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Tras resituar el Centro Cósmico del Universo, que, como oportunamente se anunció en este medio el 8 de diciembre del pasado año, ha migrado desde la estación de ferrocarril de Perpignan, Francia, el castillo de Sanluri, en la isla de Cerdeña, Italia, algunos miembros del Consorcio para el Estudio del Centro Telúrico del Universo (CECTU), responsable de esta reubicación, celebraron el nuevo posicionamiento y al tiempo despidieron el año en el Ristorante Bar Pizzeria Rosy di Musa Antonia, de la localidad.
La vasta copiosidad del banquete, la profusión de platillos que componían el menú y la obligada organización horaria en noche tan señalada, obligaban a los organizadores a poner sobre la mesa la totalidad de los ítalos antipasti, que traduciríamos como entrantes, aperitivos o entremeses.
Así, los integrantes de CECTU se sentaron ante el ágape en panorama integrado por Affettato alla sarda/ Embutidos al estilo sardo; Polpo e patate/ Pulpo con patatas; Seppie e gamberi in crema di piselli/ Sepia y gambas con crema de guisantes; Tonno pesto pomodorini e cardoncello/ Pesto de atún con tomates cherry y hongo cardoncello; Cocktail spada cipolla rossa e pesca siciroppata/ Cóctel de pez espada con cebolla roja y melocotón confitado; Moscardini in salsa de cottura e costrino al rosmarino/ Pulpo amizclado tierno en salsa de cocina y acelgas al romero.
Y con este último se abrió el debate, porque los moscardini son unos pulpitos chiquitines, de entre seis a siete centímetros, en los que el comensal puede observar al octópodo en su totalidad y diseño, con su cabecita, manto, ojos, sifón y brazos. Y además de que le pueda dar su cosilla hincarle el diente, ya desde hace una década el comer pulpo es para muchos algo inaceptable por la enorme inteligencia y gran sensibilidad del animal, que le acercan de tal forma a estándares humanos que la manduca del animalillo es consideraba próxima a la antropofagia.
Alguien objetará de inmediato que la extremosidad de tal percepción es palmaria, pero los datos dan que pensar. El pulpo es un animal extremadamente inteligente, cuenta con más de quinientos millones de neuronas, dos tercios sitas en sus brazos; son capaces de resolver problemas complejos, utilizan herramientas de manera efectiva, y, lo que es más importante, poseen sensibilidad y se muestran como seres silentes, de manera que se emocionan, sufren miedo y estrés, muestran comportamientos complejos. Todo ello abre un debate ético no solo en cuanto a su consumo, sino también sobre el sufrimiento que les provoca el confinamiento en granjas.
Pero todos esos datos, conocidos desde hace tiempo por los científicos, saltaron de pronto a la opinión publica cuando, en noviembre de 2014, Silvia Killingsworth, editora del prestigioso semanario The New Yorker publicó el artículo Why not eat octopus?/ ¿Por qué no comer pulpo? Dos años después, en mayo de 2026 la periodista Elle Hunt firmó una columna titulada Do you care about animals? Then you really shouldn’t eat octopus/¿Te importan los animales? Entonces no deberías comer pulpo, en el diario británico The Guardian, apelando eficazmente al aspecto más emocional del asunto.
Con todo, el gran aldabonazo para el gran público llegaría cuando el cineasta sudafricano Craig Foster, presentó, en 2020, el documental My Octopus Teacher/ Mi maestro el pulpo, que se emitió en la plataforma Netflix y que relata su personal relación con un pulpo hembra en los bosques helados de algas de Ciudad del Cabo, con quien llega a desarrollar un muy estrecho vínculo, que le proporciona un nueva perspectiva en la relación con su hijo y con la naturaleza.
El discurso que subyace en todos estos trabajos gira en torno al dilema de comernos criaturas que se parecen tanto a nosotros; que no son como notros, son nosotros.
Problemas aledaños con los relacionados con el bienestar animal y el impacto medioambiental. De un lado, las granjas de cría de pulpos provocan un enorme estrés en los animales y altas tasas de mortalidad, con frecuencia a consecuencia de los intentos de escapar a una situación que les es completamente ajena como especie; de otro, la cría intensiva exige grandes cantidades de harina y aceite de pescado para sus alimentación, lo que incrementa la presión sobre otras especies y desequilibra los ecosistemas.
En el Estado de California, Estados Unidos, ya se han prohibido la cría de pulpos en granjas marinas, y en Europa el debate se recrudece. Organizaciones como Amigos de la Tierra, Eurogroups for Animals, Ecologistas en Acción, WeMove Europe o Unión Vegetariana Española, impulsan la prohibición de la cría industrial y el consumo.
En ese contexto, el 8 de octubre, Día Mundial del Pulpo, de 2024, la organización Compassion in World Farming reveló que gobiernos de todo el mundo, con España a la cabeza, se han gastado millones de dólares y euros de fondos públicos en el desarrollo de la cría del pulpo. Sin embargo, todas estas iniciativas chocan con una tradición cultural gastronómica y una afición al producto que no para de crecer, junto al apoyo popular mayoritario a la práctica de cría de pulpos en granjas. En los nueve países de la UE donde se practica este cultivo, el acuerdo popular es del 79% y en España, líder en esta actividad, un 83% de los ciudadanos manifiestan igualmente su acuerdo.
Así las cosas, en Cerdeña, ahora albergue del centro de Universo en el municipio de Sanluri, los pulpitos se llaman, como se dijo, moscardini, y se usan para condimentar platos de pasta, o en un tipismo sardo a base de tomate y arselle/almejas con vino Cannonau y setas porcini. Sin embargo, en Napóles se conocen como polipetti y la preparación señera es polipetti alla Luciana, guiso de pulpitos en salsa de tomate con ajo, aceitunas y alcaparras, originario del antiguo barrio pesquero de Santa Lucía. Por lo que se refiere a la isla de Sicilia, los pulpitos locales morados, purpiceddi murati, se cocinan en una olla de barro tapada, para que suelten su propio caldo que termina convirtiéndose en una sabrosísima salsa. En la región del Véneto, se preparan los folpetti alla Veneziana, pequeños pulpos cocidos y aderezados con aceite de oliva, limón, ajo picado, perejil, sal y pimienta, servidos calientes o fríos como aperitivo (cicchetto) o como plato principal, a menudo acompañados de patatas cocidas y vino.
En cualquier caso, estamos en un punto en el que hay que revisar en profundidad lo de aceptar pulpo como animal de compañía.




