viernes. 19.04.2024

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Carlos Valades | @carlosvalades

Plexus Polaire, la compañía de marionetas que el año pasado nos maravilló con su particular visión de Drácula, esta vez nos vuelve a sorprender con un clásico de la literatura: Moby Dick. 

Su directora Yngvild Aspeli dice: Mi abuelo era marinero. Tenía una mujer desnuda tatuada en la parte superior del brazo y lo recuerdo con un olor a alquitrán y tabaco. Venía de una isla de la costa oeste de Noruega, un pequeño puerto lleno de barcos e idiomas extranjeros, pescadores, marineros y niños que esperaban a padres que nunca regresaban del mar.

La función llega a su cenit en el momento en el que una ballena a escala 1:1 recorre el escenario de derecha a izquierda

Y esas vivencias han marcado a Yngvild. Ya desde el comienzo de la función un aire tétrico, una atmósfera lóbrega lo impregna todo. A ello contribuyen tres músicos excepcionales, guitarra, violonchelo y percusión. Su música, a veces gótica a veces frenética, proporciona a cada escena de una intensidad y una fuerza que traspasa al espectador por ósmosis sonora. El actor español Andreu Martínez Costa, en el personaje de Ismael, nos va narrando en castellano las razones por las que decide embarcarse en el Pequod en pos de una ballena blanca a través de los océanos, en un extraño limbo en el que se hayan los hombres del mar, hombres que no están ni vivos ni muertos. A partir de esa exposición inicial, una inmensa proyección nos sitúa en medio del mar. Bancos de peces se mueven acompasadamente en la inmensidad del océano. Entonces vislumbramos por primera vez la cola de una ballena brillando en la oscuridad del mar. En la siguiente escena vemos al capitán Ahab, viva imagen de Gregory Peck, en una híper realista marioneta, apoyado en el mástil del barco, oteando el horizonte en busca del cachalote. La compañía juega con el tamaño de las marionetas y con las perspectivas. Una de las marionetas del capitán tiene unas dimensiones de más de dos metros que exceden lo humano y para la que se necesitan 5 personas que tiran de cada una de las cuerdas que mueven y balancean el muñeco con una facilidad pasmosa. 

La gran Moby Dick, el leviatán blanco, nos mira con su ojo, parpadea, mueve las aletas desplazándose tranquilamente en una visión grandiosa que dejó a toda la platea ojiplática

La marioneta del célebre arponero polinesio Quequeeg es casi humana. Podemos ver como exhala el humo de su pipa o como amasa el espermaceti, el aceite de la cabeza de los cachalotes, usado para iluminar las estancias a finales del siglo XIX y que casi acaba con la población mundial de las ballenas. 

Todo el montaje es hipnótico, en ocasiones muy cinematográfico, a veces con puntos de vista cenitales que recuerdan a la visión de un dron en las escenas en las que los botes salen a la caza de las ballenas, o en la persecución final.

La función llega a su cenit en el momento en el que una ballena a escala 1:1 recorre el escenario de derecha a izquierda. La gran Moby Dick, el leviatán blanco, nos mira con su ojo, parpadea, mueve las aletas desplazándose tranquilamente en una visión grandiosa que dejó a toda la platea ojiplática. Un espectáculo oscuro pero grandilocuente que retrata el ansia salvaje de venganza y la obsesión que conducirá a la muerte al celebre capitán Ahab.

Moby Dick, una ballena blanca y un alma negra