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sábado. 10.12.2022
FÚTBOL

Recordando el Mundial del 82, “un hito primigenio” de la democracia española

Alberto Ojeda, autor de Cuero contra plomo: “No hay que desdeñar el poder catártico del fútbol”

“Creo que hay un olvido ingrato del Mundial de España 82”, destaca Alberto Ojeda, quien defiende la celebración de ese evento como uno de los “hitos primigenios de la democracia española”.El periodista en su libro Cuero contra plomo explora los años de violencia que aterrorizó tanto a nuestro país como a Italia, ganadora de aquella edición.

A partir de la década de los 60, numerosas democracias europeas se vieron golpeadas por los ataques de grupos terroristas de diferente índole ideológica. Si bien este fenómeno ocurrió en diferente intensidad y fuerza,los Años de Plomo hacen referencia a la actividad de bandas como Septiembre Negro (Alemania), ETA (España), IRA (Reino Unido), las Brigadas Rojas (Italia) durante aquellas décadas del siglo pasado.

Al igual que en el siglo pasado, a pesar de que el continente siga inestable, el balón continuará rodando

Para este libro, el escritor se inspiró en los obituarios que dedicaron los medios italianos a Paolo Rossi, el gran héroe de aquel campeonato, cuando falleció el 9 de diciembre de 2020. “No hay que desdeñar el poder catártico del fútbol como puesta en escena”, defiende Ojeda, quien señala que las victorias de la azzurra hizo que todo un país se mantuviera unido, a pesar de la polarización sufrida durante los Años de Plomo. Este “espíritu colectivo” es similar al que vivieron los españoles durante el Mundial de 2010, argumenta el autor. En plena crisis económica y derrotismo político, aquella selección “era un ejemplo inspirador”.

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Paolo Rossi

No es el mejor momento para organizar un Mundial

España en plena Transición no era el momento ideal para organizar aquel trofeo, tal como aseguró Raimundo Saporta, presidente del Comité Organizador. La FIFA decidió que el país acogiera el torneo en 1960, ¡con el franquismo en su plenitud! Además, el continente estaba asolado por una crisis económica, que en el escenario español se tradujo en tres millones de personas en paro y una inflación disparada hasta el 26%. Con todo ello, el Gobierno no paraba de llamar a las puertas de la Comunidad Económica Europea.

Además, la neonata democracia se tambaleaba por la presión de grupos terroristas a ambos lados del espectro ideológico. A la izquierda, el GRAPO y el FRAP hacían la guerra por su cuenta, después de considerar que el PCE había traicionado la cuestión de clase en favor de un “sistema burgués”. A la derecha, los “nostálgicos” de Franco - la Triple A, Guerrilleros de Cristo Rey, Acción Nacional- pedían a base de cañonazos -de qué modo si no- la vuelta del régimen dictatorial.

De todos ellos, ETA fue el agente desestabilizador más problemático de nuestra historia reciente. Tan solo veamos los datos, entre 1978 y 1980 el grupo terrorista cometió 244 asesinatos. Esto representa el 30% de sus muertos desde que comenzaron sus andaduras, en 1960, hasta deponer las armas en 2010. Con esa cruenta actividad, el miedo a que la banda hiciese aparición durante el Mundial estaba más que fundado. Para ello, las autoridades desplegaron el Plan Naranja, como guiño a Naranjito, y defendieron con éxito cualquier tentativa de ataque por parte de ETA. El mítico jugador de la Roma Bruno Conti describió el operativo policial como “un marcaje sin piedad”.

Irónicamente, aquellos años fueron dorados para los equipos vascos. La Real Sociedad ganó sus dos únicas ligas de manera consecutiva, en el 81 y el 82. Los txuri-urdin aportaron un gran número de jugadores a la escuadra nacional, cinco en total: Arconada, Perico Alonso, López Ufarte, Uralde y Satrústegui. Posteriormente al Mundial, el cetro se lo pasaría al Athletic, que de la mano de Javi Clemente ganó dos títulos ligueros seguidos.

Italia, de lo peor a lo mejor

Italia, por su parte, tampoco estaba mucho mejor.  El secuestro y el asesinato de Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas había supuesto la “guinda” de un país conmocionado por la violencia. El líder de los democristianos estaba a punto de firmar un pacto histórico con el PCI de Togliatti. En aquellos años los comunistas italianos estuvieron muy cerca de ganar las elecciones y entrar en el Gobierno. El terror estaba a la orden del día en el país transalpino. Los atentados de la Piazza Fontana (1969) y la Estación de Bolonia perpetrados por la ultraderecha dejaron 17 y 85 asesinados, respectivamente.

Selección de Italia en la final del Mundial 82

Así que en este escenario de crispación política aterrizó en Balaídos la azzurra, comandada por Enzo Bearzot. El técnico había sido muy cuestionado tras anunciar su lista de convocados: dejaba fuera a Roberto Pruzzo, máximo goleador del calcio durante las pasadas dos temporadas, a favor de incluir a Paolo Rossi, quien apenas había disputado un par de partidos a lo largo de dos años. El delantero de la Juventus había sido sancionado en 1980, tras estar involucrado en una trama de apuestas deportivas. Así que su credibilidad ética y futbolística estaban puestas entre paréntesis. En cualquier caso, el inicio de la selección italiana fue cuanto menos decepcionante, ya que encadenaron tres empates consecutivos contra Polonia, Camerún y Perú en la fase de grupos.

A pesar de empezar con el pie torcido, la segunda fase de la competición supuso el cambio de fortuna para los italianos. En el primer enfrentamiento contra Argentina, el equipo de Maradona no supuso ningún problema al que derrotaron por dos a uno. Sin embargo, el gran choque de esa etapa fue el disputado contra la Brasil del jogo bonito. La canarinha partía como una de las grandes favoritas, ya que en su once figuraban jugadores legendarios de la talla de Zico, Falcão o Sócrates.Con un tres a dos, finalmente, Italia consiguió imponerse en un enfrentamiento para la memoria del balompié. Así lo rememoró el escritor Mario Vargas Llosa: “Un partido que recordaremos, del que hablaremos todavía cuando hayan pasado muchos años y sus principales protagonistas sean sólo nombres vinculados a la mitología del fútbol”.

A partir de ahí, el conjunto transalpino dominaría con pulso el resto del campeonato. En semifinales, ganaron por cero a dos a Polonia. Y en la gran final, celebrada en el Santiago Bernabéu, se impusieron a Alemania por tres a uno, con goles de Rossi, MarcoTardelli y Alessandro Altobelli. Por el camino caía una España que había tenido una actuación decepcionante, los mejores años de la Roja aún estarían por venir. Afortunadamente, el último episodio del Mundial se desarrolló sin sustos. ETA no hizo aparición en ningún momento del torneo. Las portadas del día siguiente, tal como relata Ojeda, tan solo informaron sobre las detenciones de carteristas y revendedores de entradas. Italia traía la dicha a casa y los españoles no lamentaron muertos en ese paréntesis futbolístico. Esto “venía a confirmar que el cuero había sentenciado al plomo”, escribe el autor hacia el final del libro.

Fútbol a pesar de todo

El balance de España 82, a juicio de Ojeda, fue muy positivo, ya que supuso “la carta de presentación al mundo de una democracia joven”. El campeonato “contribuyó a fortalecer aquella determinación del pueblo español”, concluye el periodista. 

A finales de noviembre comienza la vigésimo segunda edición del Mundial. Celebrado en Qatar, cuya organización no ha estado exenta de polémica. Los datos no se ponen de acuerdo con el número de trabajadores fallecidos durante la construcción de los estadios: los más optimistas hablan de centenares de personas, mientras que los más críticos las cuentan por miles. Además, el Gobierno catarí vulnera los derechos de las mujeres y el colectivo LGTBI+ de manera constante. Después de 40 años, Europa vive de nuevo una crisis: suenan los tambores de guerra provenientes de Ucrania, las consecuencias del conflicto han traído una fuerte crisis económica, y los partidos de ultraderecha están encontrado su clima perfecto para llegar al poder. Al igual que en el siglo pasado, a pesar de que el continente siga inestable, el balón continuará rodando.

Recordando el Mundial del 82, “un hito primigenio” de la democracia española