Los Chironi y Tina Modotti en concurrencia y la concordancia gastro
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Las creencias, sabido es, remiten a un constructo, mental y subjetivo, que nos lleva a una percepción personal del mundo que nos rodea, se convierten en un filtro captativo de la realidad y la conducta, y en general se asocian a lo religioso, excepto en los casos, como es el del quien esto escribe, de gentes que no han perdido la fe porque no recuerdan haberla poseído y por tanto edifican y construyen su sistema en lo cultural y lo vivido.
Aunque me consta que esto le debe importar un bledo a mis congéneres, en el cammin septuagenario de la mia vita, creo en santa Rosalía, “La Santuzza”, cuando juega el Palermo F. C.
Así, todos somos creyentes, aunque dentro de este último grupo el sistema es mutable, como es la cultura entendida desde una visión antropológica del conjunto de herramientas conceptuales que sirven para enfrentar la existencia.
En mi caso, aunque me consta que esto le debe importar un bledo a mis congéneres, en el cammin septuagenario de la mia vita, creo en santa Rosalía, “La Santuzza”, cuando juega el Palermo F. C., en el cine de Paolo Sorrentino, en el cante de Pepe Marchena, en la poesía de Ángel González, en el arte fotográfico de Tina Modotti, en la narrativa de Marcello Fois, y en que todo concurre y todo concuerda.
Y en este punto, enfrascado y subsumido en la lectura de una trilogía literaria del sardo Fois, descubro que el protagonista de la segunda entrega de la saga, Vincenzo Chironi, fue paisano friulano de Tina, de quien ya hemos hablado en un artículo publicado en este medio el pasado 28 de marzo.
La antedicha trilogía, compuesta por las novelas Estirpe, El tiempo de en medio y Luz Perfecta (todos ellos publicados en español por Hoja de Lata Editorial), narra la saga y estirpe de una familia de la Cerdeña profunda, los Chironi, desde los estertores del siglo XIX hasta la segunda mitad del siglo XX, como una epopeya dialéctica doblemente marxiana, que va de lo particular a lo general, para volver a lo particular y de nuevo a lo general, y así sucesivamente.
Y antes de que me ahorquen si lo entiendo, que diría Groucho Marx, aclararé que los Chironi forman parte, en lo literario, de un linaje y progenie en la que figuran, entre otros, los Rostov de León Tolstói, los Buendía de Gabriel García Márquez, los Buddenbrook de Thomas Mann, los Compson de William Faulkner, los Trask y los Hamilton de John Steinbeck, los Trueba de Isabel Allende o los Valldaura de Mercè Rodoreda.
Pues resulta que en el arranque de la segunda de las novelas en saga de Fois, nos encontramos a Vincenzo llegando a Cerdeña desde el continente, como parte de un cargamento de refugiados que viene huyendo del desastre asociado al final de la Segunda Guerra Mundial en Italia. Tiene veintisiete años, de los cuales doce los ha pasado en un orfanato y siete en un seminario.
Con una vaga referencia escrita se dirige hacia Núoro o Núgoro, capital de la provincia homónima y enclave como conocido como la “Atenas sarda”, debido a que a partir del banderazo de salida que da una de sus naturales, Grazia Deledda, Premio Nobel de Literatura en 1926, inicia una carrera en la que compiten un nutrido número de intelectuales, escritores y artistas, como el poeta Sebastiano Satta, el escultor Francesco Ciusa, el jurista y escritor Salvatore Satta, la intelectual y feminista Graziella Sechi Giacobbe, el pintor y escultor Giovanni Ciusa Romagna, la activista cultural Mariangela Maccioni o el novelista que aquí nos trae, Marcello Fois.
Caminando por montes, bosques, valles y cañadas, el primer humano con el que se topa es un campesino agarrado a un macho cabrío: “… un viejo pequeño y muy flaco, completamente ciego, que se mantenía en contacto con su guía agarrándole un mechón de lana a un lado de la cola. Un minúsculo Polifemo en busca de Nadie”. Y en estas líneas arranca uno de los pasajes que basculan entre lo estrechamente local y lo más universal: “Iba completamente descalzo.
Era la personificación de Tireas, el adivino ciego de la mitología griega, pensó Vincenzo. Pero con la melena hirsuta de Absalón, recogida de mala manera sobre la nuca, la misma melena que al enredarse en el ramaje lo atrapó en un árbol del bosque de Efraín mientras combatía con su padre, el rey David. Y tenía la barba larga de saeta que llevaba Moisés cuando dios le dictó los Diez Mandamientos”.
Les cuesta entenderse porque el provecto habla sardo y el viajero italiano del norte (…) el anciano les estaba preguntando si tenía hambre y Vincenzo le estaba preguntando si tenía algo de comer. Era lo mismo. Lo mismo. Se hablaban como debieron hablarse los obreros, los esclavos, los arquitectos, durante la construcción de la Torre de Babel”.
El siguiente humano que Vicenzo encuentra en su vagabundaje es el padre Veris, quien vive aislado para ponerse lejos de la malaria que invade, cual plaga bíblica, los campos sardos. El cura acoge al caminante en su acomodado retiro y este intenta agradecérselo colaborando en las tareas domésticas. Una noche en la que Veris llega muy tarde, tras haber dicho misa en un pueblo relativamente alejado, se encuentra preparada una cena que al día siguiente elogia como muy apetitosa al forastero. Este se encoge de hombros y asegura que: “… unas patatas con queso, que se había tomado la libertad de rebuscar por allí y que había encontrado unas patatas y un trozo de queso rancio… Que no era más que un frico, un plato típico de su zona”.
Y de pronto, en el lector salta la chispa cognitiva de que ese es justamente un plato típico de Údine otrora capital de la región histórica del Friul y actual región autónoma de Friul-Venecia Julia, donde nació Tina Modotti y que sin duda fue parte esencial de la dieta de la gran fotógrafa y activista social durante su infancia y adolescencia, antes de emprender el camino del exilio hacia San Francisco, California. Y la casualidad deja de serlo cuando descubrimos que, por lo que da fe un papel de reconocimiento de paternidad, Vincenzo nació en Cordenons, a unos cincuenta kilómetros de Údine, y en la misma provincia friulana.
Cuando solo nos queda la comida, que diría Xavier Domingo, cabe preguntarse en qué cambiaron los usos y gustos gastronómicos de Vincenzo al llegar a la tierra de sus ancestros, para allí quedarse hasta muerte. Y con toda probabilidad muy próxima a la seguridad, colegimos que debió gozar durante años del icónico plato de Nuoro, el Pane frattau, que consiste en láminas de pane carasau -delgado y crepitante, hecho de pan plano cocido que se separa en dos partes para hornearlos de nuevo-, remojadas ligeramente en caldo de oveja hirviendo, dispuestas en capas alternas con salsa de tomate y queso pecorino sardo rallado, que suele coronarse con un huevo escalfado.
Los Chironi y los Modotti, j’atetú, unidos en la pitanza, porque al decir de Faustino Cordón cocinar hizo al hombre, y porque, ya se dijo en los prolegómenos, al final, todo concurre y todo concuerda.