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jueves. 30.06.2022
Enrique Viaña

Alemania, Portugal, España y la crisis de la deuda

Cada uno interpreta a su manera los hechos que van ocurriendo, y debo confesar que no me convence la de otros. Se dice que los democristianos han perdido las elecciones regionales en Baden-Württemberg por los bandazos de Merkel en política energética. Quienes así se manifiestan – el lobby nuclear – no tienen ni idea o mienten a conciencia. Si acaso, esos “bandazos” han impedido que el descalabro democristiano fuera mayor.

El principal efecto de Fukushima ha consistido en provocar un trasvase de votos a los verdes desde los socialdemócratas, muy desdibujados en los últimos meses. La pérdida de votos del gobierno – el partido liberal casi ha desaparecido del mapa político de los länder disputados – tiene que ver más con el descontento popular acerca de los asuntos europeos que con ninguna otra cosa.

Donde los alemanes ven que Angela Merkel está cediendo en demasía es en la crisis financiera. En su mayoría, los votantes opinan que el gobierno apoya en exceso a los bancos y muy poco a las capas más desfavorecidas de la población. El descontento se convierte en enfado cuando se percibe que Merkel emplea dinero de los contribuyentes en sostener no sólo a los bancos alemanes sino también a bancos de otros países europeos, como Grecia, Irlanda, ahora Portugal y quizá en un futuro no muy lejano también España. Parece el cuento de nunca acabar. Las explicaciones de los tecnócratas de turno, empeñados en que el sistema bancario – no sólo alemán, sino lógicamente de toda la zona euro – es imprescindible para el buen funcionamiento de la economía, no terminan de convencer. Sobre todo cuando parece evidente que hay alternativas, pero siempre se gira en la misma dirección. En este sentido, la crisis de Irlanda ha sido demoledora para la confianza del público alemán en la canciller. El anterior gobierno irlandés, de signo liberal, se obstinó en garantizar hasta el último euro de la deuda preferente de sus bancos, mientras Merkel porfiaba que los acreedores de la banca irlandesa – británicos, en su mayor parte – deberían compartir con el contribuyente alemán el coste de la crisis. Pero el gobierno irlandés tuvo entonces el apoyo del Banco Central Europeo – la tesis de la garantía absoluta todavía lo tiene – porque los acreedores bancarios son en su mayor parte otros bancos, y hacer que estos compartan los costes equivale, ni más ni menos, a hacer aflorar pérdidas que pondrían en peligro la confianza en el sistema bancario de toda la Unión Europea. Piénsese, por ejemplo, en Portugal. Un tercio de su deuda bancaria, unos 77.000 millones de euros, está en manos de bancos y cajas españoles; si se les obliga a compartir el coste de la crisis una fracción de esos activos se convertirá en humo, y están los bancos y cajas españoles como para volver a recapitalizarse de inmediato para tapar el agujero que podría surgir de esa forma. Todas estas cosas no se le ocultan al votante alemán, que está mejor informado y tiene más criterio que el español, por ejemplo. Un poco de su perspicacia no nos vendría mal, ya que tanto se habla del “modelo alemán” y sus virtudes.

Y debo confesar que Merkel empieza a despertar mi sincera admiración. Llevo más de un año diciendo, por activa y por pasiva, que la política alemana nos lleva al desastre. Pero, al César, lo que es del César, su habilidad es pasmosa. Ha encajado el resultado electoral dando la razón al lobby nuclear y reconociendo que Fukushima es la causa de su derrota, para reafirmar a renglón seguido su fe del converso en las renovables: el accidente nuclear ha venido a ser algo así como su particular caída del caballo en el camino de Damasco. En realidad, lucha por yacimientos de votos donde los democristianos nunca se habían atrevido a pescar. Ella conoce mejor que nadie la verdadera causa. Hacerse la tonta le proporciona margen de maniobra para seguir machacando, erre que erre, en la sombra. Anteayer, el ministro de Agricultura del nuevo gobierno irlandés – correligionario de Merkel – ya ha dicho que habría que considerar la posibilidad de que los acreedores bancarios compartan el coste de la crisis. En cierto modo, era inevitable porque los intereses de la deuda bancaria están devorando los 89.000 millones de euros del rescate de noviembre; hay que cortar esa sangría, ya que de otro modo los rescates no servirán para nada y toda la estrategia europea frente a la crisis se vendrá abajo. Poco a poco, Merkel va a ir sacando adelante su política, mal que les pese a los tecnócratas.

Esta perspectiva es crucial para entender en qué situación se encuentra España. Si el reparto de sacrificios con los acreedores bancarios se termina imponiendo como condición para los rescates, el pánico volverá a desatarse en los mercados. Es lo que trata de evitar el BCE, pero ¡al diablo con el BCE!, debe pensar Merkel. El viernes pasado, la cumbre comunitaria fracasó estrepitosamente en diseñar un mecanismo permanente de rescates financieros en la UE; aprovechando la dimisión del gobierno portugués, Merkel lo ha dejado todo en suspenso hasta que se acepte esa condición. El tiempo juega a su favor y en contra nuestra. Mientras el Banco de España, fruto de la autocomplacencia y debilidad con que está afrontando la crisis, pierde el tiempo con cuatro cajas de ahorros que tendrían que estar intervenidas y en proceso de liquidación desde el lunes 28 a las 24.00 horas (pero ¿qué hacer con los depósitos?: el BdE no puede ni siquiera planteárselo pues no se ha preparado adecuadamente), nuestros bancos y cajas, que mancomunadamente constituyen el primer acreedor de Portugal, echarán cuentas de qué pérdida habrán de encajar en cuanto se acuerde el rescate del vecino país. Y si sus cálculos les llevan a pensar que la pérdida en ese caso puede ser mayor que la que sufrirían vendiendo sus activos portugueses ahora, nuestros propios bancos y cajas serán los que desaten el pánico.

Alemania, Portugal, España y la crisis de la deuda
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