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martes 24/5/22
Universidad de Cambridge | Inglaterra
 

Joan Violet Robinson, conocida como Joan Robinson por el apellido de su marido el también economista Austin Robinson se definía a a si misma como “keynesiana de izquierdas” que llevaba  a “Marx en la médula de los huesos”. Está declaración está recogida en la “Carta de una economista keynesiana a un economista marxista” que escribió ante las críticas recibidas por algunos economistas que se adueñaban de las teorías de Marx.

Reconocida por la mayoría de los expertos como la mujer más significativa de la ciencia económica del siglo XX nació en el Reino Unido en 1903. Graduada en Económicas por la Universidad de Cambridge dedicó toda su vida al estudio de la economía. Fue profesora en dicha universidad y durante la Segunda Guerra Mundial participó en diferentes organismos del gobierno británico.

Su primer trabajo importante se publicó en 1933, The Economics of Imperfect Competition (La economía de la competencia imperfecta), donde analiza la economía en situación de  competencia. Incorpora el término de Monopsonio, monopolio del comprador, como un tipo de mercado en el que existe un único comprador en lugar de varios. Por ello el mercado es de competencia imperfecta.El precio lo marca el comprador.

Seguidora de Piero Sraffa al que consideraba el Mesías que había emancipado el análisis económico de la tiranía de la competencia perfecta, basó sus investigaciones en el artículo de 1926 publicado por el italiano también profesor de Cambridge ”La ley de rendimientos en condiciones competitivas”. Según sus propias palabras “la nueva crítica, inspirada por Piero Sraffa, no únicamente se burla de la ortodoxia. Penetra en su sistema teórico y expone sus debilidades desde dentro. El debate se lleva a cabo en el plano del análisis lógico, cuando el argumento lógico ha sido refutado, la ideología ortodoxa queda flotando en el aire, privada de lo que pretendía ser su base científica (Robinson 1973)

Colaboró estrechamente con John Maynard Keynes  en el impulso de la obra maestra de este "Teoría General del empleo, el interés y el dinero", que se convirtió en el libro de economía más célebre del siglo XX. 

Animada por su compañero académico, el economista polaco Michal Kalecki, publicó  en 1942, An Essay on Marxian Economics (Ensayos sobre la Economía Marxista) uno de los primeros trabajos que profundiza en los aspectos puramente económicos y conceptuales de Marx.

En la introducción señala lo siguiente:

"Empecé a leer El Capital exactamente como empezamos a leer un libro cualquiera, para ver lo que había en él, y me encontré con muchas cosas que ni sus discípulos ni sus adversarios me habían hecho prever. Sraffa me hacía bromas diciendo que yo trataba a Marx como a un pequeño precursor conocido de Kalecki. En cierto sentido, esto no es una simple broma. Hay efectivamente muchos indicios en El Capital de una teoría de la demanda efectiva. Los discípulos de Marx pudieron haberla formulado antes de que Keynes y Kalecki la aprendieran a partir de los hechos brutales de la gran crisis, pero no lo hicieron" 

De esta manera ella propone que en la obra de Marx existen los elementos de una teoría de la demanda efectiva, en especial por medio de la explicación de la posibilidad de crisis por desproporcionalidad (estudiada a través de los esquemas de reproducción simple y reproducción ampliada), en donde Marx intentó elaborar una teoría aparentemente en los siguientes términos:

"El consumo de los trabajadores es limitado por su pobreza, mientras que el consumo de los capitalistas es limitado por la voracidad de capital, la cual los obliga a acumular riqueza más bien que a disfrutar lujos. La demanda de bienes de consumo (el producto del grupo II) se ve así restringida. Pero si la producción de las industrias de bienes de consumo está limitada por el mercado, la demanda de bienes de capital (grupo I) se restringe a su vez, porque el capital constante de las industrias de bienes de consumo no crecerá lo suficientemente rápido para absorber la producción potencial de las industrias de bienes de capital. Así, la distribución del ingreso entre salario y plusvalía es tal que da lugar a una tendencia crónica que lleva a una ausencia de equilibrio entre dos grupos de industrias" .

Este aspecto de la economía de Marx incluso podría permitir la vinculación entre su teoría de la formación de un Ejército Industrial de Reserva con la teoría de Keynes de un desempleo involuntario.

Escribe: "Cuando Keynes escribió la Teoría general, lo que según él le diferenciaba de la escuela de la que pugnaba por escapar, era el reconocimiento del problema de la demanda efectiva, ignorado por aquella (...) Este es el punto de despegue de la teoría poskeynesiana. El reconocimiento de la idea de incertidumbre pone en tela de juicio el tradicional concepto de equilibrio (...)".

Su trabajo con Keynes, y posteriores trabajos relacionados, también le hizo destacar e impulsar temas monetarios, sobre intereses y el dinero, publicando, en 1952, The Rate of Interest and Other Essays (La Tasa de Interés y Otros Ensayos).

Fundadora del Postkeynesianismo una corriente teórica preocupada por la distribución de las rentas, por el papel de las finanzas y los problemas del crecimiento y desarrollo de las economías del tercer mundo y emergentes.

Su interés en el desarrollo económico le llevó a escribir numerosos artículos sobre estos temas y dio a esta área mucha credibilidad para estudios posteriores como, por ejemplo, los del Nobel Amartya Sen, que completó su doctorado bajo su supervisión.

En 1956, publicó lo que se ha considerado su trabajo más importante, The Accumulation of Capital (La Acumulación de Capital), que extendía al más largo plazo el trabajo de Keynes. Con el mismo título de la obra de Rosa Luxemburgo, que había prologado con anterioridad, incorpora tres conceptos para la discusión: la función de producción, la medición del capital y la función de la productividad agregada. El punto medular es la medición del capital: explicar su importancia estriba en que para medir la tasa de beneficio es necesario medir el capital heterogéneo y de ahí derivar la magnitud del beneficio por medio de la teoría de la productividad marginal. El capital como unidad independiente de la distribución y los precios.

Se ha afirmado que la vida intelectual de Joan Robinson, además de por Sraffa, estuvo  influida por personalidades del pensamiento económico, muy diferentes entre sí: Marx, Marshall y Keynes. En unos ensayos recopilados en la década de los ochenta, escribe:

"Estos tres nombres están asociados con tres actitudes ante el sistema capitalista. Marx representa el socialismo revolucionario, Marshall la defensa desilusionada del capitalismo. Marx desea comprender el sistema para acelerar su destrucción. Marshall acepta sus aspectos agradables para hacerlo aceptable. Keynes busca encontrar lo que está mal con el propósito de diseñar medidas destinadas a salvarse de destruirse a sí mismo".

En 1962 publicó Essays in the Theory of Economic Growth (Ensayos sobre la Teoría del Crecimiento Económico) que impulsó de forma importante el análisis de las condiciones del crecimiento.Trabajando con el economista, Nicholas Kaldor, elaboró las teorías del crecimiento económico.

En los años sesenta junto a Piero Sraffa, entraron en un debate público con los economistas estadounidenses, Paul Samuelson y Robert Solow, del Massachusetts Institute of Technology (MIT) de Cambridge (Estados Unidos)sobre el papel del capital en el crecimiento. El debate que se denominó Controversia de Cambridge impulsó el estudio de la naturaleza y medición del capital  como factor de producción y la influencia de tal concepción en la distribución del producto resultante.

Muchos eonomistas consideran  que se le debía haber concedido el Premio Nobel de Economía. (Hasta 2009 no hubo una mujer entre los galardonados: Elinor Ostrom) y que no lo fue bien por ser mujer o por ser de izquierdas. Probablemente por una combinación de ambas cosas. Sus simpatías por Rosa Luxemburgo, los intentos de compatibilizar a Keynes con Marx y el apoyo a las experiencias económicas de China o la URSS no le favorecían en el ambiente conservador de la Academia sueca. 

Durante la última parte de su carrera académica, la profesora Joan Robinson estuvo al lado de Paul Samuelson intentando defender las ideas de Keynes frente al desarrollo del monetarismo impulsado por el profesor Milton Friedman. La profesora Joan Robinson se retiró de la universidad de Cambridge en 1971, aunque no dejó sus investigaciones. Falleció en Cambridge, en Reino Unido, el 5 de agosto del 1983.

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Joan Robinson

Carta de una economista keynesiana a un economista marxista (1953)

Debo advertirle que le será muy difícil seguir esta carta. No porque sea difícil, al menos así lo espero (no le importunaré con fórmulas algebraicas, o curvas de indiferencia), sino porque le resultará tan desconcertante que no sabrá como tomársela. Ante todo, deseo aclarar mi postura personal. Usted es muy educado y procura que no se le note, pero al ser yo una economista burguesa, el único interés que puede tener en escucharme es enterarse de qué tipo particular de insensateces voy a decir ahora. Peor aún, soy una keynesiana de izquierdas. Por favor, no se moleste en ser cortés al respecto: sé lo que piensa de los keynesianos de izquierdas. Casi podría decirse que soy la keynesiana de izquierdas por antonomasia.

Estaba sacando conclusiones rosáceas, en vez de azuladas, de la Teoría General mucho antes de que ésta se publicase. (Me encontraba en la situación privilegiada de pertenecer a un grupo de amigos que colaboraron con Keynes mientras la escribía.) Por tanto, fui la primera gota que cayó en la tinaja con la etiqueta "keynesianos de izquierdas". Además, en la actualidad constituyo una proporción importante del contenido de la tinaja, ya que buena parte del resto se ha ido evaporando. Ahora ya sabe lo peor. Pero, deseo que me considere dialécticamente. El primer principio de la dialéctica es que el significado de una proposición depende de lo que niega. Conque la misma proposición tiene dos significados distintos según desde dónde se aborde. Sé aproximadamente desde qué perspectiva enfoca usted a Keynes y comprendo su punto de vista. Emplee un poco de dialéctica e intente comprender el mío. Estudié en una época en que la economía vulgar se hallaba en una situación particularmente vulgar.

Lo que quiero decir es que yo llevo a Marx en la médula de los huesos y usted lo tiene en la boca

Ahí estaba Gran Bretaña, siempre con más de un millón de obreros parados, y ahí estaba yo con mi supervisor enseñándome que el paro era lógicamente imposible por la Ley de Say. Ahora llega Keynes y demuestra que la Ley de Say es una tontería (Marx también lo demostró, evidentemente, pero mi supervisor nunca me habló de las ideas de Marx al respecto). Además (y es por eso que soy keynesiana de izquierdas y no de otra variedad), en el acto comprendo que Keynes está demostrando que el paro será un hueso muy duro de roer, porque no es un mero accidente; tiene una función. En resumen, Keynes me llevó a la misma idea del ejército de reserva de mano de obra, de la cual mi supervisor había procurado apartarme con tanto cuidado. Si posee aunque solo sea un poco de dialéctica, comprenderá que la frase "soy keynesiana" tiene un significado completamente distinto, cuando la pronuncio yo, que si la dijese usted (naturalmente, usted nunca podría llegar a eso).

Ahora voy a decirle aquello que le dejará demasiado anonadado o demasiado acalorado (según su temperamento) para comprender el resto de esta carta: entiendo a Marx muchísimo mejor que usted. (En seguida le daré una interesante explicación histórica de por qué es así, si para entonces no se ha quedado tieso o hirviendo de cólera.) Cuando digo que entiendo a Marx mejor que usted, no quiero decir que conozca el texto mejor que usted. Si comienza a bombardearme con citas me dejará fuera de combate en un instante. De hecho, ya desde un principio me niego a participar en este juego. Lo que quiero decir es que yo llevo a Marx en la médula de los huesos y usted lo tiene en la boca. Tomemos, por ejemplo, la idea de que el capital constante es una materialización del trabajo aplicado en el pasado. Usted piensa que esta noción debe demostrarse con mucha palabrería hegeliana. En tanto que yo digo (aunque no empleo una terminología tan pomposa): "Claro, ¿qué otra cosa podría ser?" Es por eso que logró embarullarme de tal forma. Como todo el rato estaba intentando demostrarlo, pensé que estaba hablando de otra cosa (nunca logré descubrirla) que debía ser demostrada. Del mismo modo, supongamos que los dos deseamos rememorar un punto difícil de El Capital, por ejemplo el esquema final del Volumen II. ¿Qué hace usted? Lo mira en el libro. ¿Qué hago yo? Cojo un papel y lo reconstruyo. Ahora voy a decirle algo aún peor. Supongamos, a título de mera curiosidad, que lo busco en el libro y resulta que la respuesta que había elaborado en mi trozo de papel no coincide con lo que en realidad dice el texto ¿Qué hago? Compruebo mis deducciones, y si no puedo encontrar ningún error, busco el error en el libro. Supongo que más vale que no siga escribiendo, pues debe pensar que me he vuelto loca. Pero, si es capaz de seguir leyendo, intentaré explicárselo.

Como he dicho, fui educada en Cambridge en una época en la cual la economía vulgar había alcanzado un bajísimo nivel de vulgaridad. Pero, así y todo, en medio de los disparates, se había conservado un precioso legado: el método de razonamiento de Ricardo. Es algo que no puede aprenderse en libros. Si desease aprender a montar en bicicleta, ¿se inscribiría en un curso por correspondencia? No. Pediría prestada una bicicleta vieja, se montaría en ella y se caería y se heriría las rodillas y se tambalearía hasta que de pronto, ¡ahí va!, sabría montar en bicicleta. Seguir un curso de economía en Cambridge era lo mismo. Y tal como sucede con la bicicleta, una vez que se ha aprendido se convierte en una segunda naturaleza.

Cuando leo un párrafo de El Capital, primero tengo que pensar a qué significado de c se estaba refiriendo Marx en ese momento: si se trata del stock total de trabajo incorporado, o del flujo anual de valor a que da lugar en el trabajo incorporado (no es frecuente que nos facilite las cosas diciéndonos de qué se trata: es preciso deducirlo del contexto). Y salgo a toda marcha en mi bicicleta, perfectamente a mis anchas. El marxista es muy distinto. Sabe que lo que dice Marx debe ser correcto en cualquier caso, ¿por qué malgastar, pues, energías mentales deduciendo si c es un stock o un flujo? Entonces llego a un punto en que Marx dice que se está refiriendo al flujo, aunque del contexto se desprende claramente que debería referirse al stock ¿Qué hago? Dejo mi bicicleta y rectifico el error; vuelvo a montar y sigo adelante. Ahora, imaginemos que le digo a un marxista: "Mire aquí ¿Se está refiriendo al stock o al flujo?" El marxista dice: "C es el capital constante", y me da una pequeña conferencia sobre el significado filosófico del capital constante. Le digo: "Deje el capital constante ¿No habrá confundido el stock con el flujo?" Entonces el marxista dice: "¿Cómo iba a equivocarse?¿No sabe que fue un genio?", y me da una pequeña conferencia sobre el genio de Marx. Pienso para mis adentros: tal vez sea marxista, pero no sabe mucho de genios. Su activa mente procede paso a paso, tiene tiempo de avanzar con cuidado y no dar patinazos. Su genio lleva botas de siete leguas y avanza a todo tren, dejando tras de sí un rastro de pequeños errores (¿y qué más da?). Digo: "Deje el genio de Marx ¿Se trata de stock o del flujo?" Entonces el marxista se envara un poco y cambia de tema. Y yo pienso para mis adentros: es posible que este hombre sea marxista, pero no entiende mucho de bicicletas. Lo interesante y curioso de todo ello es que la ideología que rodeaba mi bicicleta como una densa niebla cuando comencé mi trayecto tendría que haber sido muy distinta de la ideología de Marx y, sin embargo, mi bicicleta debería ser exactamente la misma, con algunos adelantos modernos y algunos modernos defectos. Lo que voy a decir ahora cae más dentro de su línea, con que ya puede relajarse un momento.

Ricardo existió en un momento particular en el cual la historia inglesa estaba dando un viraje tan brusco que las posiciones progresivas y reaccionarias cambiaron de lugar en una generación. Se sitúa justo en el punto en que los capitalistas estaban a punto de sustituir a la vieja aristocracia terrateniente como la clase efectivamente dirigente. Ricardo era progresista. Su principal preocupación era demostrar que los terratenientes eran unos parásitos de la sociedad. Con ello se convertía, en cierto modo, en defensor de los capitalistas. Estos formaban parte de las fuerzas productivas por contraposición a los parásitos. Era más pro-capitalista contra los terratenientes que pro-obrero contra los capitalistas (con la ley de hierro de los salarios, los obreros siempre saldrían malparados, ocurriese lo que ocurriese). Ricardo tuvo dos discípulos capaces y bien preparados: Marx y Marshall. Entre tanto, la historia inglesa ya había dado el viraje y los terratenientes ya no preocupaban a nadie; ahora se trataba de los capitalistas. Marx modificó así el argumento de Ricardo: los capitalistas se parecen mucho a los terratenientes. Y Marshall lo modificó en sentido contrario: los terratenientes se parecen mucho a los capitalistas.

Pasada la curva de la historia inglesa topamos con dos bicicletas exactamente iguales: una se dirige a la izquierda y otra a la derecha. Marshall hizo algo mucho más eficaz que modificar la respuesta. Cambió la pregunta. Para Ricardo, la teoría del valor era un medio para estudiar la distribución del producto total entre salarios, rentas y beneficios, cada uno considerado globalmente. Este es el gran problema. Marshall redujo el significado del valor a un pequeño problema: ¿por qué un huevo es más caro que una taza de té? Tal vez sea un pequeño problema, pero su solución es difícil y complicada. Se necesita mucho tiempo y bastante álgebra para deducir la teoría que lo explica, de modo que tuvo ocupados a los discípulos de Marshall durante cincuenta años. No tuvieron tiempo de pensar en el gran problema, ni tan sólo de recordar que existía un gran problema, porque tenían que estar siempre estudiando la teoría del precio de la taza de té. Keynes volvió a cambiar la pregunta. Comenzó razonando en términos de Ricardo: el producto global, y ya no tiene sentido preocuparse de una taza de té. Cuando se razona en términos del producto global, los precios relativos quedan diluidos, incluso el precio relativo del dinero y del trabajo. El nivel de precios entra en el planeamiento, pero solo como complicación, no como cuestión esencial. Si tiene una cierta práctica en el manejo de la bicicleta de Ricardo no tendrá que detenerse a pensar cómo proceder en este caso, simplemente siga adelante: se prescinde de la complicación hasta haber resuelto el problema central. Conque Keynes comenzó por quitar de en medio los precios monetarios.

La taza de té de Marshall se hizo humo. Pero si no podemos valernos del dinero, ¿qué unidad de valor tomaremos? Una hora-hombre de trabajo. Es la medida de valor más asequible y razonable, de modo que, lógicamente, se adopta. No es preciso demostrar nada, sólo hacerlo y ya está. Como puede ver, volvemos a plantearnos los grandes problemas de Ricardo y estamos utilizando la unidad de valor de Marx ¿De qué se queja, pues? Por amor de Dios, no mezcle a Hegel en esto ¿Qué pinta Hegel entre Ricardo y yo?

Joan Violet Robinson.


Fuentes y referencias

Para un mayor conocimiento de la vida y obra de la autora. "Joan Robinson y la competencia imperfecta". Begoña Pérez Calle y "Joan Robinson, keynesiana de izquierdas" María Covadonga de la Iglesia Villasol. Mujeres Economistas. (Páginas 279-348) Luis Perdices de Blas y Elena Gallego Abaroa (coordinadores). Ecobook 2007.

Para una bibliografía completa. “A bibliografhy of female economic thought up to 1940” Kirsten K. Madden, Janet A. Seiz and Michèle Pujol Routledge 2004. (página 399-401).

Joan Robinson. La economista más importante del siglo XX