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sábado. 10.12.2022

Jugar y soñar cual compositores de nuestras partituras vitales

Cualquiera de nosotros es cada día un dramaturgo y cineasta homologable a Shakespeare o Kubrick

“Ser en el sueño un juguete involuntario de las propias imágenes, se llama soñar” (Kant)

“Cualquiera de nosotros es todo un Shakespeare mientras está soñando” (Schopenhauer)

“Hablar de sueños es como hablar de películas, al utilizar el cinesu lenguaje” (Fellini)

 

Jugar y soñar. Esto es lo hacemos durante toda la vida. Desde que nacemos hasta morir. Somos dramaturgos que hacen maravillas gracias a una imaginación infantil, desbordante de fantasía, y al omnímodo inconsciente,cuya infinita versatilidad no conoce límite alguno.

En ambos casos franqueamos las coordenadas espacio temporales que rigen la vigilia y el pensamiento racional. Cuando somos niños ignoramos cosas tales como la finitud o la mortalidad. Nada nos impide resucitar una y otra vez a quienes protagonizan uno u otro juego. El animismo que caracteriza esa temprana edad es capaz deinsuflar vitalidada cualquier objeto inerte, como si dispusiéramos de una varita mágica que lo hechizara.

Cualquier cosa es posible. Durante la infancia nuestra profusa imaginación se inventa constantemente nuevas tramas lúdicas donde copamos todos los papeles del reparto, aparte de ser al mismo tiempo escenógrafos y directores, además de nuestro propio público. Al jugar somos consumados dramaturgos que no se cansan de generar nuevas representaciones, novelistas como Galdós que inventan mil personajes.

En el sueño seríamos en cambio juguetes involuntarios de nuestras propias imágenes. Pero siempre cabe soñar despiertos y jugar a representarnos historias para nutrir nuestro relato sobre nosotros mismos

Como bien señala Schopenhauer, también al soñar nos convertimos en genios de la escena comparables a Shakespeare, aunque de cuanto pasa en esa vida paralela sepamos muy poco y únicamente lo vislumbramos a veces en la transición del duermevela.Otra cosa es que la vida onírica vaya modelando nuestro imaginario, al echar por la borda ciertos lastres y alimentar nuestra despensa simbólica.Quizá conviniera decir que,al jugar, nos asemejamos cabalmente a los dramaturgos y novelistas,mientras que al soñar nos homologamos más bien con los cineastas.Dadas las limitaciones físicas que inevitablemente tiene la escenografía de nuestros juegos, barreras que desaparecen tanto en la modalidad onírica como en el formato cinematográfico, donde los efectos especiales y el montaje pueden conseguir lo que se propongan los cineastas más vanguardistas.

El cine ha contribuido a perfilar ese imaginario de un modo paradigmático. Alguna secuencia nos interpela por su fuerza dramática, como el final del primer Planeta de los simios o el inicio de 2001, una odisea en el espacio. Pero esto no es algo exclusivo de la ciencia ficción, sino de cualquier película que merezca ese nombre y no sea un mero simulacro.Con las imágenes nos pasa lo mismo que con la información. Su sobreabundancia devalúa enormemente su impacto y sobre todo lo particulariza, haciéndolo tanto menos universal. Cuando se tardaban años en rodar un film, su anhelado estreno suponía un auténtico acontecimiento y muchas veces engrosaba una galería fílmica digna de visitar con frecuencia, porque cada vez que lo hacemos cabe apreciar cosas diferentes con otra mirada.

Esta escasez hacía más fácil coincidir en el archivo de las imágenes memorables retenidas por nuestra memorias individual y colectiva. Eso mismo sucedía con las fotos tradicionales que debían revelarse y guardábamos en papel. Cuando un miembro de la familia se molestaba en seleccionarlas y ponerlas en un álbum, esas instantáneas eran compartidas por sus protagonistas y los allegados. Ahora hay tantas que, pese a su excelente factura técnica, no pueden jugar el mismo papel representacional de antaño.Todo ello debería hacernos reparar en la conveniencia de cultivar aquella divisa bauhasiana del Menos es Más. De poco sirve tener acceso a una ingente oferta de diferentes opciones, cuando carecemos que una brújula para guiarnos por esa frondosa maraña dealternativas. Las plataformas digitales tienen catálogos inabarcables y uno sucumbe a las recomendaciones de los algoritmos, a menos que se cuente con recomendaciones hechas por quienes tengan gustos afines.

Visionar una película ya no es un acontecimiento, entre otras cosas porque cede su lugar a los episodios de una serie que suele tener varias temporadas. Es obvio que un formato tan reiterativo no logra dejarnos la misma impronta. Deberíamos cuidar nuestra dieta fílmica en aras de nuestra macrobiota simbólica. Los empachos nunca son buenos.En cualquier caso, las imágenes que percibimos moldean con fuerza nuestras representaciones. A veces resultan indisociables de ciertas melodías, una simbiosis, esta que puede haber entre música e imagen, que toda buena banda sonora se propone como meta. Pensemos en la filmografía de Kubrick o la de Sergio Leone. Algunos estudios han demostrado que cabe visualizar la música en imágenes de asombrosas formas geométricas. No sería extraño que, al escuchar música, podamos estar percibiendo esas imágenes geométricas de modo inconsciente, como al jugar y al soñar. Después de todo Pitágoras consideraba imprescindible conocer las matemáticas.

Entre nosotros tenemos un dramaturgo con una enorme vocación filosófica que conoce las matemáticas y cultiva la poesía. En su Voltaire ha llevado a la escena diálogos ético-filosóficos y El silencio es de suyo una sugestiva sucesión de reflexiones filosóficas en torno a mil cuestiones. Con esa simplicidad aparente que sólo se alcanza tras dar muchas vueltas a las cosas, Juan Mayorga ha vuelto a sorprendernos con el magnífico discurso pronunciado al recibir el Premio Princesa de Asturias.

Nos habla de la magia que cualquiera puede conseguir al combinar cabalmente las letras. Una hoja de papel en blanco puede acogerlas todas, al igual que todos los números. Con las letras formamos palabras que pueden alegrarnos o entristecernos, reconfortarnos o lo contrario. Todo dependerá de cómo las combinemos y decidamos utilizar esas combinaciones.Nuestras representaciones vitales dependerán del uso que le demos y el guion de nuestra vida irá orientándose dinámicamente merced a su interacción con los demás.

Comoquiera que sea, Schopenhauer acertó con el título de su obra mayor. Al fin y al cabo, somos ante todo voluntad y representación. Las representaciones, al igual que la volición, siempre nos acompañan de uno u otro modo. En su primera Crítica Kant nos brinda un amplio catálogo de representaciones que llegan hasta las ideas, pasando por conceptos e intuiciones, tras partir de las percepciones o representaciones conscientes, denominación que reconoce implícitamente otras representaciones inconscientes, aquello que Leibniz dio en llamar petitesperceptions. En realidad, las ideas kantianas nos permiten soñar con otros mundos posibles realizables por nosotros mismos para no conformarnos con los males del actual, tal como le gustaba recalcar a Javier Muguerza.Esas reglas de juego alternativas quedan posibilitadas por esas ideas que tendrían un gran rendimiento práctico, al permitirnos imaginar otros modos de comportarnos. Esa es la encomienda del juego moral que representa el formalismo ético.

La libertad se representa sobre todo en el juego, según la tercera Crítica kantiana. En el sueño seríamos en cambio juguetes involuntarios de nuestras propias imágenes. Pero siempre cabe soñar despiertos y jugar a representarnos historias para nutrir nuestro relato sobre nosotros mismos. Para Fellini el cine utiliza las técnicas del sueñoy, como ya se ha dicho aquí, al soñar nos convertimos en cineastas. En su Antropología filosófica Cassirer define al ser humano como un animal simbólico que transciende los parámetros naturales y habita en el entorno configurado por sus creaciones culturales. Las imágenes van adoptando diversos formatos gracias a los códigos míticos, religiosos y filosóficos, entre muchos otros que acaban entrelazándose y van urbanizando nuestro universo simbólico. Al jugar y soñar oficiamos como arquitectos de semejante hábitat.

Jugar y soñar cual compositores de nuestras partituras vitales