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viernes. 30.09.2022

Los toros son una parte esencial de la vida tradicional española, país mediterráneo que ha recogido la tradición milenaria de cultos al toro, y aunque no es el único país que tiene festejos de este tipo (a Francia llegaron en la época del Segundo Imperio de la mano de la Emperatriz Eugenia de Montijo, española), en España prendió con más arraigo y se ligó a la fe católica

  1. Tipo de espectáculo
  2. Posición animalista
  3. Posición política

Tipo de espectáculo

Si nos preguntamos qué tipo de espectáculo es, vemos que no es una pelea (el toro nunca puede resultar vencedor; siempre muere excepto en el raro caso de ser indultado), ni un deporte competitivo, ya que no se da entre iguales, ni un juego o espectáculo, puesto que es muy real: el peligro, las heridas y la muerte son auténticas y no puede volver a ser representada la misma corrida. 

Así, las corridas de toros son un sacrificio ritual y forman parte del catolicismo más popular español. Un dato que muestra esta relación es que el calendario taurino principal en España va de San José (19 de marzo) a la Virgen del Pilar (12 de octubre). En casi todos los pueblos se han celebrado los patrones y las vírgenes con toros, vaquillas o capeas.

También esta Fiesta Nacional tiene su polo laico, muchos artistas, entre ellos Picasso, enfatizan el simbolismo erótico de la corrida, desde los movimientos sensuales a la ropa ceñida y la proximidad de los contrincantes, o como Hemingway, que la veía como una expresión de la masculinidad por el valor, el coraje ante el peligro que potencia la testosterona. 

Más que hablar de una cuestión de sexo biológico de la corrida de toros, se trata de una cuestión "de cojones", es decir, de la simbología de la virilidad

Más que hablar de una cuestión de sexo biológico de la corrida de toros, se trata de una cuestión "de cojones", es decir, de la simbología de la virilidad, que también puede ser encarnada por una mujer que demuestre arrojo y valentía. La interpretación de la corrida como un ritual de fertilidad se debe a que el toro encarna los valores que culturalmente se le han asignado: una inmensa capacidad de copular, valor y bravura. Con el rito, se espera que esos valores pasen al torero, y que propicien lo mismo para los asistentes a la corrida. 

Posición animalista

Para la posición animalista, estos argumentos no son válidos, pues, siguiendo a Desmond Morris en El contrato animal (1990), “ningún animal debe ser revestido de cualidades imaginarias relativas al bien o al mal para satisfacer nuestras creencias supersticiosas o nuestros prejuicios religiosos”. Jesús Mosterín, el filósofo que se ha erigido como ariete de la taurofobia, considera la ética como la racionalización externa sobre los modos de hacer y pensar, estableciendo principios generales basados en derechos universales, que en este caso se aplican a animales humanos y no humanos. Basa su argumentario en la contrarréplica de los argumentos más recurrentes de los defensores de las corridas: el toro, rumiante, es pacífico por naturaleza y no tiene el ímpetu de atacar; la corrida no es un combate propiamente, sino un proceso de tortura para el desgaste del animal, por lo que el riesgo humano es menos alto de lo que parece; y ninguna práctica cultural es sostenible por sí misma, ello nos conduciría a la repetición ciega de patrones tradicionales, independientemente de sus funciones y significados. Por ello, el argumento culturalista para la defensa de la tauromaquia, desde esta perspectiva, es rechazable, como insiste este autor en su trabajo recopilatorio A favor de los toros (2010). 

Es sorprendente que una de las profundas raíces de este planteamiento está en el utilitarismo de Bentham, para quien es la capacidad de sufrimiento, de seres sintientes, el criterio para definir los límites de una comunidad moral que se ha ido ensanchando hasta que los avances en genética y neurofisiología han ido desdibujando los límites precisos entre las distintas especies de animales.

La Declaración de Cambridge sobre la consciencia (2012) concluyó que los animales con sistemas nerviosos complejos tienen capacidad para sentir sufrimiento y disfrute mediante experiencias conscientes, como cualquier torero o aficionado a los toros afirmaría sólo a través de su experiencia. Se trata de una suerte de animismo, pero sobre bases científicas y no sobre los sistemas culturales de sociedades ancestrales basados en una concepción de la espiritualidad.

Posición política

También es de resaltar la manipulación política entre nacionalismos y modelos culturales, que ha tenido su reflejo en distintos parlamentos de nuestro país. A las limitaciones y prohibiciones en los parlamentos catalán y balear de espectáculos con animales y toros, respondió el Ministerio de Cultura con la declaración de la fiesta de los toros como “patrimonio cultural” nacional, argumento usado por el Tribunal Constitucional para impugnar las medidas prohibicionistas. 

La prohibición de corridas en Cataluña ha tenido un fuerte componente “nacionalista”, como lo demuestra el hecho de que otros festejos con participación de toros se han salvado de la medida. Sin embargo, el catalanismo en Francia usa la corrida en la plaza como un marcador frente al centralismo francés. En otro sentido, para los defensores de la tauromaquia, ésta representa determinados trazos culturales de mediterraneidad, hoy ciertamente transformados, frente a un animalismo que encarna mejor los valores y la moralidad del mundo anglosajón y su espacio mental urbano de naturaleza impoluta.

Por último, compartir esta composición de Miguel Hernández:

“Toro en la primavera más toro que otras veces,
en España más toro, toro, que en otras partes.
Más cálido que nunca, más volcánico,
toro, que irradias, que iluminas al fuego, yérguete”.

Toros: Sacrificio ritual, simbolismo erótico