'El Proyecto Zarza' da nueva vida a La Gran Vía
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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
En otras ocasiones hemos hablado de la importancia de apostar por nuestro género chico y de la necesidad de impulsar nuevas producciones que revitalicen la zarzuela, acercándola a las nuevas generaciones y al público futuro. Por ello, resulta especialmente estimulante el Proyecto Zarza, una iniciativa del Teatro de la Zarzuela destinada a conectar a los jóvenes de entre 18 y 33 años con la música escénica. En esta novena edición, los participantes han creado su propia versión de un clásico del género: La Gran Vía (1886) de Federico Chueca y Joaquín Valverde, bajo la dirección escénica de Enrique Viana y la dirección musical de Néstor Bayona. Producción en la que se ha contado con la participación de jóvenes intérpretes junto a integrantes de la JONDE, que por primera vez forman parte de estas producciones tras un proceso de audiciones.
No se trata de una puesta en escena que busque impactar con grandes artificios, sino de una declaración de amor por la zarzuela y un compromiso con las nuevas generaciones de cantantes
Si en la edición anterior del Proyecto Zarza, con El año pasado por agua, destacamos la energía y vitalidad con la que se llevó la obra a escena, en esta nueva propuesta las sensaciones son similares. Enrique Viana adapta el libreto original de Felipe Pérez y González para presentar una Gran Vía más cercana a la actualidad. La obra se convierte así en una divertida sátira de problemas contemporáneos, especialmente acertada en su análisis del mercado inmobiliario, la proliferación de fondos buitre y los alquileres vacacionales que afectan a la zona. También aborda otros temas de gran relevancia, como la gentrificación, la inteligencia artificial y la contaminación.
Enrique Viana, reconocido director escénico y tenor —a quien recientemente vimos en la divertida La corte de Faraón—, destaca que, 140 años después, La Gran Vía sigue siendo una obra plenamente vigente, capaz de poner en solfa los defectos de la política y sus consecuencias, así como los fenómenos que vivimos en el siglo XXI. Un análisis que efectivamente está muy presente en obra de marcado carácter social y crítico.
Esta entrega consigue sortear ciertos momentos en los que la adaptación de Viana puede parecer demasiado obvia o rígida, pues el reparto la defiende con valentía y desparpajo
A lo largo de la representación se percibe el entusiasmo del elenco, en una de esas funciones donde es evidente que los intérpretes disfrutan sobre el escenario. Esta entrega consigue sortear ciertos momentos en los que la adaptación de Viana puede parecer demasiado obvia o rígida, pues el reparto la defiende con valentía y desparpajo. Sin embargo, es justo reconocer que algunas escenas no terminan de funcionar y que, de no ser por la energía de sus intérpretes, la propuesta podría tambalearse.
Como era de esperar, donde el espectáculo brilla especialmente en su apartado musical, con números como Caballero de Gracia, El Eliseo, Las ratas o La Menegilda, que mantienen su frescura y vigencia. Solo cabe elogiar el trabajo del reparto, encabezado por Rosa María Abella, Lucía Beltrán, Arantxa Cooper, Albert Díaz, Marina Fita, Yasmín Forastiero, Iago García Rojas, Rosa Gomáriz, Iría Goti, Luis Maesso, Alicia Moreno Royo, Álex Parra, Nacho Quiñonero, Adrián Quiñones, Andrea Rey, Miguel Ángel Roldán, Miriam Silva, Marcelo Solís, Rodrigo Turégano y Nacho Zorrilla.
En el aspecto visual, la escenografía de Carmen Castañón prescinde de dobles lecturas y apuesta por una propuesta sencilla y efectiva. Destaca el uso de un escenario móvil circular y la recreación del metro de Madrid, lo que facilita el desarrollo de la acción de manera fluida y sin complicaciones para el espectador. No se trata de una puesta en escena que busque impactar con grandes artificios, sino de una declaración de amor por la zarzuela y un compromiso con las nuevas generaciones de cantantes. Y eso, sin duda, es un gran paso para mantener vivo nuestro valioso legado musical.