martes. 16.04.2024

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 

En arte, al igual que en otros ámbitos, ha tenido lugar un serio retroceso en los últimos decenios. La visión posmoderna, cuyo axioma, no nos engañemos, es «el cliente siempre tiene razón» –y su corolario «estamos en esto solo por la pasta»–, ha ido dificultando la existencia de propuestas artísticas que salgan de los caminos trillados, de contenidos y continentes manidos. 

Al utilizar de manera crítica el término posmodernidad no aludo, claro está, a lo que a veces recibe la denominación equívoca de literatura posmoderna (Calvino, Perec, Barth, incluso García Márquez). Tampoco a artistas, fotógrafos, músicos o cineastas agrupados bajo esta etiqueta por unos o por otros. Lo que sí pongo en cuestión es un conglomerado especulativo que hace pasar por verdad contante y sonante lo que es una falacia ideológica: el postulado de que toda realidad es una mera producción social, peligrosa concepción que socava cualquier tentativa de separar el grano de la paja. Es el propio Sistema el que, a través de sus altavoces mediáticos, decreta qué es transgresor y entroniza cualquier obra provocadora sin nada dentro, rebelión clínex de usar y tirar. Se divulgan trabajos artísticos que son copias compulsadas de las ideas más reaccionarias, clonan los clichés y tópicos más acreditados y sirven para reconfortar a determinadas clases ofreciéndoles cultura, arte y vida intelectual por un módico precio. 

El arte habita con Banksy en la pared de un solar en un barrio de Bristol, y no en los tiburones en formol de Hirst o los perros-globos de Koons

Pero el arte y la belleza no anidan en los grandes almacenes, hipermercados y demás altos lugares de la supervivencia posmoderna. El arte habita con Banksy en la pared de un solar en un barrio de Bristol, y no en los tiburones en formol de Hirst o los perros-globos de Koons, ni en novelas o películas de calidad, bien hechas, o sea de esas que se han olvidado al día siguiente. Y recordamos que la relevancia del arte, tanto estética como social, es absolutamente independiente de su valor crematístico. Que los cuadros de Picasso alcancen precios astronómicos no quita nada al feroz espíritu crítico presente en Guernica o en Las Señoritas de Avignon. En estos tiempos, se procura atemperar la esencia contestataria de ciertas obras de street-art pretextando que se subastan por suculentas sumas. Pero el mercado no lo iguala todo, hay quien vende y hay quien se vende. Desde el punto de vista económico, la diferencia puede ser nimia; desde el moral, es abismal.

«Hay que llevar verdaderamente el caos dentro de sí para engendrar una estrella danzarina», pone Nietzsche en boca de Zaratustra. Si esta época ha generado como astro rutilante del firmamento del arte un bluff de la envergadura de Jeff Koons, eso da una idea de la magnitud de nuestro caos. Sus objetos gigantes en plástico, aluminio o todo género de materiales clonan iconos del peor kitsch. Te dan la impresión de estar atrapado en un bazar en el que bibelots abominables han aumentado desmesuradamente de tamaño y te rodean amenazantes. Sus espantosas esculturas, recubiertas con los colores más horribles que el diseño automovilístico pudo concebir jamás, como la inenarrable Venus metálica en azul fosforito, provocan dolor de estómago. Este arte industrial es la apoteosis de la nulidad artística. Cierto es que observamos un perfecto equilibrio entre fondo y forma, entre belleza y contenido, ya que todos ellos se mueven en las cercanías del cero absoluto. Si tomáramos esa obra como culminación del arte de nuestros días, concluiríamos que este ha alcanzado el punto de la muerte térmica.

El arte y la belleza no anidan en los grandes almacenes, hipermercados y demás altos lugares de la supervivencia posmoderna

El problema más serio del fraude estético no es que el público habitual de museos y exposiciones, burgués en su mayoría, se deje llevar por la inercia de la duda. Esta puede ser consecuencia de tantos errores acumulados cuando desechaba con repulsión, una tras otra, novedades que, unas décadas después, se convertían en arte imprescindible. Lo grave es que la crítica, incluso los historiadores del arte se rinden con armas y bagajes a esta nadería y pretenden otorgarle sentido. Se llega a hablar de transgresión de los límites y rechazo de las barreras morales para celebrar una idiotez del calibre de los cuadros y esculturas hiperrealistas de la serie Made in Heaven. En ellos se ve, en el mejor estilo exhibicionista, al artista y su mujer de entonces, la estrella porno Ilona Staller, más conocida como Cicciolina. Lo que los hace desagradables no es su carácter pornográfico –¡a estas alturas!– sino que son rematadamente feos, de una vulgaridad que repele. Eso sí, al igual que toda su producción, es de comprensión fácil y asimilación inmediata. Y Koons sabe que, en la actualidad, es lo único que cuenta: «Quiero que mi obra sea accesible a la gente». Como puede sonar demasiado a estar a expensas del gusto del respetable, en especial de los compradores, conviene dorar un poco la píldora. «Creo verdaderamente que, para operar una trascendencia hacia las más altas esferas, es necesario contar con la aprobación de los demás. Hay que deshacerse del ego. El ego es muy aburrido». 

Estas declaraciones son citadas por Jed Perl en un artículo de The New York Review of Books, que es una de las escasas críticas de la estafa que supone presentar su trabajo como gran arte. Se trata de la plasmación ideal de la posverdad, la posmoral, la posmodernidad y la posvida en general. Expone descarnadamente lo que nos rodea: reproducción, copia, simulacro, superchería o parodia. Es lo real verdaderamente irreal, la verdad realmente falsificada. El Baal Shem Tov afirma que la verdad está permanentemente en el exilio. Los que crean y dominan el mundo contemporáneo han conseguido borrar cualquier huella que nos indique el lugar de su destierro. Su vuelta es hoy casi tan impensable como el retorno de Arturo o el regreso del rey Don Sebastián. Por eso merecen todo el reconocimiento quienes, en los campos del arte, la ciencia, la filosofía o la vida cotidiana, siguen empeñados en alcanzar Ítaca. Más aún cuando muchos saben que ya no existe, que la única Ítaca que nos queda es el camino a Ítaca.

No entramos en el debate, que podría ser largo y tendido, acerca de qué es lo que se aloja, con más o menos credenciales, en el armario posmodernidad. Erigido en vocablo a la moda, como gobernanza empoderamiento, hay quien lo usa para todo lo que le gusta y quien para lo que le disgusta. La discusión sobre su definición y sentido en arquitectura, sin ir más lejos, ocupa volúmenes enteros. Obras como El lenguaje de la arquitectura posmoderna de Jencks, Después de la arquitectura moderna de Portoghesi o Aprendiendo de Las Vegas de Venturi pusieron en su día el asunto en candelero. Y digo en su día porque todas tienen ya unos cuarenta años. 

Sin querer profundizar en el tema, me parece válida la opinión de Jameson: «La posmodernidad en arquitectura se presentará lógicamente como una suerte de populismo estético» (Teoría de la posmodernidad). Esto resulta patente si nos hacemos cargo de las conexiones entre estas ideologías y la sociedad de consumo tardocapitalista. Quiero aclarar que esta expresión no significa que el capitalismo esté acabado, ni que vaya a desaparecer mañana; no dudamos de su capacidad de adaptación, ni de su mala salud de hierro. En cambio, permite distinguir su actual etapa de lo que fue su edad clásica. El concepto utilizado por Jameson es muy adecuado por cuanto da fe de la mezcla promiscua y casi pecaminosa que esas corrientes establecen entre alta, media, baja e ínfima cultura. Cual gigantesco Moloch, la sociedad posindustrial lo devora todo, lo mastica, lo deglute y en último término lo expulsa convertido en una sustancia homogénea, pero poco decorosa.

En España, los charlatanes oficiales parecen haber recibido la revelación de la posmodernidad tras la última lluvia. Lo suyo es cháchara hueca, desconocedora de lo que se cuece en su interior. Utilizado como muletilla folclórica que lo mismo sirve para defenderse que para atacar, se le suele asignar lo más reaccionario de sus posibles contenidos. La versión autóctona del posmodernismo se asemeja a la serie de alegatos que un fiscal podría presentar contra él, «atendiendo al consumismo hedonista del posmodernismo, a su filisteo antihistoricismo, a su abandono barato de la crítica y el compromiso, a su cínica tachadura de la verdad, el significado y la subjetividad, a su vacío y reificado tecnologismo» (Eagleton La estética como ideología). Eso es lo que nuestros pseudofilósofos y clérigos mediáticos entienden por posmodernidad. Lo que les atrae del término y de la cosa en sí es su aroma antiintelectual, su aversión hacia el elitismo de las vanguardias, su clausura de la crítica y la sospecha que hace recaer sobre la reflexión. La viven como un toque a rebato para que todos acudan a adorar las cinco clases de ídolos definidas por Bacon –los de la mente, la tribu, la caverna, el mercado y el teatro–. O sea, las limitaciones psicológicas al conocimiento, la tendencia a generalizar, la imposición de ideas preconcebidas frente a lo observado, el acatamiento de las convenciones sociales y la influencia distorsionadora de los paradigmas reinantes. Las cabezas pensantes de la reacción y el conservadurismo local llegan al humo de las velas. El cirio de la posmodernidad gastó su cera tiempo atrás. 

Rebelión clínex