TRIBUNA

¿Escuchar a Mahler al azar?

Gustav Mahler
Si eres un melómano de manual, quizá estas reflexiones te incomoden.

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Hace no mucho reuní todas las sinfonías de Gustav Mahler que atesoro en mi discoteca (la integral completa) interpretadas por distintas orquestas y bajo la batuta de diferentes directores. Mi intención era crear una lista de reproducción creada expresamente para disfrutar, a bajo volumen, de una banda sonora de acompañamiento en mis horas de lectura. 

La audición es completamente aleatoria y mi estrategia es no seguir el orden cronológico de las obras ni tampoco respetar la secuencia de los movimientos de cada sinfonía.

La música no está hecha solo para ser comprendida, sino para ser vivida

Es así como después del último movimiento de la Tercera (por poner un ejemplo) podrá sonar el primero de la Novena, y a continuación el inicio de la Séptima, sin transición lógica ni narrativa. 

Sé que para muchos melómanos puristas esto les supondrá un sacrilegio, sin embargo, yo disfruto intensamente de la sorpresa que surge cada vez que finaliza un movimiento y otro, inesperadamente, comienza sin nada que ver con el anterior… o a veces es sí.

Estoy en la hipotética certeza de que romper moldes, a veces abre puertas inexistentes, de tal modo que escuchar a Mahler en una secuencia nada ortodoxa —y puede que hasta anárquica— transforme por completo la experiencia de una audición, algo que necesariamente no tendría por qué ser malo.

Alberto Soler y Gustav Mahler

Las sinfonías de este compositor que me descubrió Alfonso Guerra, siendo yo adolescente hace algo así como medio siglo, fueron concebidas por el músico como una especie de grandes viajes emocionales, obras con una arquitectura sólida y una progresión cuidadosamente pensada que solo —por norma ortodóxica— deberían escucharse en el orden que dispuso su creador. Sin embargo, al de dejar la secuencia de escucha al libre albedrío de un playlist, la música deja de ser una historia cerrada para convertirse en una sorpresiva sucesión de momentos vivos, y cada movimiento aparece como una obra en sí misma, con su propio clima, su propia emoción y fuerza expresiva.

No escuchamos igual a Mahler un día tranquilo que en una tarde melancólica

Desde un punto de vista psicológico, la sorpresa juega aquí un papel fundamental basada en la evidencia de que nuestro cerebro disfruta cuando se enfrenta a lo inesperado, obviamente siempre que la experiencia resulte estimulante. 

Es de este modo como el contraste entre un final grandioso y el comienzo sosegado e íntimo de otra pieza musical, o también entre una marcha solemne y una explosión de luz orquestal estridente y festiva, mantenga la atención despierta, consiguiendo que la música no solo sea un fondo sonoro para acompañar a la lectura, sino un diálogo constante entre lo que se espera y lo que realmente sucede.

Pero esto no es todo, pues hay algo aún más profundo en esta atípica forma de hacer una audición de música clásica si nos atenemos a que la notas no solo existen en la partitura de un modo rígido e incambiable. Nada de eso. La música, escuchada activamente, puede ser percibida de un modo distinto según sea el instante en que la oímos, según sea lo que esté sucediendo en la novela que estamos leyendo al mismo tiempo, o según lo decida nuestro estado anímico en cada momento.

Cada escucha es única porque nosotros también lo somos. 

La música, escuchada activamente, puede ser percibida de un modo distinto según sea el instante en que la oímos

No escuchamos igual a Mahler un día tranquilo que en una tarde melancólica. Al romperse el orden tradicional entre los movimientos de una obra, en mi caso consigo que la secuencia aleatoria consiga que cada fragmento me hable directamente, sin tener la obligación de encajar en una narración mayor y permitiéndome disfrutar de la anortodoxia de que un movimiento deje de ser “el segundo de la Sexta” para convertirse en una experiencia emocional completa en medio de una atmósfera, un recuerdo, una sensación. 

Como resultado de esta travesura, he podido comprobar como la música se libera de su estructura rígida y se vuelve más cercana, más humana e inmediata.

Soy consciente de que este atrevimiento incomodará a los melómanos más ortodoxos, pero para nada es mi intención faltarle a Mahler el respeto que merece, sino más bien acercarme a su obra desde una vivencia distinta a lo convencional y completamente personal. 

He descubierto que escuchar la música de este modo me aporta una grata sensación de libertad, un modo de descubrir nuevas conexiones, de dejarme sorprender y de reencontrarme con una música que creía conocer y de pronto me parece nueva,

Y es que, al final, la música no está hecha solo para ser comprendida, sino para ser vivida. Y en esa vivencia, a veces, romper moldes abre puertas que no sabíamos que existían.