siglos de existencia, acelerándose a partir de los años 20 del siglo pasado. La catástrofe demográfica prevista y anunciada por Malthus no se cumplió: la población no ha aumentado a mayor ritmo que los alimentos que permiten su subsistencia. Malthus se equivocó. No se puede descartar que la conclusión de su catastrófico escenario acabe cumpliéndose en un futuro más o menos cercano, pero no rehabilitaría la hipótesis malthusiana central: durante los últimos dos siglos la producción de alimentos ha crecido más que la población.   

También se equivocó Ricardo, principal artífice de los fundamentos teóricos de la economía clásica, que dio por buenas las previsiones demográficas de Malthus para extraer una conclusión que tuvo una gran trascendencia en la disciplina económica: a largo plazo, los trabajadores sólo podrían obtener un salario de subsistencia, como consecuencia de la puesta en cultivo de nuevas tierras de peor calidad (con rendimientos decrecientes), para abastecer la demanda de una población cada vez mayor, generando así un alza del precio de los alimentos que impediría la subida de los salarios reales y, como consecuencia, la mejora de sus condiciones de vida.

Trazas de ese hilo teórico ricardiano son perceptibles en Marx, en su crítica al modelo teórico de funcionamiento del modo de producción capitalista y en sus conceptos de tendencia decreciente de la tasa de ganancia y pauperización de la clase obrera como subproductos de una lógica de acumulación del capital que actúa como motor y objetivo de la producción capitalista. A pesar de los esfuerzos de tantos economistas marxistas, tales conceptos resultan poco útiles para comprender la evolución real del sistema capitalista y los diferentes modelos en los que encarnó durante el siglo XX. Marx despreció con razón la hipótesis malthusiana y centró su argumentación en la crítica al sistema capitalista, ya que confiaba en que el progreso de la ciencia y la tecnología incrementaría, también exponencialmente, los recursos necesarios para la subsistencia de una población creciente. Frente al temor reaccionario a la explosión demográfica, Marx abogaba por una explosión revolucionaria encabezada por la clase obrera capaz de destruir las estructuras que generaban la división de la sociedad en clases y todas las formas de explotación y opresión que la sustentaban. Esa ruptura revolucionaria liberadora de opresiones tampoco se produjo. Como diría el clásico, gris es la teoría y eternamente verde el árbol de la vida.

Hoy, la humanidad es capaz de producir alimentos para 6 veces más habitantes que los que existían en tiempos de Malthus (en 2015 la población mundial era de 7.383 millones de personas) y ha reducido sustancialmente los niveles de pobreza absoluta en el mundo a menos de la mitad de la que existía hace 30 años. Actualmente, debido a la última crisis económica y financiera global, las izquierdas se preocupan menos de la lejana y decreciente pobreza absoluta, aunque siga siendo un problema enorme en busca de soluciones, y más de la pobreza relativa próxima y de la creciente desigualdad de rentas en los países capitalistas desarrollados, no tanto porque disminuyan las rentas de la mayoría social como por la capacidad de las rentas del capital y una parte relativamente pequeña de las rentas del trabajo de apropiarse del valor añadido que genera el crecimiento. Y porque fuerzas políticas xenófobas han acertado en la búsqueda de un chivo expiatorio o enemigo fácil de batir, la inmigración, a la que presentan como fuente de todos los males y, por tanto, como la llave maestra que permitiría, gracias a su contención, solucionar todos los problemas. Se equivocan gravemente en el análisis y proponen soluciones erróneas e inmorales que cubren de indignidad a sus promotores y a las personas e instituciones que les dan su apoyo y sus votos.

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Las proyecciones de Naciones Unidas indican que, incluso con tasas de crecimiento de la población muy inferiores a los que hoy existen (1,2% anual), la población mundial podría alcanzar los 11.200 millones a finales de este siglo. Y no habrá barreras, muros o fronteras capaces de proteger los excesivos niveles de consumo de materiales y energía del mundo capitalista desarrollado que hoy existen. Ni habrá forma de abastecer al conjunto de la población mundial de recursos básicos finitos y no reproducibles, ni siquiera imaginando el más favorable de los escenarios que el desarrollo de la tecnología y la acumulación de conocimientos podrían hacer factible. Tampoco se podrá frenar la inmigración, por mucho que se multipliquen las fuerzas y los recursos policiales para impedirla o tratar de “ordenarla”.

El mercado de los análisis simplistas y las soluciones facilonas está saturado. Tanto desde el lado de la oferta como de la demanda de soluciones y programas, tanto en la derecha como en la izquierda

Los desafíos económicos, ecológicos y de simple convivencia que plantea ese incremento de la población son inmensos, más aún porque los más que previsibles éxitos de la investigación, la atención higiénica y sanitaria o la capacidad de producir alimentos extenderán el envejecimiento de la población al conjunto del planeta. En un contexto, además, en el que los costes ecológicos y medioambientales que tienen su plasmación en la evidencia científica del calentamiento global y el cambio climático no son reducidos con la suficiente celeridad y son ninguneados por poderes económicos y políticos que niegan su existencia o la reinterpretan como asuntos lejanos que es mejor no tocar ahora, porque pondrían en cuestión empleos, crecimiento y, sobre todo, sus beneficios.  

La gestión cooperativa de la mundialización, desde una perspectiva democrática, inclusiva y ecológica, será la única manera de que esos desafíos no se transformen en catástrofe climática y en explosiones sociales, políticas y migratoria destructivas. 

El mercado de los análisis simplistas y las soluciones facilonas está saturado. Tanto desde el lado de la oferta como de la demanda de soluciones y programas, tanto en la derecha como en la izquierda. Las fuerzas políticas parecen atrapadas en las tareas inmediatas de responder a tal o cual asunto y acaparar minutos de audiencia televisiva. Ser consciente de esta pulsión simplificadora de muy corto alcance, para no facilitarla, que anida especialmente en el mercado de las ideas políticas es imprescindible. Hay que aprender a no dejarse seducir por las ideas, formulaciones y propuestas simplistas. Y a combatirlas con información y argumentos claros, sencillos y precisos, sin embarrar un debate en el que las propuestas xenófobas y proteccionistas y las identidades nacionalistas excluyentes están ganando terreno, gracias a su simplicidad, entre sectores populares que se sienten desprotegidos y abandonados y se aferran a cualquier promesa de seguridad, por peregrina que sea.

El mundo y los fenómenos políticos son complejos e inciertos, pero no hay que dejarse avasallar por esa complejidad o la incertidumbre, porque nos perderíamos en ellas. No podríamos decir ni plantearnos hacer gran cosa. No estaríamos en condiciones de combatir el simplismo y la demagogia de los xenófobos ni de pararles los pies. La realidad y su análisis son, efectivamente, complejos, pero la comunicación de nuestros argumentos a favor de la solidaridad, la cohesión, la convivencia entre las identidades nacionales realmente existentes y una mundialización regulada e inclusiva debe ser simple, razonablemente simple para ser comprensible y ayudar a discernir a nuestros interlocutores entre ensoñaciones (en este caso reaccionarias) y la dura y difícil construcción de sociedades abiertas, complejas, solidarias y democráticas. Sin caer en descalificaciones, mofas o tratamientos despectivos que en todo debate o intento de comunicación son barreras que nos ponemos a nosotros mismos y a nuestros argumentos y nos impiden pensar, dialogar y convencer.