miércoles. 19.06.2024
RELIGIONES

La hora final

Y, ahí tenemos la historia y las culturas, pobladas de dioses de toda especie, compañías circunstanciales que, supuestamente, nos ayudan a afrontar las adversidades
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Dadas las circunstancias de violencia e incertidumbre que estamos viviendo, inclusive con la posibilidad muy grande de una guerra nuclear, sugiero que hagamos una brevísima reflexión,acerca de nuestros últimos fundamentos.

Desde luego que hablamos aquí de la hora de cada uno que llegará cuando el puntero que en el reloj representa el horario,se desprenda. No habrá,entonces,ya más horas,ni días,ni años… Cambiamos nuestro lugar,de un espacio- tiempo que nos hemos inventado para ubicar nuestra existencia física en el Universo, y medir la duración de nuestra conciencia, y entramos en la eternidad, sin que sepamos qué es eso, pero sí sabemos lo que no es: un no-espacio, no-tiempo y no-conciencia porque, ahídejamos de ser nosotros, para fundirnos, como átomos, en una “masa”, con movimiento, pero sin conciencia alguna.

Es lo que pensamos ahora. En verdad, nunca lo sabremos, porque nunca “estaremos” ahí. El “ahí, es sólo una metáfora. Ni siquiera podemos decir que es la eternidad, porque este concepto implica una duración infinita y, “allí”,no habrá duración. Será un estado que no es ni presente, ni duradero porque, esto último, tiene implícita la concepción de tiempo. La conciencia humana no puede definirlo porque no es posible elaborar un concepto para ello. No puede la mente humana, por naturaleza finita,definir la eternidad; por eso, como he dicho antes, hemos inventado el tiempo que, aunque es pura ficción (como el hombre mismo), sirve para medir la duración de nuestra conciencia.

Esa conciencia, ha tratado de neutralizar lo anterior, con la idea del amor.

El AMOR, esa ligazón con los otros que le daría a esta fugacidad que es la existencia humana, un sentido. Y que, a veces, en el colmo del autoengaño y, en ciertas circunstancias, llegamos a afirmar que es eterno. Ese es uno de los fundamentos de la poesía romántica, o erótica. Pero, en la existencia humana, no hay nada eterno.

Esa ligazón de que hablamos, se da por el miedo a afrontar la soledad, como conciencias solas, indefensas, y viendo que, el diálogo con nosotros mismos, no es más que una farsa que puede conducir a la locura. Por ejemplo, pensando, frente a un espejo,o en una meditación hiperconcentrada, por el significado del YO. También, por la sensación de finitud que nos lleva a pensar que hemos sido y que dejaremos de ser (por eso, del muerto, se dice “el finado”) sin ningún sentido. Entonces, nos acercamos a los otros y, juntos, elaboramos narrativas de consuelo que nos fortalecen con base en el “AMOR ETERNO”,y, pasando, del campo filosófico, al campo religioso, lo asimilamos a Dios, o a una parte suya, frente a la espantosa “nadidad” de la existencia humana.

Y, ahí tenemos la historia y las culturas, pobladas de dioses de toda especie, compañías circunstanciales que, supuestamente, nos ayudan a afrontar las adversidades. Es más: en un acto de cordura proto-racionalista, hemos reducido los innumerables dioses con poderes compartimentados, a uno solo: el DIOS VERDADERO., fuente de moral, o sea, de las “verdaderas” reglas de vida, en función de una trascendencia. ¡Cada cultura lo tiene! Y en cada momento histórico se le concibe leve o, fundamentalmente, diferente. Cosa curiosa: ahora que Europa se ha impuesto en el mundo, hemos cambiado esa fuente de moral (“¡Dios ha muerto!”, exclamó Nietzche), por el dios DINERO, o CAPITAL, en términos generales (K), fuente de todo placer y generador de sentidos de vida.

El dinero, o capital (K),unge con una filosofía que es la de LA CANTIDAD-SER. Y que se expresa en el lema: TANTO TIENES, TANTO VALES. Es decir, da una ID-ENTIDAD, que se expresa en una clasificación de “SERIDAD”, que no es sólo clasista, en términos sociológicos, (clases  alta, media y baja), sino INTRACLASISTA (diferenciación clasista dentro de cada clase). Y no es sólo una diferenciación económica o social; es una valoración simbólica de consecuencias reales que nos da una identidad humana con diferentes tamaños.Tamaños que, al referirnos a una persona, se expresan en nuestra cabeza y en nuestro comportamiento hacia ella.

Finalmente, esta valoración nos ha puesto debajo de todas, a los DESECHABLES, detestable término si los hay: aquelllos que no tienen más que su miseria y que, por lo tanto, no son cosas, como los esclavos del mundo grecorromano, sino estorbos. Y cosa desastrosamente bella: esto ocurre en una sociedad CRISTIANA, la de la imagen del Cristo de estampa aria, de rostro blanco alargado, barba y pelo rubios perfilados y peinados, y labios rojos. No la del judío de la época porque esta Sociedad Occidental Cristiana, no se arrodillaría ante ella.

Volvamos, después de esta pequeña, pero necesaria, ampliación.

La cambiante concepción sobre lo divino ocurre, porque hemos concebido a la Divinidad zoomórfica o antropomórficamente. Para no ir tan lejos, veamos el panteón egipcio,con la representación de sus dioses como animales. O las culturas centroamericanas con Quetzalcóatl, la Serpiente emplumada. Y más: la adoración al sol y a la luna, con distintos nombres pero, en todo caso, como reguladores de la vida y de la muerte. Los que nacen judíos, creen el Jehová. Los cristianos en un Dios Trinitario; los islamitas en Al-lah (Alá). Pero ¡cuidado!, Al-lah no es el dios de los árabes, o de los islamitas; es la palabra DIOS en árabe, tanto para los islamitas como para los cristianos u otros grupos que hablen árabe.

Dado que judíos, cristianos y musulmanes toman la Biblia (= “Los Libros”) como referencia (para los musulmanes, completada con El Corán), a los tres grupos de creyentes se les llama “la gente del Libro”.

Pero, de acuerdo con lo que hemos venido hablando acerca de que cada cultura, y que cada pueblo, conciben la Divinidad de diferente manera, veamos lo siguiente: para los judíos, si bien Jehová es el creador del universo, es, al mismo tiempo el Dios de Israel, porque éste es su “pueblo escogido”. Por eso, en el Antiguo Testamento se ve como un Dios vengador que pelea al lado de los suyos. En el cristianismo: si bien San Pablo trató de universalizar el cristianismo y, por eso, algunos y algunas lo consideran su fundador, hubo, también la concepción de “pueblo escogido”, esta vez con el nombre de “la comunidad de los creyentes”. La “Cristianitas” (“Cristiandad”) de la Edad Media.

Luego, sobre todo a partir del cristianismo imperial, es decir, al que comienza a ser protegido por Constantino(emperador pagano, luego convertido al arrianismo, secta cristiana condenada por la iglesia romana),en el Edicto de Milán del Año 313, es decir, a principios del siglo IV. Teodosio, un emperador de origen ibérico, por Decreto del 27 de febrero del Año 380,es decir a finales del mismo siglo,declara al cristianismom,RELIGIÓN OFICIAL EXCLUSIVA DEL IMPERIO.

Ahora hay una iglesia de abajo, a la que se le exigía el cumplimiento literal de las creencias, si bien no aprobadas, sí consensuadas (otra forma de aprobación) y defendidas por Constantino, en, y a partir del Concilio de Nicea (Año 325), y una IGLESIA IMPERIAL, de base fundamentalmente ritual y ornamental. Iglesia que se fortaleció con la creación de un reino en este mundo que fueron los llamados Estados Pontificios cuya capital era Roma y su gobernante el Papa, a partir del Año 756 cuando Pipino El Breve, rey de los francos, le entregó al papa Esteban II el gobierno de Roma. El Papa pasó a ser Jefe de Estado que vivía en guerra con los otros estados-ciudades italianos, hasta 1870 cuando se unificó Italia y desaparecieron los famosos Estados Pontificios.

En 1929, Mussolini les devolvió algo a los papas: lo que hoy es el Estado Vaticano reconocido por la ONU y cuyo gobernante, el Papa, se constituye, en jefe religioso y jefe político, al mismo tiempo. Y tenemos la mezcla (desastrosa) de religión y política, hasta hoy. Lo mismo ha ocurrido en el judaísmo y en el Islam…

Volvamos a nuestra narrativa de las dos iglesias:

Oficialmente, los auténticos cristianos, eran los que recitaban el credo trinitario, establecido en el mismo Concilio (“Creo en Dios Padre…) y obedecían a la “Iglesia católica, apostólica y romana”. No a la de Constantinopla (ortodoxa) que era la verdadera base del Imperio, cuando la parte occidental del Imperio Romano, había caído en poder de los “bárbaros” germanos.  Luego habrá todo un etcétera de creyentes cristianos “no auténticos” por no obedecer al papa. Se les llamaba “herejes”. En este caso, separados equivocados y condenados por cuestionar los dogmas de la Iglesia oficial. Es bueno agregar, que en buena medida y, en buena parte de estas sectas, quedó el cristianismo original. Querían volver al cristianismo original con base en la pobreza y no en la riqueza, todo ello como sistema de vida. Y se sentían traicionados por la Iglesia Imperial. Fueron perseguidos y masacrados O acabaron en las hogueras de la Inquisición. Desde luego, entre ellos también había fanáticos que atacaban a clérigos romanos.

Todavía se dejaron oír los gritos de dos de los Grandes Padres de la Iglesia como San Agustín y San Juan Crisóstomo, condenando la riqueza. Como ejemplo, decía este último que “Nadie puede enriquecerse honradamente”. Pero, no fueron escuchados. Si acaso entre los pobres, aunque, había algunos que se preguntaban por qué tenían que ser pobres.

En 1053, o sea en el siglo XI, se produjo el Gran Cisma. Veamos:

El Imperio Romano que supeditaba la Iglesia a sus fines políticos, había dividido la administración eclesiástica en cinco Patriarcados: Roma, cuyo Patriarca fue llamado Papa; Constantinopla, Antioquía, Jerusalén y Alejandría. Todos los patriarcas eran obispos porque la jerarquía sacerdotal, desde el punto de vista sacramental, está constituida, en tres órdenes, de abajo arriba: Diaconado, Presbiterado (el “cura”) y Episcopado. “Sacerdotes”, es decir “dotados con lo sagrado”, son todos.Pero, Papa, Cardenal, Arzobispo, Monseñor (Prelado Doméstico de Su Santidad), son distinciones protocolarias, o cargos administrativos, no órdenes sacerdotales.

Por lo anterior, el Papa es el Obispo de Roma. Y vale tanto como cualquier otro obispo. Como el de GARAGOA, esa pequeña (y hermosa) ciudad, donde nací, apellidada Sultana del Valle de Tenza, en Boyacá, Colombia, por ejemplo. Se le dio alguna prelación al Obispo de Roma, frente a los otros patriarcas, por estar allí la base del Imperio; porque, ahora hay una unión Iglesia-Imperio. En esa unión perdió el cristianismo y ganó el Imperio. Y era apenas lógico: si el fundamento de la religión es el Amor, nada tiene que hacer al mezclarse con la política que es el orden de los privilegios, siempre non sanctos, a los ojos de Dios para Quien todos y todas, somos iguales por ser hijos de un mismo Padre. Pero… no estoy haciendo un sermón.

El Cisma, o División, se produjo porque el Patriarca de Constantinopla exigió obediencia al Patriarca de Roma que era el Papa, puesto que, ahora, la base del Imperio, estaba en Constantinopla. El Papa se negó. Para hacerlo, ya, desde antes, los papas habían impulsado la creación de dos imperios, sucesivos, en Occidente: el Imperio Carolingio, con Carlos rey de Francia apodado Carlomagno, cristiano emperador que al decir del historiador Joseph Fontana, condenó a muerte a sus primos, los sajones, que no se bautizaran y decapitó a cuatro mil quinientos de ellos, quedándose con sus bienes.Y, entonces,a la caída de este imperio, el Papa impulsó la creación del Sacro Imperio Romano Germánico, de los “Othones”, con base en lo que hoy es Alemania. Estos imperios era protectores de la Iglesia y el Papa coronaba a los emperadores. Hasta cuando Napoleón se puso, él mismo, la Corona Imperial.

El Papa y el Patriarca de Constantinopla se excomulgaron mutuamente.

Quedaron dos Iglesias, excomulgadas, es decir, cada una, fuera de la otra, pero, ¡las dos verdaderas! Yo nací y crecí en la Católica, Apostólica y Romana y me enseñaron que era la única que tenía la verdad revelada y, por tanto,que era el único camino de salvación. Ahí afuera quedaron los cismáticos(separados}, herejes (tenían errores de doctrina), apóstatas (renegaban de la fe católica), infieles (los islamistas, judíos, y otros a quienes se había predicado la verdadera fe y no la habían aceptado). Y los ateos: una especie ajena a todos los anteriores. Pero, todas estas categorías estaban destinadas a la condenación eterna… hasta cuando llegó el Concilio Vaticano II. El I había sido en 1869 y había decretado como dogma de fe, la infalibilidad del Papa, cuando habla Ex catedra (= desde la Silla), es decir, para establecer una creencia no cambiable.

El Concilio Vaticano II, abrió la perspectiva de la salvación por medio de las otras religiones. Es decir, la Romana, la mía, ya no era la única. Esto, unido a que Juan Pablo II dijo que el infierno no existía como lugar (la visión dantesca era pura ficción), sino que era un estado de la conciencia, hizo que algunos comenzaran a hablar de POSCRISTIANISMO.

Después de eso: heme aquí con la idea de la hora final, convertida en un interrogante (?). Y no es para menos ya que, como decía algún filósofo, preguntar por el hombre es preguntar por la pregunta. Podremos intentar la respuesta desde la fe, la filosofía y la ciencia.

O quizás lo hagamos desde algún tipo de arte, filosofado, con la metáfora de cierto pensador griego: el hombre es el sueño de una sombra.

La hora final