lunes. 04.03.2024
TEATRO-MADRID-la-funcion-que-sale-mal

Pablo D. Santonja | @datosantonja

Nunca antes un error fue tan calculado y exacto, pues, “La función que sale mal” es un compendio de fallos técnicos, tropiezos,  errores de raccord, texto y absurdeces que lo primero que viene a la cabeza es el trabajo inhumano de ensayos que debe haber detrás para que sea, pese a lo que parezca, una obra milimétrica. Tan medido está, que desde antes de comenzar la obra existen personajes interactuando con el público que te introducen y te muestran los códigos por los que va a transitar el espectáculo, preparándote y haciéndote partícipe de lo que acontece durante la representación.

Todos los que nos hemos dedicado al teatro en alguna conversación hemos fantaseado con hacer un pase donde todo salga mal, sea bizarro y fuera de control, para provocar estupor en el público. Esa bizarrada ideal se hace palpable en el Teatro Amaya con una obra donde la trama juega un papel secundario. Y no por ello desmerece, pues tú te esfuerzas por seguir el hilo pese a todos los estímulos que te alejan de ello.

Acudimos pues a una obra del grupo de teatro amateur de la Universidad Politécnica, una representación de una historia clásica al estilo Agatha Christie. Lo que pareciera una adaptación al estilo de los 10 Negritos termina convirtiéndose en el juego infantil “La herencia de la tía Ágata”, pues de una forma magistral consiguen que absolutamente todo salga mal ante la mirada estupefacta de los espectadores.

Desde el patio de butacas ya se puede ver pequeñas pinceladas, técnicos que no se aclaran, atrezo que se suelta, actores mal ubicados… Desde el inicio se dibuja un escenario que te prepara para lo que viene, pero sin perder el efecto sorpresa.

Los errores empiezan siendo discretos y que “pudieran subsanarse”, pero rápido se convierte en una escalada de locuras sin sentido donde entramos al trapo al juego que nos ofrecen. Tanto los actores como nosotros somos conscientes de que estamos en una representación, y tanto una parte como la otra es testigo de los fallos técnicos que en cualquier otra situación harían cancelar el pase. Y ahí reside el chiste: el texto es lo de menos, el guion no importa, el verdadero éxito es ver cómo los actores luchan por arreglar cada estropicio en directo, rompiendo la cuarta pared, llamando la atención al público por las risas provocadas, llevando al extremo su capacidad física... Porque sí, si entras al juego, y te digo que vas a entrar, te ves atrapado en una espiral de locura que va in crescendo en un escenario y decorado completamente destructible hasta límites insospechados, donde se deja ver el gran trabajo físico de los actores y la maravillosa asistencia de producción. 

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Pero sin duda lo mejor son esos chistes recurrentes, que arrastran por la obra en su hora y cuarenta de duración, chistes que se cuentan al principio de la obra, que terminan por romper casi al final, jugando con el espectador y creando una carcajada general. Un ejemplo: antes de la obra se oye hablar a los técnicos de un perro que no aparece. El momento en que el “perro” toma escena, no crees lo que ven tus ojos.

Agradezco que se trate al espectador como un personaje más, siendo conscientes de que hay gente mirando, pues el gancho de esta representación es que sin el público, nada de lo ocurrido tendría sentido.

Verdadero énfasis y felicitaciones en el trabajo de producción y arte, cuidado detalles como que hasta el programa de la obra presente errores de impresión. Impecable trabajo orquestado y dirigido. Con unos actores impecables cada uno en su rol que te meten de lleno en su mundo.

En definitiva, “La función que sale mal” es una obra altamente disfrutable, con un humor que roza lo clown, pero que se toma muy en serio, y justo por hacer creíble lo increíble, es una comedia que funciona y deja huella. Vayan a verla, seguro que les sorprende.

'La función que sale mal': ser parte del desastre