LIBROS PARA EL VERANO

De Yurena López “Donde mis alas me lleven”

Necesité dos largas y dolorosas vueltas al Sol para poder sanar.

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Arturo Prins | @prinsarturo

Uno de los mayores traumas que existen en el universo –y cuando digo "universo" me refiero a ese que singularmente lo abarca todo, incluido el vasto e indiferente cosmos– es el trauma del abandono, de la pérdida. Una afrenta existencial que nos persigue desde la cuna hasta el último aliento.

En los confines oscuros de nuestro insignificante sistema solar, más allá de la órbita de Neptuno, ha emergido una nueva anomalía cósmica. Detectado por primera vez en mayo de 2023, los astrónomos, con su habitual y pueril afán por nombrar lo incomprensible, lo han bautizado: Ammonite. O, para ser más precisos, 2023 KQ14 "Ammonite". Este objeto transneptuniano, de entre 220 y 380 km de diámetro, se desliza alrededor del Sol en una órbita elíptica tan vasta como su propia desolación. Lo verdaderamente grotesco de su trayectoria es su desalineación con cualquier otro cuerpo celeste de su estirpe, lo que lo convierte en un paria planetario, desterrado del Sol, casi diríamos abandonado, apenas si rozado por la luz, girando disruptivamente a millones de kilómetros de distancia de nuestro centro gravitatorio. ¿Qué nos dice este "hijo planeta", este "niño abandonado", perdido de la mano del Sol? ¿Es el vástago pródigo que ha huido de casa, o el ilegítimo no reconocido por su progenitor estelar? ¿Está, en su esencia, abandonado? ¿Y por qué, en su patético giro, sigue adherido a la órbita de su supuesto padre Sol?

Estas reflexiones, qué vulgaridad, me conducen al gran trauma sufrido por nuestro más egregio iluminado occidental, el Cristo, quien, colgado en el madero, balbuceó: "Padre, ¿por qué me has abandonado?". He aquí uno de los males más corrosivos que asola a humanos y dioses: el trauma del abandono, de la pérdida, inquietud mordaz que corroe el reconocimiento del afecto, la indiferencia. Y esto se siente con una virulencia aún mayor, no solo en la traición filial o parental, sino en el derrumbe de las relaciones amorosas. Cuando perdemos a aquellos a quienes nos hemos apegado con una profundidad rayana en la patología, el estado catatónico que nos sume el shock del vacío, la ausencia de lo que antes era nuestro, es a veces, peor que la muerte del que amábamos, ¡es la muerte en vida!

De todo esto, de cómo las alas nos arrastran al abismo o a la redención, habla el ensayo de Yurena López, tripulante de vuelo, azafata, “Donde mis alas me lleven, transitando el camino del duelo”, de la Editorial Letrame. Al parecer, ahora, con una verdadera vocación hacia el coaching para ayudar a las almas en pena a "atravesar los dramas de una pérdida emocional". En efecto, todo trauma engendra estados lamentables, donde los afectados deambulan en un patético, triste, depresivo y, sobre todo, CURSI, estado. Todas estas obviedades emergen en las páginas de este libro, salpicadas de citas pop de canciones como Mecano, Serrat, La oreja de Van Gogh, que no son más que el sonsonete de la radiofórmula, hasta las citas manidas de Antonio Machado. Es un libro que te planta un espejo delante para que reflexiones sobre cuándo y cómo fue tu último abandono, lo que sufriste, lo que padeciste, y todas esas sensaciones íntimas que, para desgracia de la humanidad, todos conocemos: vómitos, náuseas, falta de apetito y, por supuesto, la ineludible merma de la libido sexual.

Todos estos elementos conforman lo que, con la grandilocuencia de la autoayuda, se denomina "un verdadero duelo". Y, por encima de todo, el miedo, la soledad, la ausencia del disfrute de lo que antes parecía tan seguro, claro y evidente, se transforma en un vacío existencial. Es un libro que invita a la reflexión sobre la pérdida y ese shock general del cambio, donde leeremos sentencias como la de Blaise Pascal, "el corazón tiene razones que la razón ignora". Por eso, la razón, con su soberbia, se pierde. Y, en resumen, nos hace comprender que nuestra felicidad, esa quimera, siempre está vendida al otro, ese ser inconstante.

Como director de cine, también he de confesar haber vivido mis propios momentos difíciles con la pérdida de una relación. Y sí, me dediqué a la forma más estimulante de sobrevivir a la pérdida, usar todo mi dolor para crear un documental. Lo mismo que la propia Yurena hace con sus textos, reconstruir su pasado y transitar hacia adelante, recomponerse: el retrato de un duelo, el mendigo emocional, lo que nos convierte en seres verdaderamente frágiles, débiles, vulnerables. De hecho, dirigí una película titulada "Autopsia de un Amor" (2014) que me llevó once años de tortuoso rodaje para diseccionar cada detalle de una pérdida. Mi postura, confieso, fue tan patética, tan grosera y tan desastrosamente triste que me avergoncé incluso de editar esta película, la cual, para quien tenga la entereza de verla, invita a una reflexión profunda sobre la vulnerabilidad de las personas cuando perdemos un amor. Algo, sin duda, aún más elevado y jodido que la pérdida por la muerte, porque el ser amado sigue vivo, y aun así, nos rechaza. Por eso es una de las mayores penas del alma, comprender que quien amamos y nos amó haya decidido no volver a vernos. Ver el filme.

Por eso, el libro tiene su miga. Y es que solo a través del desapego, ese arte tan vilipendiado, el tiempo, ese sanador implacable, se encarga de mitigar este dolor agotador que todos conocemos, y sin embargo, es tan incierto. El problema que encuentro en este libro es, a veces, la ausencia de una autorreflexión sincera sobre por qué su pareja la abandonó. Hay susurros, pequeñas insinuaciones, pero no se atreve a cargar con el pesado fardo de la posibilidad de que ella misma fuera la causante de la pérdida. Esto convierte la obra en un análisis de cómo se superan las tragedias, pero no en un ejercicio de verdadera autoconciencia sobre el fracaso relacional. El duelo, claro, es un vía crucis de estaciones: de la ira al asco, de la lujuria a la nostalgia, de la desesperación a la aceptación. Pero a veces, sin autoconocimiento es puro yoga sentimental, coreografía de autoayuda para TikTok. Porque el verdadero desapego no nace de repetir mantras, ni de selfies, sino de mirarse a los ojos sin piedad.

No se aclara si Mateo, su amado novio se aburría, si se sentía controlado, si no se sentía libre, por qué no reestructuró su relación con ella, por qué no recurrió a terapia clásica para intentar encontrar la manera de reorganizarse, porque no analizó la posibilidad de abrir la relación, de probar jugar con él, dado que el siempre la buscaba aun habiendo roto, aunque solo fuera para darse revolcones. Lo verdaderamente valioso de este texto, sin embargo, son las citas que nos incitan a pensar que el desapego, es fundamental. Porque todo nos empuja a depender: canciones de amor, cartas, películas, baladas... a depender del otro en una relación romántica de apego y dependencia, lo que dificulta la comprensión de la libertad. Por no hablar del poliamor, esa opción que la sociedad empieza a digerir cada vez más, la posibilidad de comprender que una persona no satisface todas las necesidades de otra de por vida.

Por eso, finalmente, esta alma en pena encuentra su sanación a través de la soledad en un pantano al norte de la Sierra de Madrid, donde, cual animal herido, lame sus llagas. Aunque, debo advertir, hay un tono donde el cristianismo, con su habitual pesadez, puede ser excesivo. Libros como este son "recomendables para este verano" para que sepamos y entendamos que muchas de las relaciones que vivimos se quedan en un coletazo, y que, incluso al regresar de las vacaciones, nos damos realmente cuenta que están fracturadas en mil pedazos. Es curiosa la forma en que la modernidad se cuela en este libro, con códigos QR, donde se la puede ver en su Instagram (https://www.instagram.com/yurenalopezterapia/) proclamando mantras, cantando, riendo, bailando en diferentes rincones de España, intento de recuperar una autoestima perdida.

Porque, como el psicoanalista suizo Jung espetó, "lo que niegas te somete y lo que aceptas te transforma". Es interesante una de las citas que ella rescata, porque una de las situaciones más reveladoras es que el amor, en su esencia más pura, es la capacidad de trabajar activamente por la libertad del otro para que pueda elegir qué hacer con su vida, incluso si en esa elección tú no estás incluido. Una gran reflexión, sí, del gurú Jorge Bucay. Pero lo realmente interesante de “Donde mis alas me lleven, reside en la vulnerabilidad que da origen a la conexión y al sentimiento de dignidad. Si no te atreves a sentir la vulnerabilidad, el duelo probablemente no compensará el esfuerzo. La única constante en esta farsa llamada vida es el cambio.

"No hay forma de dejar de repetir las despedidas", afirma Yurena López. Y así, lamentablemente, debe ser. De no ser así, lo caduco no dejaría espacio para un nuevo pasado. Lo putrefacto no cedería ante la vida. Por eso, su libro, con su aparente simplicidad, roza algo fundamental: que necesitó dos largos y dolorosos viajes alrededor de ese Sol, el mismo que una vez abandonó, o fue abandonado por ese insignificante planeta. Quizás, al final, el hijo abandonó al padre.

Lo interesante es desentrañar los mecanismos que nos permiten construir y auto reflexionar, como ella, al igual que una azafata desorientada, a lo largo de su libro, recuperando las alas de un vuelo, las de una vocación para ascender y elevarse en el cielo. Es decir, esa aspiración que todos albergamos de alcanzar, la altura de los seres elevados. Y quizás también la desafección de no caer presa de cada dependencia que, con nuestra inherente debilidad, tejemos en cualquier relación que nace.

Puede que el libro tenga sus momentos cursis, es cierto. Y bochornosos, sin duda. Pero lo interesante es que la reflexión es precisa, real y, por qué no decirlo, honesta. Y de ese fango, de este alcohol de la desesperación, emerge una flor de loto. Y esa flor de loto es el amor propio, por el cual ella, con la humildad del que ha tocado fondo, agradece a todos sus "maestros" que la ayudaron a recuperarse.

Ella, en un momento de epifanía (o de autoengaño), proclama: "me libero de todo dolor, de la decepción". Y, de hecho, aborda las cosas de otro modo. Lo que me hubiera gustado saber, con la acidez de un buen crítico, es de qué culpa estamos hablando, qué problemas surgieron con Mateo, por qué su presencia llegó a aburrirlo, qué le provocaba rechazo, por qué se buscó otra novia. Todos estos elementos exigen una profundidad de observación y de autocuestionamiento que rara vez encontramos en la autoayuda, porque siempre es más cómodo atribuir la culpa al otro. Es fascinante cómo el "es que tú" podría, y debería, transformarse en el "es que yo", para, a partir de ahí, permitir que uno madure en el amor hacia los demás, no solo hacia la pareja, sino hacia el todo, ya que las relaciones, incluso las paternales, en muchas ocasiones, están condenadas al fracaso. Transformar el mundo, la soledad, el peor enemigo que hemos temido, el abandono en la infancia, porque la autoestima también se forja con la autocrítica. Lo que llamamos "abandono en la infancia" suele propiciar problemas futuros, manifestándose en un estilo de apego disfuncional en la edad adulta.

Otra de las interesantes reflexiones que "hace" López es sobre el karma, esa enseñanza oriental que postula que uno está atrapado en actos que, cual boomerang inevitable, regresan para repetirse, una forma de aprendizaje y, por supuesto, de castigo por las faltas cometidas. Y es tan cierta esa reflexión como que poca gente lo señala. "¿Por qué esto me ocurrió a mí? ¿Por qué me pasó a mí?". Todas estas enseñanzas nos insisten en que debemos entender que la vida son efectos de causas iniciadas previamente, y que muchas veces las recibimos como lecciones donde deberíamos haber aplicado lo que en un momento ella, con su peculiar honestidad, dice: haber sido más libre y más honesta para haber hablado de la infidelidad que tuvo con su primer marido, Arturo, a quien abandonó por otro hombre, un amigo suyo. Infidelidad dolorosa donde las haya. Lo importante es que ella toma nota de que, después, el destino, con su ironía macabra, le ajusticiaba esperando la vuelta de la esquina con una historia idéntica donde ella iba a ser la abandonada. Quedarse embarazada muy joven, no haber vivido mucho, haber pospuesto la vocación personal, creer en los cuentos de Cenicienta, en el amor para toda la vida, hacen mucho daño.

¿Quién, en su sano juicio, no sabe que estas cosas ocurren constantemente, y que todo lo que hacemos se nos devuelve? La ley de la causa y el efecto, el karma individual, el karma familiar, el karma nacional, el karma planetario y, por qué no, sistémico.

El planeta Ammonite, alejado de su familia, en el frío e indiferente espacio, ¿qué lecciones estará aprendiendo? ¿Por qué se fue tan lejos del Sol? Quizás, en su órbita solitaria, el Ammonite descubra que el verdadero abandono no es un castigo, sino la más brutal de las libertades; la lección de que el yo, en su absoluta desnudez, solo se encuentra cuando no hay otro a quien culpar, ni de quien depender. La soledad más profunda, como la que experimenta Ammonite, es el crisol donde el individuo forja su propia órbita, indiferente a la luz de soles ajenos y a la atracción de familias que un día, quizá, también lo abandonaron.

Arturo Prins