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martes. 16.08.2022
EL MADRID DEL PRIMERO DE MAYO

Tiempo de reformas en Madrid

'El Madrid del Primero de Mayo', de Francisco Javier López Martín, por entregas en Nuevatribuna.

 
calle arenal

(Capítulos 59 y 60)

59.- TIEMPO DE REFORMAS

El proceso desamortizador, especialmente los de Mendizábal y Madoz, contribuyó a liberar suelo urbano para aumentar el número de viviendas en la capital, aunque sus efectos ordenadores de la trama urbana no fueron de igual importancia. De este momento son las Plazas de Tirso de Molina o Vázquez de Mella; algunas calles, generalmente cortas, como la ya referida del pasaje Matheu, o Doctor Cortezo y el ensanchamiento parcial de algunos espacios urbanos como la Plaza de Pontejos, o las calles de Arenal, Alcalá o Atocha.

A lo largo del recorrido ya hemos mencionado que algunos edificios, como el del Palacio de las Cortes, se alzan sobre conventos derruidos en esta época. La antigua sede de la Asamblea de Madrid, en San Bernardo, antigua Universidad Central de Madrid, también se asienta sobre lo que fuera el antiguo noviciado de jesuitas, cuyo recuerdo, hasta en las bocas de metro, ha perdurado hasta nuestros días.

En 1846, Mariano Albo enuncia un proyecto de reforma de la Puerta del Sol, para convertirla en un espacio rectangular, en cuyo marco se podrían edificar los edificios de la Bolsa, un teatro y una imponente catedral sobre el lugar que ocupaba el Buen Suceso. Respeta la Casa de Correos que, desde 1847, era sede del Ministerio de la Gobernación. Como vemos, este arquitecto liberal tiene claras las nuevas alianzas del poder político con el dinero y la iglesia en el marco reordenado de la plaza.

Mientras se abren camino las propuestas de reforma, en 1848 se inician las obras de alcantarillado, ensanchamiento de aceras, pavimentación y, signo de los tiempos, se quita la estatua de la Mariblanca, levantando en el centro de la plaza una gran farola de gas.

No obstante, el tráfico de vehículos de mercancías y de personas es cada vez más difícil, debido a la estrechez de las calles y callejuelas que circundan la plaza. La actividad comercial y mercantil, las funciones administrativas, la banca, los alojamientos, pensiones y fondas, los cafés cada vez más animados por tertulias, reclaman una nueva plaza que no será ya la del Mentidero de los Austrias, ni la del Estado centralista de los Borbones, sino el Foro de la nueva burguesía liberal y de los ciudadanos de la capital.

A mediados de siglo, la ciudad ha dejado de ser aquella que encontró Carlos III, para convertirse en un núcleo incipientemente industrial, centro económico y administrativo, que genera un importante crecimiento demográfico, más por efecto de la inmigración, que del crecimiento natural de la población madrileña.

Es necesaria la intervención pública en la mejora de la capital, tanto en el aspecto de construcción de viviendas y de ordenación del espacio urbano, como para generar la actividad económica y el empleo que demanda el crecimiento de la población y, no lo olvidemos, facilitar el movimiento de tropas en el interior de la ciudad para sofocar las pertinaces revueltas ciudadanas.

Así, Ramón Mesonero Romanos, regidor del Ayuntamiento y cronista de la Villa, plantea un proyecto de Mejoras Generales de Madrid que incluye, entre otras, las prolongaciones de calles como la de Lope de Vega hasta el Prado, atravesando la finca del Duque de Medinacelli, o como la de Cervantes, que topa con la necesidad de derribar el palacio del Duque, para lo cual habrá que esperar hasta principios del presente siglo. El proyecto enunciaba ideas como la construcción del viaducto en Bailén, sobre la calle de Segovia, la prolongación de la calle Mayor y del Salón del Prado, o las actuaciones en el entorno de la calle Barquillo para descongestionar la trama urbana existente.

60.-  EL ENSANCHE

Sin embargo, será la segunda mitad del siglo la que traiga consigo las reformas de Madrid. Primero para alinear y ampliar calles, como la de Arenal (1853) o Preciados (1854) y proyectar la reforma de la Puerta del Sol. Posteriormente, para urbanizar nuevas zonas como las proximidades del Retiro o Argüelles, cuyos solares son de propiedad real, así como otros espacios, como el comprendido entre Recoletos y Puerta de Alcalá o el del Cuartel de Monteleón, que dio lugar a nuevas calles, como las de Barceló, Larra, o Churruca.

El auge de la burguesía liberal, durante el reinado de Isabel II, marcado por los espadones -militares metidos en política- como Espartero, Narváez y O´Donnell y la Restauración borbónica, tras el periodo revolucionario de 1868-1874, determina la aparición de operaciones urbanísticas de envergadura.

Estas actuaciones que hemos comentado y el Ensanche, encargado a Carlos María de Castro en 1857, supusieron el enriquecimiento de los promotores inmobiliarios y de la nobleza poseedora del suelo, cada vez más caro, sobre el que se levantaron las viviendas necesarias para satisfacer las necesidades urgentes de un sector de la población, mientras que las clases populares se veían desplazadas del centro a la periferia.

La historia no se repite, pero me es difícil no establecer paralelismos entre algunos periodos históricos.

El Ensanche proyectado por Castro es heredero del elaborado por Ildefonso Cerdá para Barcelona que, a su vez, encuentra claras referencias en las realizaciones precedentes en América Latina o en las nuevas poblaciones española a los largo del siglo XVIII, así como en los modelos establecidos por Nueva York o Atenas, que condicionaron la adopción de un trazado ortogonal que circundase Madrid.

Las Rondas de Reina Victoria, Raimundo Fernández Villaverde, Joaquín Costa, Francisco Silvela y Doctor Esquerdo, serían los límites de este nuevo trazado urbano. Lógicamente, la trama queda interrumpida en su zona occidental, por la existencia del río y, más allá, de la Casa de Campo.

Una operación de más de 2.000 hectáreas, perfectamente delimitada y de larga realización -prácticamente hasta 1931-, es el campo abonado para la especulación y el enriquecimiento de muchos, máxime cuando el trazado de calles, manzanas y hasta usos preferentes, queda establecido desde el principio: parques, hospitales, cárceles, teatros, iglesias.

Socialmente, la distribución territorial también queda definida: la aristocracia en la Castellana, la burguesía en Argüelles y Salamanca, clase obrera en la prolongación de la calle de Alcalá y junto a las industrias de Chamberí y las zonas de abastecimiento de Embajadores y Puerta de Toledo. Vallehermoso dedicado a cuarteles y el Manzanares a zona agrícola.

Motivos de higiene determinan la anchura de las calles, de 20-30 metros, y su orientación, para facilitar la ventilación y el tráfico, así como impedir, de paso, que pudieran levantarse las frecuentes barricadas que caracterizaban las revueltas sociales y políticas en el centro colapsado de la ciudad.

El ánimo de lucro del empresariado madrileño hará que las previsiones de altura no superior a tres plantas, se vean ampliamente superadas, con el consiguiente aumento de la superficie edificada y el beneficio económico para los promotores.

No hacían más que seguir el consejo de la reina regente María Cristina, quien había reunido a los empresarios madrileños para contarles aquello de que ya que Madrid no tiene industria, tiene que convertir en industria (negocio) el suelo y la capitalidad. Algunos políticos y buena parte del empresariado madrileños han seguido aplicando esta consigna hasta el hartazgo y hasta nuestros días, creando toda una cultura económica cuyo mejor exponente es la omnipresente culturilla del pelotazo inmobiliario.

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