sábado. 02.03.2024
Cartel No tengo nada que decir
 

Alex Guax | 

"No tengo nada qué decir (Je n'ai rien à dire)", un homenaje de Arturo Prins a Jean Luc Godard

En el fascinante mundo del cine, hay encuentros que se convierten en experiencias transformadoras. En esta ocasión, nos sumergimos en el viaje cinematográfico de Arturo Prins, director de "No tengo nada qué decir (Je n'ai rien à dire)", una película que rinde un emotivo homenaje al cineasta Jean Luc Godard. La historia detrás de esta producción se teje a partir de un encuentro fortuito en Ginebra, Suiza, donde Prins decide emprender una travesía para conocer al maestro Godard. En esta entrevista, Alex Guax platicó con el director sobre este relato único de búsqueda, descubrimiento y la creación de una carta-film que explora la esencia misma del arte cinematográfico.

Alex Guax | ¿De dónde viene esta idea de hacer este homenaje? ¿Cuál ha sido el impacto que ha tenido en ti Jean Luc Godard para hacer esta película?

Arturo Prins | Bueno, la idea comenzó porque fui a visitar a Ginebra, a Vicky, una amiga en Suiza que me compró un cuadro y lo llevé para colgarlo en su casa. Allí decidí preguntarle ¿Y si vamos a ver a Godard a Rolle que está a aquí a lado, a 90 kilómetros de Ginebra? y me dijo, vamos. Cogimos el coche y nos acercamos. Yo no sabía dónde vivía. Empecé a preguntar a los vecinos cuál era su casa, preguntar a la gente, y poco a poco, después de casi una hora, dimos con su hogar. Cuando llegué, le toqué la puerta. No estaba, volví media hora después. Salió, me lo encontré, y todo lo que sucedió aparece en la película.

Lo que me ha enseñado JLG es que el cine puede ser arte, no solamente un engañabobos, un entretenimiento, que también puede serlo, es parte de la vida, jugar, divertirse, pero el cine también puede ser una profunda oración. Lo dice al principio de la película la nueva reencarnación del niño Godard: Los artistas primero hacen la oración, y luego viene la misa, que puede tener un público más o menos fiel que conecte con la oración. La crítica que hace de los americanos, es que ellos han reglamentado la misa, les interesa la colecta, el dinero, y a Godard le interesa la oración, porque es una artista. Su cine siempre me ha enseñado que él ha sido un buscador, un inconformista, un rebelde y a mí ese trabajo me interesa.

Cualquiera se hubiera decepcionado con el corto encuentro que tienes con Godard, sin embargo, tu decidiste sacarle provecho a la frase: No tengo nada que decir, que es también el título de la cinta.

Precisamente, con poco se pueda hacer mucho, y lo dice él, ¿no? Se puede hacer una película con nada, porque con nada se puede contar todo. Entonces precisamente lo bonito de esto es, que el señor Godard no me quiso contar nada. Con su misma aparición dice cuatro frases brutales: Ya no soy artista, lo fui, ahora soy un anciano, no tengo nada que decir, ya estoy fuera. Yo añado, ¡claro, si lo ha contado todo en sus películas!

Con esto poco, pude crear una carta de despedida, o una carta al espíritu de Godard que estará levitando en el limbo de los suicidas, aunque suene duro. Es decir, me ha venido la idea de su reencarnación, porque sus enseñanzas van a pervivir, van a continuar, saldrán cosas nuevas. Godard, es un artista que se preocupa por la belleza, la igualdad y la justicia. Es un hombre que siempre ha peleado por esto, un hombre políticamente vinculado a sacrificar el poder, los sistemas abusivos, desmontar todo aquello que sea falsedad y construir poesía visual libertaria. Este breve encuentro con él me brindó un mediometraje de 45 minutos.

¿Cómo decidiste las líneas y las formas de hacer este homenaje? Para mi hay dos narrativas que se dividen entre el viaje y el niño Godard, que también aprovecho para que me cuentes un poco, ¿cómo nació la idea de reencarnar el espíritu de Godard en un infante?

Buena pregunta. Yo tenía el material rodado de mi encuentro con Godard. Dos años después, voy a visitar a mi familia en Buenos Aires y me vino de forma intuitiva. Tengo una amiga que se llama Jessica, su hijo Teo me había pedido desde hace tiempo: “¿Por qué no me sacas en una de tus películas? Quiero ser actor, quiero salir en el cine. Y le dije, bueno, ya veremos. Me lo había pedido dos años atrás y este último verano pensé en él; le dije: serás Godard.

Yo creo mucho en el budismo esotérico, que habla de reencarnamos constantemente. Así que el niño, como el cine de Godard, siguen vivos. El cine de Godard es joven todavía, al menos en la corta historia de cine, que, según nos cuenta Jean-Luc en la película, es un cine que va a morir pronto, probablemente debido a las plataformas televisivas. Bueno, de todos modos, yo aún creo en un cine de autor potente que mantendrá el cine vivo.

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Godard divide su carrera en dos partes, la última se dedicó a trabajar en el material de archivo en el montaje, después de Historie(s) du cinema. Y bueno tu trabajaste con mucho material seguramente, ¿Cómo fue tu acercamiento a Godard mientras editabas en el montaje de tu película?

Hay mucha sintonía con la forma de montar: cortes abruptos, cambios de registro visual, saltos de ficción a un documento histórico, luego un diaporama donde hablo del Festival de Cannes, la carta que le dedicó a Thierry Frémaux, yo la desmenuzo con fotos mías de un día lluvioso, donde no hay nada de glamour en el paseo de La Croissete, en los días de la pandemia, que concluyen en los 24 escalones que conducen a la sala de cine de las proyecciones del Festival, en el cine Lumière de Cannes. Todo el material lo estuve acumulando y se me ocurrió hacer una reflexión sobre la Selección Oficial del festival o la Naturelle que propone Jean-Luc.

Porque la palabra Oficial ha convertido a los festivales en mafias que cobran 150 euros por películas. ¿Las ven realmente? ¿visionar más de 3000 películas, que equivale a 4500 horas, es decir, 187 días viendo películas, y que tienen que pagar ese dinero? ¿tú crees que hay un grupo humano que tenga la capacidad de visionar más de 1000 películas, descifrarlas, sin que entren las recomendaciones, la intervención de las distribuidoras importantes o programadores de festivales que representan a cineastas consagrados?

Se necesita una Sección Natural, para autores libres, independientes, potencias artísticas, que no tienen sistemas de distribución e industria que les apoye. Puedes hacer una buena película con tu móvil; si tienes una gran idea, te puede salir un gran film. Con el montaje, puedes resucitar a la vida, al cine. Yo tenía material rodado disperso, y pensando mucho en la forma de editar de Godard, he creado momentos con documentos históricos, para contar una historia de sus trabajos, momentos de ficción y otros simbólicos, metáforas visuales. Fue un montaje muy estimulante, todo un recorrido por su carrera.

¿Cómo te sientes con el corte final espiritualmente? Al principio de la cinta sentí un conflicto de cinéfilo y al final, parece que te liberas con esta despedida, con este trabajo que deleita tu cinefilia hacia Jean Luc Godard.

Yo tengo esta batalla con la industria, con la distribución, con la institución, con la falta de empatía de los ministerios, con la insolidaridad, ese aspecto me afecta bastante. Como cineasta independiente, tengo que hacer de todo, montar, pensar, inventar. Y está muy bien que así lo haga, es agotador. Pero creo que cuando la haya estrenado sentiré y tranquilidad, me habré despedido con esta carta-film. Espero que Godard entre en el más allá, (y salga del limbo), aunque sé que ahora puedo disfrutar con su reencarnación en un niño de 9 años en Buenos Aires, y eso me alegra. Continuar con ese espíritu Godardiano después de la obra.

«No tengo nada qué decir (Je n'ai ríen à dire)» de Arturo Prins se exhibe hasta este domingo en el Pequeño Cine Estudio de Madrid.

"No tengo nada qué decir (Je n'ai rien à dire)"